jueves, 10 de agosto de 2017

DEL MITO AL CHASCO


Hay varios relatos míticos de cómo los niños vienen al mundo. Que si la cigüeña, que si crecen dentro del estómago después de que te tragues un hueso de aceituna, que si surgen cual setas de debajo de una col (este es el que más me gusta; de hecho tengo el convencimiento de que yo vine al mundo de esta forma; de ahí mi afición por los vegetales)… Parece todo tan fácil y tan idílico en ellos… Una mierda pinchá en un palo. Tener hijos es lo más difícil del mundo. Cuando me enteré de las probabilidades de concebir mi sorpresa fue enorme; ¡sólo un 25% a partir de los 30 años! ¿En serio? Me pareció de coña. Y si a eso le sumas el hecho de que no es fácil identificar los días en los que es más propicia la concepción, la cosa está jodida. 

P. y yo lo llevamos intentando tres años y no ha habido manera. Al principio, no había forma de que se diera el embarazo. Y luego, cuando sí lo hubo, no salió adelante. Una de las peores cosas que me han pasado en la vida ha sido vivir el aborto de mi hijo. Fue absolutamente desgarrador. El aborto se produjo a las 9 semanas, después de que ya hubiéramos escuchado el latido y hubiéramos visto su forma de cacahuete. Cuando escuché su corazón, me puse a llorar. Fue algo espontáneo, no pude evitarlo ni quise evitarlo; me desbordé completamente. Y, luego, cuando nos dijeron que no salía adelante, que su corazón se había parado, no lloré. Me inundé. Desde entonces, no he podido parar de inundarme, aunque hay días en los que no hay lágrimas; simplemente un flujo silencioso de tristeza. 

Después de aquello, nos costó volver a intentarlo, pero, aun así, lo hicimos. Y volvió a salir mal; no tanto como la vez anterior, pero mal al fin y al cabo. Tuvimos un bioquímico. Para los que no sepáis lo que es, se trata de un aborto pasadas unas dos semanas desde la fecundación, donde al zigoto casi ni le da tiempo a convertirse en embrión. El caso es que sí consigue implantarse en el útero, pero a los pocos días deja de estar en él. Fue un palo bastante grande y nos desanimamos muchísimo, sobre todo porque pensábamos que nunca lo conseguiríamos. Y esta sensación se incrementó notablemente cuando tuvimos el tercer aborto, también bioquímico. 

Era de coña, algo parecido a estar en una pesadilla interminable de la que no sabes cómo despertar. Se nos quitaron las ganas de vivir. Y es que es una situación desesperante, porque no sabes lo que pasa y no puedes controlar nada en absoluto, ya que casi nada depende de ti. Los médicos te dicen que es normal, que los abortos son de lo más cotidiano, que tengamos paciencia porque lo más seguro es que llegue en el próximo intento. Pero a mí eso me parece retórica de mierda. Por lo menos, ahora nos están haciendo pruebas para descartar que haya algún problema real y no mera mala suerte. Pero que tengas que pasar por tres abortos para que te empiecen a hacer algo de caso, no me parece ni medio normal. 

No sé cómo saldrá todo finalmente; quizá descubran algo en las pruebas o, por el contrario, no haya nada destacable y nos digan que es cuestión de seguir intentándolo. Yo sólo sé que estoy casi sin fuerzas y P., ni te cuento.

jueves, 3 de agosto de 2017

ENCRUCIJADA


¿Qué se hace cuando tu pareja quiere tener hijos y tú no? Es uno de esos temas peliagudos con difícil solución. Bueno, básicamente creo que hay dos opciones:

1. Dejar la relación.

2. Tener un hijo.

Yo me he decantado por las dos. Parece imposible, y lo es si las dos se dan juntas; pero no si haces primero una y después la otra. 

Cuando se nos planteó esta diatriba, estábamos en un momento de la relación muy complicado. Como ya os he comentado en entradas anteriores, las consecuencias que tuvo el desbordamiento provocado por mis suegros fueron nefastas, y una de ellas fue que P. y yo rompiéramos. Pero esta no sólo fue la causa de nuestra ruptura; también lo fue nuestra discrepancia en el tema de tener o no hijos. Yo no quería y P. sí. Entre eso y que yo estaba en un momento de mi vida incompatible con el contacto íntimo con cualquier ser humano que se precie, decidimos dejarlo por un tiempo. 

Fue duro, muy duro; me fui a vivir a casa de mis padres, cosa que me sumió en la depresión más profunda de mi vida. Y es que, el bajonazo fue tremendo. Pasar de vivir con completa independencia a volver al hogar paterno filial, es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. Al principio no estuvo mal del todo porque mis padres me ofrecieron la comodidad y el calor que necesitaba, pero una vez transcurridos varios días, la situación pasó de reconfortante a asfixiante. No sé qué le ocurrió a sus mentes, pero de pronto para ellos volví a tener 8 años y, coherentemente, me empezaron a tratar como tal. El agobio fue máximo, tanto que, a pesar de no tener ni un duro, empecé a buscar un piso o una habitación para mudarme. 

Al final no tuve que hacerlo porque, afortunadamente, P. y yo volvimos. Me di cuenta de que, sin su presencia, mi vida no tenía sentido en absoluto. Me encontraba con tal vacío, que ya no podía existir. Sólo sentía angustia por no estar a su lado y tenía la certeza de que había cometido un error inmenso al haber dejado la relación. Así que volvimos y es lo mejor que he hecho en mi vida, después de comenzar la relación. 

Pero, claro, el problema de los hijos no había desaparecido. Se nos seguía planteando esta cuestión y había que abordarla, porque, por muchas ganas que tuviéramos de volver, no serviría de nada si no resolvíamos la disyuntiva. Las opciones seguían siendo las mismas. Si yo seguía sin querer tener hijos, la relación era imposible. Pero yo no quería que la relación se acabara. Aunque tampoco quería tener hijos. ¿Qué hice finalmente? Asumir el hecho de que la relación sólo podía continuar si yo aceptaba el tener descendencia. No cabía otra y mi deseo de estar con P. era más fuerte que mi rechazo por formar una familia. 

Así que lo estamos intentando y, de momento, he sufrido más de un desbordamiento por esta causa, que espero poder relataros muy pronto.

miércoles, 26 de julio de 2017

LA DESCENDENCIA


Cuando llegas a una determinada edad y tienes pareja estable, la gente se vuelve loca. Sí, loca de remate. Es como si una especie de parásito se instalara en su cerebro cuya única misión es la de recordarte que ya es hora de que tengas descendencia. Y erre que erre que erre. “¿Cuándo os vais a animar?” “¿Ya estaréis pensando en tener hijos, no? ¡Que se os pasa el arroz!” “Que vuestros padres querrán ser abuelos”, son las frases top ten del momento. Yo me lo tomo con humor, aunque en el fondo me desborde. ¿Por qué se da por hecho que todos los seres humanos en este planeta queremos tener descendencia? ¿La gente no se para a pensar que no todo el mundo quiere tener hijos? ¿Que ni siquiera es deseable? No sólo porque ya haya demasiados seres humanos poblando la Tierra y arrasando con sus recursos, sino porque una persona no siempre está capacitada para cuidar de esas pequeñas criaturas llamadas niños. 

Yo me considero una de ellas. Bueno, creo que sí soy capaz de cuidar a un niño, incluso diría que a varios. De lo que no soy capaz es de querer hacerlo. Tiene para mí pocos atractivos, qué le vamos a hacer. Y no es que no me gusten los niños. Para nada, los niños me gustan bastante. Me parecen personas interesantísimas y, en general, muy divertidas. De hecho, me lo paso genial con ellas, pero (y aquí es donde viene la gran matización) SÓLO DURANTE UN RATO. 

