martes, 28 de marzo de 2017

EL SUICIDIO

"Ophelia" de John Everett Millais
Cuando descubrí que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, me quedé en shock. ¡La primera causa de muerte no natural! ¡LA PRIMERA! Desbordamiento completo… Pero lo que más me sorprendió es no haberlo sabido hasta entonces (tendría unos 20 años cuando lo descubrí). ¿Cómo es posible que en veinte años nunca me hubiera enterado de esta barbaridad? ¿Cuál es la razón de que esta información no esté más difundida? Como estaba que no cabía en mí de la impresión, fui preguntando a la gente para comprobar si conocían o no este hecho (intenté que el rango de edad fuera diverso), ¡y ninguna de las personas a las que pregunté tenía idea alguna de ello! ¿Por qué la mayoría de la gente lo desconoce? Y no estamos hablando de algo exiguo; se trata de casi 4000 muertes al año, es decir, unos 11 suicidios al día. UNA BRUTALIDAD TOTAL. 

Esto me resultó indignante y me pareció evidente que existía una ocultación intencionada y manifiesta. Joder, es que no queda nada bien publicar las estadísticas que evidencian que la gente tiene el deseo de morirse; es un indicativo alarmante de que la sociedad está fracasando estrepitosamente. Y no me creo para nada que su no difusión se deba única y exclusivamente a la creencia de que contarlo es fomentarlo. Según parece esa es una de las causas oficiales que se esgrimen para no divulgar el número de suicidios; se piensa que si se da a conocer que muchas personas se suicida la gente lo puede ver como algo normalizado y decantarse más por esta opción. 

Pero, ¿saber que mucha gente toma la decisión de hacer algo incita a otras personas a llevarlo a cabo? Albergo dudas al respecto, aunque quizá, en algunos casos, pueda tener cierto sentido. No en balde nuestras figuras de autoridad más cercanas nos han repetido hasta la saciedad eso de “Y si tus amigos se tiran a un pozo, ¿tú también vas detrás?”, dando a entender que, en cierta forma, tendemos a hacer lo que hacen los demás, o más bien, nuestro grupo de referencia. Pero de ahí a deducir que algo nos va a parecer bueno por el mero hecho de que lo hagan muchas personas, no sé, es un tanto simplistas. De hecho, utilizar este recurso como argumento es caer en la denominada falacia ex populo. Que la mayoría de gente haga, diga, opine, etc., algo, no quiere decir que eso sea bueno o verdadero. El ejemplo más típico de esta falacia es el siguiente: Dios tiene que existir porque tanta gente no puede estar equivocada. ¡Por supuesto que puede estar equivocada!, porque el número de gente que apoye algo no es suficiente criterio para demostrar su veracidad. 

En el caso del suicidio, dudo que alguien pueda tener más ganas de quitarse la vida al saber que en su país hay muchas personas que eligen esta opción. Y aun aceptando que esto fuera cierto, me parece que, si se oculta por esta causa, es clarísimo que no sirve absolutamente para nada, porque ¡YA HAY 4000 SUICIDIOS CADA AÑO! Silenciarlo es completamente inútil y, cómo mínimo, habría que hacer campañas activas de concienciación y ayuda, porque, si no, ¿cómo se va a resolver el problema? ¿Solo? ¡Dios, qué indignante! Es una vergüenza que los políticos no pongan todo su empeño en solucionar algo tan grave. Pero, claro, si se difunde a lo mejor la gente comienza a pensar que no vivimos en el mejor de los mundos posibles y exige responsabilidades y cambios. 

En fin, para terminar me quedo con la siguiente reflexión del genial Albert Camus, que muy acertadamente considera el suicidio como el tema más importante del que se debe ocupar la filosofía por su radicalidad y sus consecuencias. Y no me extraña, pues no tener motivación para vivir es sin duda uno de los problemas más graves de la existencia humana. Incluyo a continuación algunos fragmentos del principio de su obra “El mito de Sísifo”: 

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. (...) 

Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido dela vida es la pregunta más apremiante. (…)

Siempre se ha tratado del suicidio como de un fenómeno social. Por el contrario, aquí se trata, para comenzar, de la relación entre el pensamiento individual y el suicidio. Un acto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. El propio suicida lo ignora. Una noche dispara o se sumerge. De un gerente de inmuebles que se habían matado, me dijeron un día que había perdido a su hija de cinco años y que esa desgracia le había cambiado mucho, le había “minado”. No se puede desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene que ver mucho con estos comienzos. El gusano se halla en el corazón del hombre y en él hay que buscarlo. Este juego mortal, que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz, es algo que debe investigarse y comprenderse."

miércoles, 22 de marzo de 2017

TUFILLO


Lo peor que te puede pasar en tu vida social es descubrir a mitad de mañana, cuando ya has salido de tu casa y no hay posibilidad de volver, que no te has echado desodorante. ¡Buffff, alerta a navegantes! Empiezo a percibir un tufillo tan cerca de mí que no puedo ser más que yo la causa del mismo. ¡Qué día más aciago me espera! Y a los de mi alrededor, ni te cuento. Encima hoy me toca estar muy cerca de la gente, tan cerca que me gustaría desaparecer. Pero no puedo escaparme. ¡No tengo salida alguna! Pienso mil formas de encubrir mi olor; mi mente recorre todos los caminos posibles hacia la salvación, pero me es inviable realizar ninguno. Lo único factible que se me ocurre es pegar mucho mucho mucho los brazos a mis costados para que no se escape ni un ápice del hedor máximo. 

La cosa se pone de lo más interesante cuando nos mandan hacer un trabajo en grupo y tengo que sentarme cerca, demasiado cerca, de mis compañeros. Ya estoy sudando y, por desgracia, sudo aún más cuando me pongo de los nervios. Toda una experiencia en el mundo de los olores. Sí, lo sé, debería calmarme porque cuanto más de los nervios estoy más se incrementa el olor. ¡Pero es que no puedo evitarlo! Es como cuando le decimos a alguien que lo está pasando mal: “Tranquilo, no te preocupes, sólo tienes que calmarte”. ¡Hostia, que me digas que tengo que calmarme no me sirve absolutamente de nada! Muchas gracias por la inestimable ayuda. Pues aquí, lo mismo.

“Bueno, - pienso-, quizá mis compañeros no puedan identificar el origen del olor y crean que es otra persona o, incluso ellos mismos”. No creo que cuele, pero, quién sabe. Hasta que la dinámica en grupo adquiere unas dimensiones descomunales y requiere que nos pongamos en pie y que hagamos una escenificación. Adivinad qué me tocó escenificar a mí: un pájaro. ¡UN PÁJARO! Ni más ni menos. Parecía una pesadilla, ¿en serio que me toca a mí el pájaro? No podría ser cualquier otra cosa o animal en el mundo; no, tenía que ser un pájaro, con alas. Horror. Así que, sí, tuve que levantar los brazos, mis apestosos brazos. Pero eso no fue lo peor; TAMBIÉN TUVE QUE ALETEAR. Supongo que mi cara sería todo un poema y que si no me delataba el olor, ella sí que lo hacía. 

Pero bueno, intenté superarlo con humor y, ya que estaba, hacer la mejor actuación de pájaro de mi vida. Y ya ves si la hice; el premio "Pájaro del año" deberían haberme dado, porque lo bordé. Debo decir que desde aquel día he notado un cambio en mis compañeros; risitas, murmullos… ¡Qué le vamos a hacer!, mi reputación de persona pulcra ha sido mancillada. Eso sí, esto no me vuelve a pasar en la vida; ahora llevo un mini desodorante siempre conmigo, por los posibles olvidos y sudores imprevistos. Porque, sí, amigos y amigas, el ser humano de vez en cuando hiede y no siempre es sencillo evitarlo. Y como muestra, mis sobacos.

sábado, 11 de marzo de 2017

CENUTRIO



Si hay algo en esta vida que no soporto y que me crea desbordamientos máximos es la tozudez. Y no me refiero a las personas súper voluntariosas que hacen todo lo posible por conseguir sus objetivos. ¡Dios me libre!, esas personas son héroes. Me refiero a los obtusos que quieren tener razón cueste lo que cueste. ¡Pero qué hemos hecho los demás para merecer tal castigo! Como si no tuviéramos bastante con nuestros propios machaques diarios, también tenemos que aguantar que otros nos atosiguen a base de querernos imponer sus ideas. Qué cansancio… ¿No podrían trabajárselo un poco y dejar de amargar al personal? 

