sábado, 11 de marzo de 2017

CENUTRIO



Si hay algo en esta vida que no soporto y que me crea desbordamientos máximos es la tozudez. Y no me refiero a las personas súper voluntariosas que hacen todo lo posible por conseguir sus objetivos. ¡Dios me libre!, esas personas son héroes. Me refiero a los obtusos que quieren tener razón cueste lo que cueste. ¡Pero qué hemos hecho los demás para merecer tal castigo! Como si no tuviéramos bastante con nuestros propios machaques diarios, también tenemos que aguantar que otros nos atosiguen a base de querernos imponer sus ideas. Qué cansancio… ¿No podrían trabajárselo un poco y dejar de amargar al personal? 

Joder, es que el otro día la tuve gorda con un conocido, llamémosle cariñosamente Cenutri, porque me estaba calentando la oreja de forma inusitada. Para no aburriros diremos que Cenutri estaba defendiendo algo y yo estaba totalmente en contra. Esto, en principio, no tendría por qué ser algo que generara en mí ningún desbordamiento. Tengo el total convencimiento de que se puede establecer un diálogo enriquecedor con las personas en busca de un consenso a pesar de partir de tesis opuestas. No era el caso para nada, ya que Cenutri no escuchaba ni atendía a razones en absoluto; sólo quería imponer su opinión costase lo que costase. De hecho, cada vez que cuestionaba alguno de sus argumentos, se salía por peteneras para no parecer que no estaba del todo en lo cierto. El caso es que nos enzarzamos de una manera inusitada y desmedida. Y no acabamos a tortas porque a ninguno de los dos nos va la violencia física. 

A mí me podría haber dado igual y haber tenido un espíritu mucho más conciliador y sosegado para no entrar al trapo de sus insensateces; pero no, su actitud me pareció tan prepotente y soberbia que me harté. Y en vez de evitar discutir, lo hice a saco Paco. Y, ya que me iba a poner a su nivel, decidí empecinarme al máximo y darle a Cenutri de su propia medicina hasta que le saliera por las orejas. De este modo, hasta que no conseguí refutar todos sus argumentos hasta casi reducirlos al absurdo y hasta que no pronuncié la última palabra (lo digo literalmente), no me callé. Ya casi ni tenía sentido lo que decíamos, de hecho el debate había perdido el hilo conductor inicial estrepitosamente. Aun así, seguimos y seguimos, porque cada vez que echaba por tierra uno de sus argumentos, él salía con algo distinto que no tenía por qué estar relacionado necesariamente con el tema central. Y yo venga y venga, a machete total para que tragara quina. 

No siento mucho orgullo de lo que hice, pero también debo confesar que, cuando finalmente nos callamos, sentí una satisfacción plena; la misma sensación que cuando en la infancia ganas un premio o metes el gol de la victoria en un partido de fútbol súper decisivo. O eso parecía porque la cara me ardía y mis ojos, inyectados en sangre, parecían salirse de las órbitas. Y mi sonrisilla de saber que me había impuesto a mi oponente…, ay mi sonrisilla: “Te he tumbao y lo sabes”, venía a decir. Pero luego, una vez que pasaron los días, empecé a sentir ese vacío que deja el haber perdido el tiempo en algo que carece por completo de sentido. Mis energías habían sido invertidas en algo absolutamente absurdo y sin trascendencia alguna. Lo que había hecho no había servido para nada, porque, ¿pensáis que le hice bien a Cenutri imponiéndole mi dialéctica? ¿Pensáis que aportamos algo a los que nos rodeaban o al mundo en general? Ni por asomo; y Cenutri, como mínimo, me guardará algo de rencor y la próxima vez que no estemos de acuerdo en algo, intentará machacarme. 

Esto me hace preguntarme qué nos pasa a los seres humanos como para empecinarnos hasta esos extremos. Creo que en parte se debe a que no nos interesa para nada buscar la verdad ni tenemos un impulso honesto por investigar ni aprender del otro. Lo que ocurre es que queremos imponernos a los demás cueste lo que cueste, porque, por desgracia, a veces nos identificamos tanto con nuestras ideas, que cuando son cuestionadas o criticadas por los demás, nos sentimos nosotros mismos criticados y cuestionados. He ahí uno de los problemas fundamentales de querer imponer nuestra opinión, la excesiva identificación que tenemos con nuestras creencias. Y si además queremos quedar por encima del otro, creo que ahí ya entra en juego nuestra propia inseguridad. Tenemos miedo a sentir que nos equivocamos o que somos mediocres e intentamos suplir esa carencia de seguridad en nosotros mismos mediante el abuso y defendiéndonos con una respuesta descompensada. Por lo menos es lo que reconozco en mí cuando tengo estos brotes de soberbia (aunque en este caso lo único que buscaba era que Cenutri no se saliera con la suya).