Cuando veo a mis amigos y amigas, los que son padres y madres, todo el santo día, que si en el médico porque el niño se ha puesto malo, que si levantándose cada tres horas porque necesita comer, que si limpiando caca, pis, mocos, que si intentando que se coma el puré, que si desvelándose cada dos porque tiene pesadillas… ¿EN SERIO? ¿De verdad a alguien le puede resultar sugerente la idea de tener hijos ante este panorama? La gran refutación a este argumento que toda la gente me espeta es: “No, no, esto es sólo una parte. Hay otra que compensa con creces”. Pero, cuando les pregunto cuál es, en qué consiste, la respuesta es tan difusa que no consigue convencerme: “Un niño te aporta tanto…” Sí, pero ¿qué exactamente? “El amor que da y que tú le das no tiene precio” Bueno, pero, ¿cuándo exactamente? ¿Entre cambiarle el pañal y que llore cuando no le dejas comer chuches? Porque, tal y como me hablas de tu hijo, parece que el cansancio, la rutina, el tedio, lo ocupan todo. Si compensara tanto el amor, ¿no me estarías hablando continuamente de eso? O, por lo menos, ¿no lo nombrarías más? Ummm… Sospechoso. 

El caso es que yo nunca he querido tener hijos. Me arriesgo a quedarme sin todo eso que aportan. Y si algún día me arrepiento y ya es demasiado tarde, pues ajo y agua. Por lo menos me satisfará el hecho de que fue una elección consciente. El problemón que me asola es que P., sí quiere tenerlos. Es para P. una necesidad imperiosa e irrenunciable. IRRENUNCIABLE. Os podéis imaginar la encrucijada en la que me encuentro… Una auténtica putada.

P.D. Por si no lo parece dada mi vehemencia, quiero hacer constar que siento una infinita admiración y respeto por todas las personas que tienen hijos o que deciden tenerlos. 

martes, 11 de julio de 2017

RUPTURA


Destrucciones hubo varias antes de que se produjera la más radical y dramática de todas: la de nuestra relación. 

Yo no estaba bien; todo mi ser se encontraba revuelto, como cuando montas en barco y te mareas irremediablemente y sabes que no puedes hacer nada por dejar de sentirte así. Solo esperar a que el incesante oleaje cese, cosa que únicamente ocurre cuando llegas a tierra. 

Eso era lo que yo necesitaba, llegar a tierra. Pero me encontraba en plena tempestad.

Hacía tiempo que no conseguía mantener cierta estabilidad con P. Me exaltaba a la mínima y casi nunca nada me parecía bien. Después del incidente del transporte al aeropuerto, no podía ni oír hablar de sus padres y cada cosa que hacía P. con ellos me parecía un acto de connivencia y de traición total (aunque en el fondo no lo fuera). Por primera vez en mi vida supe lo que era odiar y me di cuenta de que hasta entonces nunca lo había experimentado. 

La cotidianidad estaba marcada por mi mal humor y mis reproches, que empezaban a ser demasiado frecuentes. Sobre todo cuando mi inseguridad se disparó hasta límites insospechados. Una exigencia fue el detonante de nuestra ruptura. Después de todo el dolor que mis suegros nos habían causado, yo creí que lo más justo es que no tuvieran las llaves de nuestra casa (hacía tiempo que P. se las había dado por si ocurría alguna emergencia). ¿Por qué iban a tenerlas si no querían ni pisarla a pesar de que les habíamos invitado y seguían con sus ninguneos y con su rechazo explícito a nuestra relación? Me parecía que eran las personas menos indicadas para tener las llaves de nuestro hogar. Era como si un torturador tuviera las llaves de sus torturados. En fin, un despropósito. 

El hecho de que P. les pidiera las llaves era para mí una prueba de que la connivencia con ellos se había terminado y de que su compromiso con nuestra relación estaba por encima de cualquier cosa. Lo que ocurrió fue que P. nunca les pidió las llaves, porque quería evitar la situación violenta que podía producirse. Yo la entendía, pero le decía que no tenía por qué hacerse de forma violenta, que simplemente pusiera una excusa y nunca más les devolviera las llaves, así de simple. Pero fue imposible. 

Y yo hice lo peor que podía haber hecho: me lo tomé como un agravio. Cuando, en realidad, no tenía nada que ver conmigo. Presioné demasiado a P. y al no conseguir mi propósito, la inseguridad que sentía se incrementó y se manifestó a través del reproche y de la ira. En resumen, me convertí en una persona insoportable. Como he dicho antes, casi siempre estaba de mal humor, ponía pegas a todo y aprovechaba la mínima para soltar alguna perla. Debía ser una mierda auténtica vivir conmigo. Así que, después de hablarlo largo y tendido, tomamos la decisión conjunta de dejar la relación. Y así lo hicimos. 

Los meses que duró nuestra separación fueron los más tristes de mi vida. Pero, en realidad, fue lo mejor (y lo único) que podíamos hacer. Nos sirvió para airearnos, renovarnos y recuperar el equilibrio. Por fin pude llegar a tierra...

jueves, 29 de junio de 2017

ORGULLO


Hoy hago un paréntesis en la serie de entradas dedicadas a mis suegros para comentaros un desbordamiento reciente. Estaba leyendo el periódico y me encuentro con el comentario de un socio publicado en una de las noticias que hablaban sobre las actividades de la semana del Orgullo. En él decía que a qué viene tanta reivindicación, que si no nos damos cuenta de que uno, si se siente bien consigo mismo, no necesita llamar la atención como lo hacemos nosotros, que era un completo despropósito. 

Aunque este señor se expresaba con bastante crudeza y ranciedad, creo que esta creencia, un poco más suavizada, la conserva aún gran parte de la población. Y a mí me exaspera y me genera un hartazgo inusitado. ¿De verdad todavía hay gente que cree que las personas que pertenecemos a la comunidad LGTBIQ tenemos una especie de complejo de inferioridad causante de que necesitemos soltar a los cuatro vientos que nos sentimos orgullosos de ser como somos? ¡Bufff, qué grave error! 

Explicar por qué este pensamiento es falso me genera un agotamiento mental terrible. ¿No es una evidencia que el hecho de manifestarnos es simplemente una forma de reivindicar nuestros derechos? ¿En serio no se entiende que hemos sido y somos un colectivo invisibilizado y que el expresar nuestra identidad es la manera de acabar con la lacra del ninguneo y del rechazo? Pues debe ser que no, que no es tan obvio como a mí me parece. Además, como si, encima, manifestarse fuera fácil. Me parece sorprendente que haya personas que no se den cuenta del riesgo que conlleva. 

Porque sí, queridos amigos heteronormativos, cuando una persona se muestra como lesbiana, gay, transexual, bisexual, intersexual, queer, etc., se expone a ser rechazado por su condición. En mi caso, por ejemplo, nunca he podido mostrarme tal y como soy en el trabajo por miedo (bien fundado) a perder mi puesto. Nunca olvidaré cuando mi directora, a los pocos meses de empezar en mi primer trabajo, dijo literalmente que los homosexuales eran unos depravados y unos viciosos. Os imagináis que si tenía alguna intención de reivindicar mi condición un poco más adelante, se me quitaron las ganas en ese mismo momento. Y qué deciros de mis suegros; ha sido realmente duro no poder contar con su apoyo sólo porque P. y yo nos salimos de su idea de heteronormatividad. Y eso yo, que he tenido la suerte de nacer y vivir en un país como España, donde la homosexualidad no está criminalizada a nivel legal; imaginaos el sufrimiento que tienen que pasar las personas LGTBIQ que viven en uno de esos 72 países donde sí es un delito, o en uno de esos 13 países donde te pueden condenar incluso a pena de muerte. 

Así que, de complejo nada, señores; mostrarse como uno es y reivindicarlo es el mayor acto de valentía y de compromiso que se puede llevar a cabo en esta vida. ¡Feliz Orgullo para tod@s!

martes, 20 de junio de 2017

ESTALLIDO


Mi mayor desbordamiento, aquel en el que me convertí en algo monstruoso, grotesco y casi sobrenatural, ocurrió unos cinco o seis años después de que mi pareja, P., y yo comenzáramos nuestra relación. Durante esos años, sus padres habían seguido con su boicot sistemático que consistía sobre todo en ignorar nuestra relación y en poner malas caras cuando P. me nombraba o nombraba algo relacionado con lo nuestro. Esto tenía unas repercusiones brutales en P., que aún no había podido superar el rechazo de sus padres y que encima se esforzaba por recuperar su amor. Sus esfuerzos eran titánicos, y sistemáticamente se topaba con la misma pared; por mucho que hiciera, nunca conseguía nada de nada. Y eso le pasó factura.

Se acercaban las Navidades y unos familiares de P. estaban en la ciudad visitando a mis suegros. Estos, cual viles traidores, les habían contado una mentira para que no supieran que nuestra relación existía. Y P. no se sentía con fuerzas para desmentirla; igual que no se sentía con fuerzas para verles y tener que representar un paripé. Este ocultamiento de sus padres y el hecho de que P. no lo refutara, fue demasiado, de tal forma que, un día, cuando estaba tomando algo con unos amigos, se empezó a encontrar mal. Yo estaba en casa y una amiga suya me llamó para pedirme que fuera hacia allí, porque P. no se encontraba bien. Cuando llegué, su cara estaba pálida y con expresión de angustia profunda. Decía que tenía palpitaciones y que no podía respirar bien. Creía que le estaba dando un infarto. Yo no me asusté porque sabía que no era eso ni mucho menos; tenía claro que de lo que se trataba era de una crisis de ansiedad en toda regla. Fuimos a urgencias y, efectivamente, el médico confirmó la crisis. Le enchufaron una dosis de valium, le dieron ciertas recomendaciones y nos fuimos a casa. 

Al día siguiente, P. no pudo ir a trabajar y su médico de cabecera le dio la baja laboral por depresión. En total estuvo tres meses sin ir al trabajo. Tres meses que supusieron un antes y un después en lo referente a la relación con sus padres. O eso pensaba yo.

Recuerdo que habló con ellos por teléfono y después de contarles su crisis de ansiedad y su depresión, les instó a que las cosas cambiaran. Era la primera vez desde hacía muchos años que hablaba explícitamente de lo nuestro y que les pedía que cambiaran de actitud. Su respuesta fue desoladora. No estaban dispuestos a cambiar un ápice, a pesar de lo que estaba suponiendo para P. Les importaba una mierda y lo único que se les ocurrió decir fue que a lo mejor se encontraba en ese estado porque las cosas no estaban funcionando conmigo. ¡ODIO MÁXIMO! Impresionante su cerrazón y su egoísmo. Incapaces de aceptar que se estaban equivocando y que le estaban haciendo un daño casi irreparable, preferían quedarse en sus trece e ignorar su incompetencia como padres. 

Después de aquello P. abrió los ojos y decidió cambiar de actitud. A partir de ahora iba a cuidarse y a aceptar el hecho de que sus padres no eran como creía. Lo primero que hizo fue apuntarse a terapia, cosa que le ayudó bastante porque consiguió redefinir el concepto que tenía de sus padres y a establecer con ellos una relación más equilibrada. Superó su depresión con un par y se volvió a encontrar con fuerza para llevar a cabo su vida. Nuestra relación no se resintió en absoluto sino todo lo contrario; se fortaleció enormemente. Y ya no existía ninguna expectativa con respecto a sus padres; simplemente sabíamos que la aceptación nunca llegaría y no nos importaba. 

Pero, un año después de esto, se produjo mi desbordamiento, mi fatal desbordamiento, ese que nunca ha cesado desde entonces y que me ha creado problemas serios con mi pareja y con mi entorno en general. Todo se desbordó un cálido día de verano y, como suele pasar en estos casos, en realidad fue por un acontecimiento en apariencia poco significativo; la cuestión estuvo en que no supe gestionarlo adecuadamente. 

Como era de esperar, mis suegros seguían con la misma actitud y no había existido en ellos ni un mínimo avance. Pues bien, se iban de crucero desde Barcelona y tenían que coger un avión hasta allí a horas intempestivas (creo recordar que su vuelo salía a las cinco de la mañana). Como a esas horas no había transporte público y era difícil encontrar un taxi, decidieron pedirle a P. que se levantara de madrugada para llevarles al aeropuerto. ¿Qué pensáis que les contestó? Para mí la única opción posible era la de decirles que no, que lo sentía mucho pero no tenía sentido hacerles ese favor después de que hubieran dejado claro que no pensaban cambiar ni un ápice su actitud de rechazo y ninguneo. 

Pero P. no les dijo que no; al día siguiente se levantó de madrugada y les llevó al aeropuerto. Y yo ardí, me quemé por dentro para convertirme en ese instante en algo distinto, nuevo, peor y más sórdido. No entendí en absoluto ese gesto. ¿Te sacrificas por hacerles ese favor cuando ellos no te dan absolutamente nada, que digo nada, más bien te dan lo peor que tienen? Para mí fue un símbolo evidente de que nada se había superado, de que las cosas seguían igual que antes y de que, por tanto, la connivencia con sus padres se mantenía intacta. No pude más; reventé de lleno y toda mi indignación salió despedida como si de un torrente se tratara. Me rompí por dentro y no pude volver a componerme. No lo entendí, no lo entendí en absoluto. De hecho, me pareció una locura total y un completo retroceso en todos los avances que P. había logrado. 

Hay que entender que yo partía de la idea de que si a mí me hubiera pasado algo parecido con mis padres, lo primero que hubiera hecho sería dejar de hablarles y de verles. No aceptáis la decisión que he tomado de estar con esta persona y encima me faltáis al respeto de un modo inimaginable, pues a tomar por culo; hasta que no entréis en razón no vais a tener noticias mías. Aun así, entendí que P. no hiciera eso, por el tipo de relación previa que tenía con sus padres y porque, oye, al fin y al cabo, no todas las personas somos iguales ni reaccionamos igual. Pero que hiciera como si no pasara nada después de todo el desprecio, el ninguneo, las malas caras, las mentiras… Me pareció una traición, una estafa. Y estallé. 

¿Así que las cosas iban a estar como siempre? Pues yo no, señores, yo no. Porque yo ya no era la persona de siempre. Todo el dolor y el sufrimiento causados por tantos años de desprecio, me habían cambiado. MUCHO. Y es que, me parecía insano; no tenía ningún sentido para mí que las cosas se normalizaran y que mi pareja actuara como si no hubiera pasado nada de nada. ¡Era de locos! Un desvarío completo que no me encontraba en disposición de aceptar. Así que me convertí en La Masa, y comencé a destruirlo todo a mi paso (metafóricamente). 

En próximas entregas, mis destrucciones más propias.

jueves, 8 de junio de 2017

EL ORIGEN



Desbordamiento, no, lo siguiente. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Inundación, diluvio, torrente? Podría ser cualquiera de esas cosas o, mejor aún, TODAS JUNTAS. 

En apariencia, siempre he sido una persona muy tranquila. A excepción de algún que otro estallido iracundo en mi infancia, y alguno que otro más en mi adolescencia, nunca he acostumbrado a desbordarme. Siempre he mantenido la calma y he superado la indignación y el malestar con otros mecanismos que nada tenían que ver con la rabia. 

Sin embargo, en un momento de mi vida mi indignación fue tal que los mecanismos que me habían servido hasta entonces, dejaron de hacerlo. Me saturé de irritación hasta límites insospechados. ¿Por qué? La respuesta: mis suegros.

Llevo más de diez años con mi pareja, P. Y desde el momento en el que se enteraron de lo nuestro, lo odiaron. ¿La razón? Me consideraban una persona depravada, peligrosa, profundamente inadecuada. Y, por haberme escogido y amarme, mi pareja sufrió un desprecio tremendamente cruel y prolongado en el tiempo. 

Pasamos tres meses de lo que se suele llamar vulgarmente “luna de miel”, ese periodo en el que parece que no existe nada al margen de la otra persona y en el que no entiendes cómo has podido 

vivir hasta ese instante sin su presencia. Fueron, sin duda alguna, los tres meses más felices de mi vida. Sólo existía el amor, un amor tan pleno que rozaba la perfección. Hasta que la felicidad se empañó. A los tres meses P. le contó lo nuestro a sus padres, y comenzó el infierno. 

Ellos no aceptaron nuestra relación en absoluto. Cuando P. les dijo que estaba conmigo, se les cayó el mundo encima; no se esperaban para nada que fuera a salir con una persona como yo. ¿Por qué? Porque yo no respondía a los cánones preestablecidos que ellos asumían como los únicos verdaderos y posibles. De hecho, siempre he distado mucho, muchísimo, de dichos cánones (y a mucha honra). Así que, en vez de asumir la elección que había tomado P. o simplemente no estar de acuerdo con ella, pero tolerarla, decidieron negarse taxativamente a aceptarla y, por si fuera poco, la empezaron a boicotear. 