Por eso me gusta tanto el filósofo Sócrates, porque su honestidad en la búsqueda de la verdad y del conocimiento era brutal. Supongo que alguna vez habréis escuchado la famosa frase que se le atribuye: “Sólo sé que no sé nada”. Pues bien, esta frase es el vivo reflejo de su actitud ante la verdad y viene a decir que sólo reconociendo la propia ignorancia, es decir, sólo admitiendo que uno no sabe, se puede llegar a conocer verdaderamente algo. De ahí que el Oráculo le considerara el hombre más sabio de Grecia, porque los demás sólo hacían gala de su soberbia creyéndose ya sabios, y cuando alguien cree que ya sabe, es muy complicado aprender absolutamente nada. ¿Para qué, si ya lo sabes todo? 

Cenutri y yo hemos hecho lo opuesto a investigar para encontrar la verdad; más bien hemos hinchado nuestros egos como dos globos enormes hasta que uno de los dos ha estallado en la cara del otro. Y no siento ningún orgullo por ello; de hecho, me arrepiento de no haber contribuido en absoluto a la búsqueda del conocimiento, aunque también os digo que, en ese momento, no hubiera podido hacer otra cosa que no fuera impedir que Cenutri se saliera con la suya, porque estoy hasta las napias de tener que tragar quina con la soberbia ajena. En fin, desperdicio absoluto lo mires por donde lo mires.

12 comentarios:

  1. Me siento identificado. También con lo que dices en el resto de los posts que he leído (unos cuantos).

    A mí me pasa algo parecido con mi madre, que es con quien vivo y a veces hasta... convivo ;o)

    De un tiempo a esta parte creo haber llegado a una especie de conclusión provisional: cuando dos personas hablan de química orgánica (yo no) damos por sentado que ambas deben tener unos conocimientos similares y un apego especial a esa ciencia y al método científico. Sin embargo, cuando hablamos de política, de creencias morales, de psicología, de sentimientos o de lo que nos ha pasado hoy en el trabajo pareciera como si cualquier interlocutor fuera válido para tener una conversación sana, instructiva y sin violencia. Y no. Desgraciadamente no todos estamos al mismo nivel en esas materias, no todos manejamos nuestras emociones de la misma manera (lo vivido en la infancia influye mucho, por ejemplo), de modo que a veces no es más sabio el que más sabe sino el que sabe con quién hablar de qué y hasta dónde se puede llegar sin provocar más mal que bien.

    Eso en la teoría. En la práctica... hay veces en las que no se puede evitar el conflicto ;o)

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    1. Hola Hugo. Estoy muy de acuerdo con la conclusión a la que has llegado y me quedo con tu última reflexión de que se es sabio cuando se sabe con quién hablar y de qué, a ver si así no me vuelvo a ofuscar de esta manera tan vehemente con ningún Cenutri. Por cierto, ya me he descargado tu libro; no he visto más que la portada y el índice, y me ha parecido con muy buena pinta. ¡Un abrazo!

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    2. Hay una cita de John Gray (Perros de paja, 2002) que suelo citar en estos casos. Su determinismo es un poco de derechas (quiero creer que también existe uno de izquierdas), pero creo que tiene bastante razón: en lo esencial no somos lo que queremos ser sino lo que nos ha tocado ser. La personalidad no es algo que se elija ni algo que se pueda cambiar así como así. En lo fundamental, las personas no suelen cambiar. En general, somos de mayores como éramos de niños.

      "Freud enseñó que la amabilidad o la crueldad de cualquier ser humano o su posesión o carencia de la justicia, dependen de los accidentes de la infancia. Todos sabemos que esto es así, pero va en contra de buena parte de lo que afirmamos creer. No podemos renunciar a la pretensión de que la bondad sea algo al alcance de cualquiera. Si lo hiciéramos, tendríamos que admitir que, como la belleza o la inteligencia, la bondad es un regalo de la fortuna. Tendríamos que aceptar que, incluso en aquellas partes de nuestra vida con las que más lo asociamos, el libre albedrío es mera ilusión."

      Un abrazo.

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    3. ¡Hola Hugo! Este tipo de determinismo me pone los pelillos de punta, precisamente por la implicación que conlleva de que el libre albedrío no exista. De todas formas, me resulta un poco reduccionista el pensar que nuestra personalidad depende de los accidentes de la infancia. Debe de haber más factores que la constituyan que también resulten condicionantes de lo que finalmente somos. Pero, si aún así, aceptáramos la premisa de que la personalidad está determinada por dichos accidentes, ¿no se podría cambiar a base de descubrirlos, comprenderlos y superarlos? No sé, me va más la tesis existencialista de que somos una construcción permanente y de que tenemos la capacidad de elegir y de hacernos cargo de nuestras decisiones. Aunque, desde luego que albergo muchas dudas y a veces, por mi propia experiencia, me parece que no elijo nada de nada. ¡Un abrazo!