Lo primero que hicieron fue poner a P. de medio imbécil y, entre insultos y salidas de tono, hicieron que pensara que había perdido la cabeza. Una falta de respeto intolerable que supuso para P. un auténtico schok, pues siempre había mantenido con sus padres una relación excelente y de mutua confianza. Fue descorazonador el hecho de que le sometieran a aquel escarnio, no sólo porque en sí mismo cualquier escarnio es pernicioso, sino porque le pilló totalmente por sorpresa; jamás hubiera esperado que las personas a las que más quería en este mundo, le estuvieran negando su amor dándole precisamente lo contrario: odio puro y duro. No había precedentes. 

El escarnio continuó durante un tiempo para luego convertirse en ninguneo. Pasaron de las muestras de agresividad y de desdén, a las malas caras, los desplantes y el hacer como si P. no existiera. P. no se lo podía creer; de la noche a la mañana se había quedado sin padres y, lo peor de todo, se sentía tan culpable que comenzó a hacer todo lo posible para que las cosas volvieran a estar como antes. Su nivel de sumisión llegó hasta cotas insospechadas, de tal forma que intentaba complacerles en todo lo que podía. Si su padre le decía que estuviera en casa a tal hora para no sé qué mierdas, P. perdía el culo por ser la persona más puntual de la historia. Si su madre le decía que ese día iban a tener comida familiar y le ponía cara de “como no estés, dejas de pertenecer a esta familia”, no existía nada más en el mundo que aquella comida. Y así una ristra de ejemplos innumerables que me niego a relatar porque cansan. MUCHO.

De hecho yo acabé hasta las narices, pues P. estaba empezando a sacrificar su felicidad y, por ende, la de nuestra relación, en favor de sus padres. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, debido a que no era nada fácil conciliar nuestro amor, con el hecho de que ellos me odiaban y de que se estaban portando fatal con P. Fueron meses muy complicados; nuestra relación se estaba deteriorando y a mí me causaba un sufrimiento sin precedentes. No entendía cómo era posible que lo mejor que me había pasado nunca, se estuviera convirtiendo en aquel infierno. Y todo por los prejuicios absolutamente infundados de unas personas con una mentalidad rallando en la ignorancia más extrema con la que me haya topado jamás. 

Pero nos sostenía la idea de que la situación no podía durar mucho y teníamos el firme convencimiento de que sus padres entrarían pronto en razón, y que todo volvería a la normalidad. Qué ingenuidad la nuestra. Para nada ocurrió eso. NI MUCHÍSIMO MENOS. Un adelanto: diez años después todavía sigo siendo para ellos una persona non grata y ni les he visto ni hemos hablado jamás. Tócate los huevos… Más datos en próximas entregas que, creedme, no tendrán desperdicio.

jueves, 25 de mayo de 2017

MONTAIGNE Y LA MORALIDAD DEL SUICIDIO


El comentario que entagled publicó el otro día en la entrada que lleva por título "El suicidio", me motivó a escribir sobre si el suicidio es o no lícito en el ámbito moral. Es decir, ¿es moralmente reprobable o, por el contrario, no tiene por qué ser considerado como malo? Esta pregunta se la han planteado a lo largo de los años muchos filósofos y pensadores y hay razonamientos de todo tipo. 

Entre los filósofos con los que más me identifico y que para mi gusto han conseguido argumentar mejor esta cuestión, destacaría sin duda a Montaigne, ya que demuestra una lucidez impresionante en relación a este tema. Para entender bien su postura hay que conocer, aunque sea someramente, su concepción sobre cómo afrontar la muerte. Incluyo a continuación un texto estupendo donde esta se puede ver con claridad: 

La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción. No existe mal alguno en la vida para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida”. (Ensayos, I, XX, 130).

La frase es desbordante al máximo: “El que aprende a morir, aprende a no servir”. Montaigne viene a decir que lo problemático de la muerte es que esta nos da miedo y nos provoca una angustia profunda. Y si nos libramos de ese miedo, la muerte ya no nos condicionará y podremos vivir nuestra vida de una forma más plena. 

Pues bien, en coherencia con esta concepción, Montaigne sostiene un argumento muy consistente para defender la legitimidad del suicidio. Atención a la belleza del mismo. 

Había visto que la mayoría de las opiniones de los antiguos convenían en esto: que es hora de morir cuando vivir reporta mayor mal que bien; y que es ir contra las propias leyes de la naturaleza el conservar la vida para tormento e insatisfacción nuestras, como dicen estas antiguas reglas: “O una vida tranquila, o una muerte feliz. Es bueno morir cuando la vida es molesta. Vale más no vivir que vivir desgraciado” (Ensayos, I, XXXIII, 281).

La verdad que este argumento entraña me parece de una solidez casi incuestionable, aunque también reconozco que puede desatar cierta controversia el hecho de pensar que no merece la pena seguir viviendo si la vida te causa más mal que bien. Porque, ¿durante cuánto tiempo el mal debe superar al bien como para estimar que ya no merece la pena vivir? ¿Cómo saber si se trata de un periodo transitorio o de si realmente va a ser permanente? 

De hecho, Montaigne no sostiene que por sufrir debas acabar con tu vida a toda costa. ¡En absoluto! Y da una razón muy convincente para justificarlo. Os incluyo otro breve fragmento de sus Ensayos donde lo deja cristalino: 

A veces, aunque las circunstancias nos empujen a lo contrario, hemos de recuperar la vida, incluso con sufrimiento; hemos de detener el alma entre los dientes, puesto que la posibilidad de vivir para las gentes de bien no depende de lo que les plazca, sino de lo que deban. Aquel que no estima a su mujer o a un amigo tanto como para prolongar su vida por ellos, es demasiado débil y blando: ha de ordenárselo el alma cuando lo requiera el bien de los nuestros; hemos de entregarnos a veces a nuestros amigos y aunque por nosotros queramos morir, interrumpir por ellos nuestros designios. Es prueba de gran valor el volver a la vida en consideración a otro, como hicieron varios excelsos personajes; y es un rasgo de singular bondad conservar la vejez, si se siente que ese esfuerzo es dulce, agradable y provechoso para alguien muy querido”. (Ensayos, II, XXXV, 510).

Lo que nos viene a decir Montaigne es que hay motivos por encima del sufrimiento por los que merece la pena elegir vivir en vez de lo contrario. Es el caso de mantenerse vivo por los otros, para no dañarles. Esta razón siempre me ha parecido muy polémica. ¿Vivir para que al otro no le dañe nuestra muerte es motivo suficiente? ¿Tiene sentido vivir por alguien ajeno a ti mismo? ¿No adquiere la vida sentido sólo si la vivimos desde nosotros? El tema es muy complejo y delicado, desde luego, y no es fácil posicionarse cuando las personas estamos llenas de matices, al igual que las circunstancias.

En fin, espero que os hayan resultado interesantes los textos de Montaigne. Para mí será un auténtico placer conocer vuestras perspectivas sobre la moralidad del suicidio. 

Para terminar, ahí va esta perla: "Si habéis aprovechado la vida estáis saciados, idos satisfechos. Si no habéis sabido hacer uso de ella, si os era inútil, ¿qué se os va en haberla perdido? ¿Para qué la queréis todavía? No es la vida de por sí ni buena ni mala: el bien y el mal dependen del sitio que les hagáis" (I, XX,137).

lunes, 15 de mayo de 2017

EL LASTRE DE LA PERFECCIÓN


Mi hijo es el mejor del mundo; todo lo hace bien y nunca se queja de nada. Ni siquiera cuando le abofeteo por dentro y le obligo a ser una persona que no es. Mi hijo es el mejor del mundo; las noches y los días no tienen parangón a su lado; él las supera, porque supera a todos y a todas las cosas de este mundo. Debió nacer de los dioses. Es una delicia; le doy besos envenenados y le digo que es perfecto. 

Eres perfecto, cariño, anda y sigue haciendo tus deberes mientras yo estoy aquí, detrás de ti susurrando en tu oído todas las respuestas. Y descuida que si te equivocas, yo me encargaré de borrar tu mácula, porque tú eres el mejor del mundo, tú eres perfecto y no voy a permitir que cometas ningún error. Claro, como soy inmortal y siempre voy a estar a tu lado. Con esta estrategia pretendo que luego tú seas una persona autónoma, porque, sí, dentro de poco lo empezarás a hacer todo por ti mismo, pero hasta entonces estaré encima de ti para que nada empañe tu perfección. 

Hijo, no hables demasiado alto, no escribas así de torcido, no cojas así el lapicero. ¿Por qué no te pones recto? Empiezo a pensar que no eres perfecto. No entiendo por qué ya no haces las cosas bien. ¿Intentas desafiarme? Creo que ya no te quiero como antes, has cambiado tanto... 

Antes podía verme en tus ojos, pero ahora no te reconozco, no me reconozco. Ya no eres mi espejo; te has convertido en un cristal opaco donde me desdibujo. Debe ser porque no te has esforzado lo suficiente. ¿Qué ha podido fallar si no? No tengo la más remota idea; yo lo hice todo, lo di todo por ti. Mi sacrificio ha sido extraordinario. Y así me lo pagas, siendo alguien distinto a quien yo quiero que seas; siendo mediocre, siendo menos. Creo que ya no eres mi hijo, de hecho me doy cuenta de que nunca lo fuiste. Qué ciego estuve. Ahora ya lo sé; te desprecio.

Dedicado a todos los padres y madres castradores del mundo.

viernes, 5 de mayo de 2017

SIN ESPERANZA SE VIVE MEJOR


No en vano existe el refrán "La esperanza es lo último que se pierde". Y es que la Aguirre ha tenido que dimitir tres veces para que, de una vez por todas, podamos dar por finiquitada su carrera política. Yo aún no me lo creo y me espero cualquier resurgimiento espontáneo a lo Walking Death dentro de un tiempo, cuando el recuerdo de sus mangoneos y de su pésima gestión se haya disipado. Es por eso que no estoy exultante de alegría, aunque sin duda es una gran noticia el no tener que soportar más sus faltas de respeto y su soberbia desmedida. Y es que, Esperanza Aguirre, ha sido una de las políticas que más desbordamientos me ha generado a lo largo de su recorrido político (desde que era ministra de cultura, hasta que consiguió ser Presidenta de la Comunidad de Madrid). 

Uno de los últimos desbordamiento graves que me produjo ocurrió hace un par de años. Tengo grabadas en mi mente las declaraciones en las que insinuaba de manera poco sutil que los parados eran unos vagos redomados encantados con su situación y que para qué iban a buscar trabajo si ya cobraban la prestación (la llegó a comparar con una beca); que lo mejor sería que no tuvieran derecho a cobrar nada, porque si no nunca se iban a poner a buscar trabajo en serio. Qué despropósito… 

Por desgracia, he coincidido con varias personas que están o han estado en situación de desempleo y el sufrimiento que han vivido ha sido de órdago. No sólo estaban inquietos por el hecho de no tener trabajo: lo que sentían era verdadera angustia. Y no sólo ellos, sino todas la personas de su alrededor (familliares, amigos, conocidos...), que más que ayudarles a superar esa angustia, lo que conseguían muchas veces era infundirles más miedo al dejar constancia de que su circunstancia les parecía tremenda y completamente indeseable. Por mi parte, jamás he encontrado a una sola persona con la idea de que estar en paro fuera un chollo. Sólo he coincidido con gente a la que les parece una desgracia y que darían cualquier cosa por no estar en esa situación ni por tener que cobrar una prestación. 

Y es que esa creencia de que hay que motivar a las personas para que busquen trabajo reduciéndoles o quitándoles la prestación, bajo el supuesto de que somos unos vagos y sólo queremos aprovecharnos del Estado, es realmente perniciosa. ¿Alguien puede explicarme cómo va a solucionar el problema del desempleo el eliminar o bajar la prestación a un parado? ¿En qué ayuda eso a que encuentre trabajo o a que haya más opciones de empleo? Lo único que hace es ponerle las cosas mucho más difíciles. 

Por eso, me pareció una irresponsabilidad manifiesta por parte de Aguirre (y de cualquier político o empresario que manifieste algo así) el fomentar este tipo de falsedades, además de una falta de consideración total para con los ciudadanos, debido a que no sólo no se tiene en cuenta su sufrimiento, sino que encima se les estigmatiza haciendo parecer al colectivo de personas en paro, unos indeseable. Es pura difamación y, sin duda, un motivo de dimisión fulminante. Encima, sobra decir que la prestación percibida por un parado es UN DERECHO INALIENABLE. Esta persona ha estado cotizando y pagando al Estado parte de su sueldo durante los años correspondientes, ¿y ahora no puede cobrar lo que es suyo? ARDOOOOOOOOOOOOOO.

Por esto y otros múltiples despropósitos de la Aguirre, nunca antes había deseado tanto en mi vida perder la "esperanza" y jamás pensé que estaría tan bien sin ella. Paradojas de la vida...

miércoles, 26 de abril de 2017

PLACEBO VERSUS SR. SCROOGE

       


No quiero que os muráis de envidia, pero este sábado voy al concierto que Placebo da en Madrid para celebrar sus 20 años de vida artística (algunos me diréis: "a mí qué me importa; de envidia nada". Mejor para vosotros). Resulta que el otro día fue mi cumple y mis mejores amigos me regalaron las entradas; y, claro, yo me desbordé de amor, ya que, contra todo pronóstico dado mi historial de odio hacia los regalos (véase el post "El regalo ferpecto”), me encantó el detalle y por fin sentí que mis gustos habían sido reconocidos. 

En ese momento, mi entusiasmo era tal, que me levanté súbitamente y me puse a repartir besos y abrazos por doquier. Y cuál sería mi sorpresa cuando, al llegar a una de mis amigas, me dice con voz queda que ella no ha participado en el regalo. Yo me extraño un poco, pero a pesar de eso le doy también muchos besos y abrazos, y sigo con la ronda. En ese momento no le pregunté nada, ni tampoco después ya que me parecía bastante violento. Además, en el fondo yo ya sabía la respuesta: no había puesto dinero por racanería pura y dura. Luego, efectivamente, el resto de mis amigos, cabreados con ella, me lo confirmaron. 

La tía no participó en el regalo porque no se quería gastar el dinero que le hubiera tocado pagar por las entradas, ni más ni menos. Se puede pensar que esto se debe a que está pasando por algún apuro económico, pero no es el caso en absoluto. Tiene dinero y nunca ha sufrido dificultades económicas, sino más bien todo lo contrario. Además, os podéis imaginar que la cantidad que le tocaba pagar por las entradas era poco significativa. Lo que ocurre es que no se quiere gastar la pasta, y punto. No es la primera vez que pasa algo parecido. 

Yo la quiero muchísimo; siempre he tenido con ella una buenísima relación y es una persona muy importante para mí, sin embargo la tacañería es una cualidad suya adquirida que me desborda a lo Hulk, quizá porque me resulta incomprensible. Y, sí, me dolió bastante que no quisiera participar en mi regalo. Me pareció un detalle feísimo y muy deprimente; aunque más feo aún me resultó que no me dijera absolutamente nada. Además, si el dinero es el problema, podría haber pensado en una alternativa gratuita; hay miles de regalos que no cuestan ni un duro y que son incluso mejores que los que sí valen dinero. Pero nada, no le importó ni lo más mínimo, ni tan siquiera para darme alguna explicación. En fin, me cuesta asumir que para alguien pueda ser más importante el ahorrarse unos euros a tener un detalle con una persona querida, es algo que no me entra en la cabeza (¡a tomar viento la empatía de la niña de la mortadela!).

Supongo que debería contarle cómo me siento y no quedarme con esta sensación de malestar profundo, pero de momento no me sale. Tal vez más adelante, cuando La Masa deje de poseerme; quizá entonces podamos hablarlo con calma. Mientras tanto, intentaré consolarme este sábado dando votes y cantando las canciones de Placebo como si no hubiera mañana (aquí os dejo "Battle for the sun", para que se os pongan los pelillos como escarpias).


domingo, 16 de abril de 2017

LA NIÑA DE LA MORTADELA


Tendría unos 10 u 11 años cuando presencié una escena que me conmovió profundamente. Es uno de los recuerdos más intensos que tengo de una situación en la que empaticé completamente con el sufrimiento del otro. Estaba de vacaciones, pasando unos días en uno de los pueblos más famosos de la costa alicantina. Ahora lo odio, pero antes me encantaba. Allí viajaba todos los veranos con mi familia y solíamos pasar el mes de julio casi completo. Uno de esos días por la tarde, mientras paseábamos por las atestadas calles del pueblo, vi la siguiente escena: una niña, con un bocata de mortadela en la mano, estaba conteniendo el llanto, con la cabeza baja y la expresión más triste que había visto en mi vida hasta ese momento. La razón de que se encontrara en ese estado de ánimo: su padre, un hombre que me pareció relativamente joven (cosa sorprendente, porque con 10 años todo el mundo que supere los 20 ya te parece un anciano decrépito; no fue el caso), y que estaba delante de ella reprendiéndola con severidad. 