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  2. Tienes razón. Yo me enfrasco a veces en conversaciones similares y despliego mi dialéctica creyendo que podríamos llegar a un acuerdo. Mentira. A muchas gente solo le interesa vencer o su orgullo les impide reconocer la verdad de los argumentos contrarios. Como tú dices, no se quiere avanzar en el conocimiento, sino vencer personalmente en la discusión. Creo que eso es así porque a mucha gente le cuesta separar las opiniones de la persona. Si se cuestiona su modo de pensar en algo concreto es como si cuestionaras la integridad de la persona en su totalidad. Y no es lo mismo.
    Lo que no podría asegurar es que yo no haya caído en ese error también. Me da que sí.
    Feliz domingo.

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    1. Hola Ángeles. Sí, a mí también me ha pasado lo de identificarme con mis creencias. De hecho, aún me sigue pasando con algunos temas que me tocan mucho. En teoría puedo reconocer que yo no soy mis ideas, pero en la práctica no es tan fácil separar ambas cosas, sobre todo cuando me dejo llevar por mis desbordamientos iracundos. ¡Un abrazo!

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  3. Yo creo que hay casos y casos Hay personas (que todos tenemos catalogadas en nuestras mentes) con las que es imposible discutir. Pero literalmente imposible. Uno ya sabe de antemano que no va a dar su brazo a torcer ni aunque se esté desintegrando la tierra (yo tengo alguna amiga y vecino).
    Con ese tipo de personas, hay que tener vista y no entrar al trapo. Seguro que les sienta peor que no se les siga el juego que discutir con la idea de hacer prevalecer su razón. En el fondo son ególatras (por lo menos en el caso de mis conocidos). Lo suyo es lo bueno y lo válido y lo que más brilla y resplandece, pero ¿SIEMPRE? ¡es imposible!
    Así que la próxima vez, a Cenutri no le des carnaza, mejor plantón o un preciado silencio sin caer en la mala educación.
    ¡Besos, D.P.!

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    1. ¡Hola Chelo! Pues sí, realmente es una gran recomendación la de permanecer en silencio. Voy a intentar no caer más en ese juego dialéctico absurdo, aunque sé que algunos días me va a costar mucho pues a veces me dejo llevar demasiado por los desbordamientos iracundo y estos me pierden. ¡Un abrazo!

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  4. Cierto que hay Cenutri en todas partes y que alguna vez te pillan con la paciencia cambiada y sin darse cuenta una se enzarza en discusiones que son del todo improductivas y lo único que se consigue es agotamiento y después ese pensamiento post discusión que hace sentirse un poco rara por haber caído en la provocación, lo cierto es que no vale la pena, lo más mínimo y como dice Chelo, lo mejor es el silencio.
    Saludos

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    1. ¡Hola Conxita! Desde luego, no merece la pena en absoluto. Tendré que trabajarme un poco el tema de la paciencia, a ver si lo consigo. ¡Un abrazo!

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  5. Con el tipo de sujetos como el que describes he acabado siguiendo la táctica de la evitación. Eso sí, depende de mi estado de ánimo y sobre todo de mi autoestima. Cuando es baja, saco las uñas. Es como si emocionalmente me costara gestionar la frustración de enfrentarme a una persona despótica, que no valora mis razonamientos y que en lugar de opinar, impone y por eso me enfrasque en un batalla de la que, como mucho, voy a sacar una victoria pírrica.

    Me parece interesante tu reflexión después del enfrentamiento; intuyo que el tal Cenutri, si admitimos que es el típico fanático innamovible, no hizo tal examen de conciencia. La verdad siempre es difícil de hallar, pero si después de 2.500 años sigue vigente la máxima de Sócrates, es porque nos conduce por el buen camino.

    Saludos.

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  6. ¡Hola Gerardo! Reconozco también en mí, tal y como lo describes, el tema de la autoestima. Esa carencia es básica a la hora de que me remuevan o no las personas con tanta soberbia. Y, bueno, quién sabe, quizá Cenutri sí haya hecho examen de conciencia. De momento no le he vuelto a ver ni hemos hablado. Lo mismo me animo un día (que me sienta en equilibrio con el universo, ese requisito es indispensable) y le pregunto sobre cómo se sintió. Un abrazo.

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