Desconozco la razón de la regañina ni si estaría o no justificada; pero me pareció especialmente cruel, y no por el contenido de la misma, del que no recuerdo nada y creo que ni siquiera lo pude oír bien. Tampoco fue por la novedad de la escena, pues ya había visto antes de ese momento a padres regañando a sus hijas. Creo que tuvo mucho más que ver con la interpretación que hice del lenguaje no verbal tanto del padre como de la hija. El de él me pareció agresivo y desproporcionado; el de ella, me transmitió, como ya he dicho antes, una sensación muy intensa de tristeza y malestar. Por un momento me convertí en la niña de la mortadela, porque pude sentir exactamente lo que estaba sintiendo ella. 

Se suele decir que, por culpa de nuestra subjetividad, nunca podemos llegar a saber lo que siente exactamente el otro; sólo podemos acceder a nuestras propias sensaciones y pensamientos, de tal forma que las emociones de las personas ajenas a nosotros, incluso esas personas en sí mismas, podrían ni siquiera existir. Es, en cierto modo, lo que en filosofía se denomina “solipsismo”. Pero creo que no es verdad; no sé cómo explicarlo y, de hecho, no puedo demostrarlo de ninguna forma, pero tengo la completa certeza de que, en ese momento, yo estaba sintiendo lo mismo que la niña de la mortadela. Su tristeza me traspasó, me inundó por completo; sentí con total intensidad todo su malestar. Y tan difícil me resulta ahora describirlo con palabras, como fácil fue sentirlo y reconocerlo. 

Para mí, la niña de la mortadela es la prueba evidente de que algunos seres humanos estamos conectados; no me atrevo a decir “todos”, porque es un tanto arriesgado. Además tengo experiencias de auténtica antipatía, pero sí me parece razonable pensar que hay algo que nos une en el sentir; nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro y de saber exactamente lo que le pasa. 



viernes, 7 de abril de 2017

OK COMPUTER


Hoy quería hacer un pequeño homenaje a un disco que este año, 2017, cumple veinte primaveras. Se trata de OK COMPUTER, del grupo Radiohead. Sin duda, uno de mis discos favoritos. He de confesar que no me gustó desde el principio. Me costaba entender algunas melodías, que no me entraban ni con calzador. Sin embargo, había algo indescriptible en ellas que me hipnotizaba y me alentaba a escucharlo una y otra vez. De esta forma, un día, sin más, se metió dentro de mí y llegó a ocupar un lugar irremplazable. 

De hecho, lo considero todo un clásico, y no por el tiempo que ha pasado desde que se editó, sino por su calidad extremadamente elevada, de tal forma que creo que perdurará sin degradarse a lo largo de los años gustando generación tras generación, cosa que lo convierte en un disco universal (esto, por supuesto, no quita que haya gente a la que no le guste en absoluto; para gustos están los colores, sobre todo en algo tan personal como es la música). 

A mí me parece que todas las canciones que contiene el disco son auténticos temazos y, si alguien me preguntara cuál es mi preferido, me pondría en un auténtico apuro. Aunque, es cierto que la canción "Let down and hanging around" me conquistó desde el primer instante (esta sí fue amor a primera vista) y, a pesar de que hayan pasado veinte años ya, me hace sentir cosas incomparables. Por eso, la incluyo al final, para que podáis disfrutarla. 

Si habéis escuchado este disco y tenéis claro cuál es vuestra canción, me encantaría saberlo. Y, si no, también sería genial conocer vuestra opinión sobre qué creéis que hace que un disco sea un buen disco y, por supuesto, saber cuáles son esos sin los cuales no concebís vuestra existencia.


martes, 28 de marzo de 2017

EL SUICIDIO

"Ophelia" de John Everett Millais
Cuando descubrí que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, me quedé en shock. ¡La primera causa de muerte no natural! ¡LA PRIMERA! Desbordamiento completo… Pero lo que más me sorprendió es no haberlo sabido hasta entonces (tendría unos 20 años cuando lo descubrí). ¿Cómo es posible que en veinte años nunca me hubiera enterado de esta barbaridad? ¿Cuál es la razón de que esta información no esté más difundida? Como estaba que no cabía en mí de la impresión, fui preguntando a la gente para comprobar si conocían o no este hecho (intenté que el rango de edad fuera diverso), ¡y ninguna de las personas a las que pregunté tenía idea alguna de ello! ¿Por qué la mayoría de la gente lo desconoce? Y no estamos hablando de algo exiguo; se trata de casi 4000 muertes al año, es decir, unos 11 suicidios al día. UNA BRUTALIDAD TOTAL. 

Esto me resultó indignante y me pareció evidente que existía una ocultación intencionada y manifiesta. Joder, es que no queda nada bien publicar las estadísticas que evidencian que la gente tiene el deseo de morirse; es un indicativo alarmante de que la sociedad está fracasando estrepitosamente. Y no me creo para nada que su no difusión se deba única y exclusivamente a la creencia de que contarlo es fomentarlo. Según parece esa es una de las causas oficiales que se esgrimen para no divulgar el número de suicidios; se piensa que si se da a conocer que muchas personas se suicida la gente lo puede ver como algo normalizado y decantarse más por esta opción. 

Pero, ¿saber que mucha gente toma la decisión de hacer algo incita a otras personas a llevarlo a cabo? Albergo dudas al respecto, aunque quizá, en algunos casos, pueda tener cierto sentido. No en balde nuestras figuras de autoridad más cercanas nos han repetido hasta la saciedad eso de “Y si tus amigos se tiran a un pozo, ¿tú también vas detrás?”, dando a entender que, en cierta forma, tendemos a hacer lo que hacen los demás, o más bien, nuestro grupo de referencia. Pero de ahí a deducir que algo nos va a parecer bueno por el mero hecho de que lo hagan muchas personas, no sé, es un tanto simplistas. De hecho, utilizar este recurso como argumento es caer en la denominada falacia ex populo. Que la mayoría de gente haga, diga, opine, etc., algo, no quiere decir que eso sea bueno o verdadero. El ejemplo más típico de esta falacia es el siguiente: Dios tiene que existir porque tanta gente no puede estar equivocada. ¡Por supuesto que puede estar equivocada!, porque el número de gente que apoye algo no es suficiente criterio para demostrar su veracidad. 

En el caso del suicidio, dudo que alguien pueda tener más ganas de quitarse la vida al saber que en su país hay muchas personas que eligen esta opción. Y aun aceptando que esto fuera cierto, me parece que, si se oculta por esta causa, es clarísimo que no sirve absolutamente para nada, porque ¡YA HAY 4000 SUICIDIOS CADA AÑO! Silenciarlo es completamente inútil y, cómo mínimo, habría que hacer campañas activas de concienciación y ayuda, porque, si no, ¿cómo se va a resolver el problema? ¿Solo? ¡Dios, qué indignante! Es una vergüenza que los políticos no pongan todo su empeño en solucionar algo tan grave. Pero, claro, si se difunde a lo mejor la gente comienza a pensar que no vivimos en el mejor de los mundos posibles y exige responsabilidades y cambios. 

En fin, para terminar me quedo con la siguiente reflexión del genial Albert Camus, que muy acertadamente considera el suicidio como el tema más importante del que se debe ocupar la filosofía por su radicalidad y sus consecuencias. Y no me extraña, pues no tener motivación para vivir es sin duda uno de los problemas más graves de la existencia humana. Incluyo a continuación algunos fragmentos del principio de su obra “El mito de Sísifo”: 

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. (...) 

Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido dela vida es la pregunta más apremiante. (…)

Siempre se ha tratado del suicidio como de un fenómeno social. Por el contrario, aquí se trata, para comenzar, de la relación entre el pensamiento individual y el suicidio. Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. El propio suicida lo ignora. Una noche dispara o se sumerge. De un gerente de inmuebles que se habían matado, me dijeron un día que había perdido a su hija de cinco años y que esa desgracia le había cambiado mucho, le había “minado”. No se puede desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene que ver mucho con estos comienzos. El gusano se halla en el corazón del hombre y en él hay que buscarlo. Este juego mortal, que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz, es algo que debe investigarse y comprenderse."

miércoles, 22 de marzo de 2017

TUFILLO


Lo peor que te puede pasar en tu vida social es descubrir a mitad de mañana, cuando ya has salido de tu casa y no hay posibilidad de volver, que no te has echado desodorante. ¡Buffff, alerta a navegantes! Empiezo a percibir un tufillo tan cerca de mí que no puedo ser más que yo la causa del mismo. ¡Qué día más aciago me espera! Y a los de mi alrededor, ni te cuento. Encima hoy me toca estar muy cerca de la gente, tan cerca que me gustaría desaparecer. Pero no puedo escaparme. ¡No tengo salida alguna! Pienso mil formas de encubrir mi olor; mi mente recorre todos los caminos posibles hacia la salvación, pero me es inviable realizar ninguno. Lo único factible que se me ocurre es pegar mucho mucho mucho los brazos a mis costados para que no se escape ni un ápice del hedor máximo. 

La cosa se pone de lo más interesante cuando nos mandan hacer un trabajo en grupo y tengo que sentarme cerca, demasiado cerca, de mis compañeros. Ya estoy sudando y, por desgracia, sudo aún más cuando me pongo de los nervios. Toda una experiencia en el mundo de los olores. Sí, lo sé, debería calmarme porque cuanto más de los nervios estoy más se incrementa el olor. ¡Pero es que no puedo evitarlo! Es como cuando le decimos a alguien que lo está pasando mal: “Tranquilo, no te preocupes, sólo tienes que calmarte”. ¡Hostia, que me digas que tengo que calmarme no me sirve absolutamente de nada! Muchas gracias por la inestimable ayuda. Pues aquí, lo mismo.

“Bueno, - pienso-, quizá mis compañeros no puedan identificar el origen del olor y crean que es otra persona o, incluso ellos mismos”. No creo que cuele, pero, quién sabe. Hasta que la dinámica en grupo adquiere unas dimensiones descomunales y requiere que nos pongamos en pie y que hagamos una escenificación. Adivinad qué me tocó escenificar a mí: un pájaro. ¡UN PÁJARO! Ni más ni menos. Parecía una pesadilla, ¿en serio que me toca a mí el pájaro? No podría ser cualquier otra cosa o animal en el mundo; no, tenía que ser un pájaro, con alas. Horror. Así que, sí, tuve que levantar los brazos, mis apestosos brazos. Pero eso no fue lo peor; TAMBIÉN TUVE QUE ALETEAR. Supongo que mi cara sería todo un poema y que si no me delataba el olor, ella sí que lo hacía. 

Pero bueno, intenté superarlo con humor y, ya que estaba, hacer la mejor actuación de pájaro de mi vida. Y ya ves si la hice; el premio "Pájaro del año" deberían haberme dado, porque lo bordé. Debo decir que desde aquel día he notado un cambio en mis compañeros; risitas, murmullos… ¡Qué le vamos a hacer!, mi reputación de persona pulcra ha sido mancillada. Eso sí, esto no me vuelve a pasar en la vida; ahora llevo un mini desodorante siempre conmigo, por los posibles olvidos y sudores imprevistos. Porque, sí, amigos y amigas, el ser humano de vez en cuando hiede y no siempre es sencillo evitarlo. Y como muestra, mis sobacos.

sábado, 11 de marzo de 2017

CENUTRIO



Si hay algo en esta vida que no soporto y que me crea desbordamientos máximos es la tozudez. Y no me refiero a las personas súper voluntariosas que hacen todo lo posible por conseguir sus objetivos. ¡Dios me libre!, esas personas son héroes. Me refiero a los obtusos que quieren tener razón cueste lo que cueste. ¡Pero qué hemos hecho los demás para merecer tal castigo! Como si no tuviéramos bastante con nuestros propios machaques diarios, también tenemos que aguantar que otros nos atosiguen a base de querernos imponer sus ideas. Qué cansancio… ¿No podrían trabajárselo un poco y dejar de amargar al personal? 

Joder, es que el otro día la tuve gorda con un conocido, llamémosle cariñosamente Cenutri, porque me estaba calentando la oreja de forma inusitada. Para no aburriros diremos que Cenutri estaba defendiendo algo y yo estaba totalmente en contra. Esto, en principio, no tendría por qué ser algo que generara en mí ningún desbordamiento. Tengo el total convencimiento de que se puede establecer un diálogo enriquecedor con las personas en busca de un consenso a pesar de partir de tesis opuestas. No era el caso para nada, ya que Cenutri no escuchaba ni atendía a razones en absoluto; sólo quería imponer su opinión costase lo que costase. De hecho, cada vez que cuestionaba alguno de sus argumentos, se salía por peteneras para no parecer que no estaba del todo en lo cierto. El caso es que nos enzarzamos de una manera inusitada y desmedida. Y no acabamos a tortas porque a ninguno de los dos nos va la violencia física. 

A mí me podría haber dado igual y haber tenido un espíritu mucho más conciliador y sosegado para no entrar al trapo de sus insensateces; pero no, su actitud me pareció tan prepotente y soberbia que me harté. Y en vez de evitar discutir, lo hice a saco Paco. Y, ya que me iba a poner a su nivel, decidí empecinarme al máximo y darle a Cenutri de su propia medicina hasta que le saliera por las orejas. De este modo, hasta que no conseguí refutar todos sus argumentos hasta casi reducirlos al absurdo y hasta que no pronuncié la última palabra (lo digo literalmente), no me callé. Ya casi ni tenía sentido lo que decíamos, de hecho el debate había perdido el hilo conductor inicial estrepitosamente. Aun así, seguimos y seguimos, porque cada vez que echaba por tierra uno de sus argumentos, él salía con algo distinto que no tenía por qué estar relacionado necesariamente con el tema central. Y yo venga y venga, a machete total para que tragara quina. 

No siento mucho orgullo de lo que hice, pero también debo confesar que, cuando finalmente nos callamos, sentí una satisfacción plena; la misma sensación que cuando en la infancia ganas un premio o metes el gol de la victoria en un partido de fútbol súper decisivo. O eso parecía porque la cara me ardía y mis ojos, inyectados en sangre, parecían salirse de las órbitas. Y mi sonrisilla de saber que me había impuesto a mi oponente…, ay mi sonrisilla: “Te he tumbao y lo sabes”, venía a decir. Pero luego, una vez que pasaron los días, empecé a sentir ese vacío que deja el haber perdido el tiempo en algo que carece por completo de sentido. Mis energías habían sido invertidas en algo absolutamente absurdo y sin trascendencia alguna. Lo que había hecho no había servido para nada, porque, ¿pensáis que le hice bien a Cenutri imponiéndole mi dialéctica? ¿Pensáis que aportamos algo a los que nos rodeaban o al mundo en general? Ni por asomo; y Cenutri, como mínimo, me guardará algo de rencor y la próxima vez que no estemos de acuerdo en algo, intentará machacarme. 

Esto me hace preguntarme qué nos pasa a los seres humanos como para empecinarnos hasta esos extremos. Creo que en parte se debe a que no nos interesa para nada buscar la verdad ni tenemos un impulso honesto por investigar ni aprender del otro. Lo que ocurre es que queremos imponernos a los demás cueste lo que cueste, porque, por desgracia, a veces nos identificamos tanto con nuestras ideas, que cuando son cuestionadas o criticadas por los demás, nos sentimos nosotros mismos criticados y cuestionados. He ahí uno de los problemas fundamentales de querer imponer nuestra opinión, la excesiva identificación que tenemos con nuestras creencias. Y si además queremos quedar por encima del otro, creo que ahí ya entra en juego nuestra propia inseguridad. Tenemos miedo a sentir que nos equivocamos o que somos mediocres e intentamos suplir esa carencia de seguridad en nosotros mismos mediante el abuso y defendiéndonos con una respuesta descompensada. Por lo menos es lo que reconozco en mí cuando tengo estos brotes de soberbia (aunque en este caso lo único que buscaba era que Cenutri no se saliera con la suya).

Por eso me gusta tanto el filósofo Sócrates, porque su honestidad en la búsqueda de la verdad y del conocimiento era brutal. Supongo que alguna vez habréis escuchado la famosa frase que se le atribuye: “Sólo sé que no sé nada”. Pues bien, esta frase es el vivo reflejo de su actitud ante la verdad y viene a decir que sólo reconociendo la propia ignorancia, es decir, sólo admitiendo que uno no sabe, se puede llegar a conocer verdaderamente algo. De ahí que el Oráculo le considerara el hombre más sabio de Grecia, porque los demás sólo hacían gala de su soberbia creyéndose ya sabios, y cuando alguien cree que ya sabe, es muy complicado aprender absolutamente nada. ¿Para qué, si ya lo sabes todo? 

Cenutri y yo hemos hecho lo opuesto a investigar para encontrar la verdad; más bien hemos hinchado nuestros egos como dos globos enormes hasta que uno de los dos ha estallado en la cara del otro. Y no siento ningún orgullo por ello; de hecho, me arrepiento de no haber contribuido en absoluto a la búsqueda del conocimiento, aunque también os digo que, en ese momento, no hubiera podido hacer otra cosa que no fuera impedir que Cenutri se saliera con la suya, porque estoy hasta las napias de tener que tragar quina con la soberbia ajena. En fin, desperdicio absoluto lo mires por donde lo mires.

sábado, 4 de marzo de 2017

ROAD TRIP: VIAJE DE PIRADOS


Vamos a aclarar una cosa antes de seguir cometiendo el mismo error (grave) una y otra vez. La transexualidad y la homosexualidad son dos cosas distintas. Ser transexual significa que tu sexo biológico (el sexo con el que has nacido) no se corresponde con tu género psicológico. Es decir, una persona puede nacer con vagina y sentirse hombre, o con pene y sentirse mujer. En cambio, la homosexualidad es la atracción física y emocional hacia personas del mismo sexo. De esta forma, una persona transexual no tiene por qué tener una orientación homosexual, porque la orientación sexual es independiente del sentirse hombre o mujer. Así que, sí amigos y amigas, un transexual no necesariamente es homosexual. De hecho, lo más probable es que, por estadística pura, sea heterosexual. 

Lo digo porque me ha sorprendido mucho que en la orden de prohibición cautelar que el juez ha prescrito para que el autobús tránsfobo no pueda circular, haya puesto que la campaña sí puede suponer un menosprecio al colectivo transexual por no reconocerles su orientación sexual. Nooooo, joder, no; lo que fomenta es el odio hacia las personas que sienten que su sexo biológico no coincide con su género. Aggg, es bastante desalentador que una persona a la que se supone una vasta cultura y un elevado criterio moral no sepa diferenciar los dos conceptos. Pero bueno, he de decir que este señor juez se convirtió en mi héroe del día por librarnos durante algo de tiempo de aguantar ese despropósito con ruedas. 

No voy a comentar nada de los impresentables de Hazte Oír porque me duele el corazón al comprobar que existen personas tan ignorantes y perversas; el mero hecho de hablar de ellas, me hace daño. Sólo voy a decir que, en su ignorancia desmesurada, transmiten la idea de que la transexualidad es una ideología que se enseña, de tal forma que si caes en las manos equivocadas puedes acabar siendo transexual (en el fondo, sólo intentan protegernos del Maligno, benditos sean). Nada más lejos de la verdad; la transexualidad no es ni por asomo algo que tenga que ver con creencias o ideas y, por tanto, ni se puede enseñar a ser transexual ni, por ende, se puede aprender a serlo. Es indiscutiblemente un hecho científico y comprobado: hay personas que nacen con un sexo con el que no se identifican. Es simplemente una condición más de la naturaleza humana con la que se nace (repito) y que revela la diversidad de esa misma naturaleza. Y, por supuesto, no es en absoluto una enfermedad ni física ni psicológica, y menos aún algo malo. Lo dañino es hacer creer mediante mentiras que ser transexual es algo pernicioso. Y peor aún es ir contra los niños que desde que tienen uso de conciencia saben que su identidad de género no se corresponde con los genitales con los que han nacido. Decirle a un niño transexual que está equivocado o que lo que le pasa es algo malo, es intolerable. 

En fin, que hay cosas que me hacen llorar y me deprimen profundamente y esta es una de ellas. Y como decía una viñeta que vi el otro día en el diario (en la que salía representado el autobús y dos personas hablando entre ellas mientras lo miraban): “No sé si Dios existe, pero Satán, seguro que sí”. Buen fin de semana, si es que es posible. 

martes, 21 de febrero de 2017

TOPICAZO



¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Bufffffff… ¡Cómo me cansan los tópicos! Pero, en este caso, me sobrepondré al cansancio y comentaré un aspecto sobre el mismo, que me desborda.

Tengo un amigo que vive para trabajar. No sé si es adicto al trabajo, porque siempre que hablamos del tema admite que preferiría no trabajar tanto, pero el caso es que nunca deja de hacerlo. Es más, elige voluntariamente tener más trabajo del que le exigen sus jefes. Él reconoce que vive para trabajar y también que no le gusta nada, pero, a la vez, también es consciente de que se sobrecarga de actividad pudiendo no hacerlo. La única razón coherente que da para que esta paradoja se resuelva es que no tiene otra cosa mejor que hacer; que si tuviera otras motivaciones en su vida, les daría prioridad por encima del trabajo. 

Yo intento convencerle de que esa razón es un poco peligrosa. De hecho me parece que refleja perfectamente el mecanismo paradójico de “la pescadilla que se muerde la cola”: me sobrecargo de trabajo porque no tengo otra cosa mejor que hacer, pero no puedo hacer nada, porque el trabajo ocupa todo mi tiempo. Ummmmm…. Aquí hay algo que no cuadra. 

Al hilo de esto, hay una reflexión sobre el trabajo que escribe el genial Henry Thoreau, que me parece muy reveladora. Está recogida en Pequeña antología y es la siguiente: 

Consideremos el modo en el que pasamos nuestras vidas.

Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. 

(Me sobrecoge la actualidad que tiene este texto, y es que parece que las cosas no han cambiado mucho desde que Thoreau lo escribió hace casi doscientos años, ¿verdad?). 

No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. (…) Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar (…).

(De igual forma, también hoy en día parece que sólo tiene valor lo que produce algún tipo de beneficio crematístico y lo demás es despreciado y ninguneado con el argumento de que no sirve para nada; véase la poca atención que en la enseñanza se le presta a asignaturas como Arte o Filosofía).

Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan sólo se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor aún. El propósito del obrero debiera ser, no el ganarse la vida o conseguir «un buen trabajo», sino realizar bien un determinado trabajo y hasta en un sentido pecuniario sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo sin más, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta, aunque muy despacio. 

(Me encanta este alegato a favor del trabajo como un fin en sí mismo en vez de como un medio para solo conseguir dinero. Y, ahora, lo mejor del texto, atención).

Es sorprendente que haya tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida; cómo hacer del ganarse la vida no sólo algo valioso y honorable sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de ese modo, no sería vivir. 

Las formas con las que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede así porque, en primer lugar, no saben; pero en parte también porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor.

Este último párrafo me parece especialmente esclarecedor, sobre todo en lo que tiene que ver con mi amigo. El trabajo también se puede convertir en una evasión, en una huida, para no vivir plenamente. Según Thoreau, esto puede suceder o bien porque la persona desconoce cómo hacerlo, es decir, porque no sabe cómo conseguir que su vida sea más plena, o porque realmente no quiere hacer el esfuerzo de mejorar.

La verdad es que uno se queda con las ganas de saber cuál es la razón por la que alguien se negaría a hacer el esfuerzo de mejorar, de tal forma que, en vez de intentarlo, tiende a la evasión. Thoreau dice: porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor. Pero, ¿por qué no quieren hacer nada por aprender algo mejor? Nos quedamos con las ganas de que el autor nos lo explique con más detenimiento. Por mi parte, me encantaría conocer vuestras respuestas y, sobre todo, me gustaría que mi amigo encontrara su propia razón para poder salir de ese círculo vicioso en el que está metido.