Joder, es que el otro día la tuve gorda con un conocido, llamémosle cariñosamente Cenutri, porque me estaba calentando la oreja de forma inusitada. Para no aburriros diremos que Cenutri estaba defendiendo algo y yo estaba totalmente en contra. Esto, en principio, no tendría por qué ser algo que generara en mí ningún desbordamiento. Tengo el total convencimiento de que se puede establecer un diálogo enriquecedor con las personas en busca de un consenso a pesar de partir de tesis opuestas. No era el caso para nada, ya que Cenutri no escuchaba ni atendía a razones en absoluto; sólo quería imponer su opinión costase lo que costase. De hecho, cada vez que cuestionaba alguno de sus argumentos, se salía por peteneras para no parecer que no estaba del todo en lo cierto. El caso es que nos enzarzamos de una manera inusitada y desmedida. Y no acabamos a tortas porque a ninguno de los dos nos va la violencia física. 

A mí me podría haber dado igual y haber tenido un espíritu mucho más conciliador y sosegado para no entrar al trapo de sus insensateces; pero no, su actitud me pareció tan prepotente y soberbia que me harté. Y en vez de evitar discutir, lo hice a saco Paco. Y, ya que me iba a poner a su nivel, decidí empecinarme al máximo y darle a Cenutri de su propia medicina hasta que le saliera por las orejas. De este modo, hasta que no conseguí refutar todos sus argumentos hasta casi reducirlos al absurdo y hasta que no pronuncié la última palabra (lo digo literalmente), no me callé. Ya casi ni tenía sentido lo que decíamos, de hecho el debate había perdido el hilo conductor inicial estrepitosamente. Aun así, seguimos y seguimos, porque cada vez que echaba por tierra uno de sus argumentos, él salía con algo distinto que no tenía por qué estar relacionado necesariamente con el tema central. Y yo venga y venga, a machete total para que tragara quina. 

No siento mucho orgullo de lo que hice, pero también debo confesar que, cuando finalmente nos callamos, sentí una satisfacción plena; la misma sensación que cuando en la infancia ganas un premio o metes el gol de la victoria en un partido de fútbol súper decisivo. O eso parecía porque la cara me ardía y mis ojos, inyectados en sangre, parecían salirse de las órbitas. Y mi sonrisilla de saber que me había impuesto a mi oponente…, ay mi sonrisilla: “Te he tumbao y lo sabes”, venía a decir. Pero luego, una vez que pasaron los días, empecé a sentir ese vacío que deja el haber perdido el tiempo en algo que carece por completo de sentido. Mis energías habían sido invertidas en algo absolutamente absurdo y sin trascendencia alguna. Lo que había hecho no había servido para nada, porque, ¿pensáis que le hice bien a Cenutri imponiéndole mi dialéctica? ¿Pensáis que aportamos algo a los que nos rodeaban o al mundo en general? Ni por asomo; y Cenutri, como mínimo, me guardará algo de rencor y la próxima vez que no estemos de acuerdo en algo, intentará machacarme. 

Esto me hace preguntarme qué nos pasa a los seres humanos como para empecinarnos hasta esos extremos. Creo que en parte se debe a que no nos interesa para nada buscar la verdad ni tenemos un impulso honesto por investigar ni aprender del otro. Lo que ocurre es que queremos imponernos a los demás cueste lo que cueste, porque, por desgracia, a veces nos identificamos tanto con nuestras ideas, que cuando son cuestionadas o criticadas por los demás, nos sentimos nosotros mismos criticados y cuestionados. He ahí uno de los problemas fundamentales de querer imponer nuestra opinión, la excesiva identificación que tenemos con nuestras creencias. Y si además queremos quedar por encima del otro, creo que ahí ya entra en juego nuestra propia inseguridad. Tenemos miedo a sentir que nos equivocamos o que somos mediocres e intentamos suplir esa carencia de seguridad en nosotros mismos mediante el abuso y defendiéndonos con una respuesta descompensada. Por lo menos es lo que reconozco en mí cuando tengo estos brotes de soberbia (aunque en este caso lo único que buscaba era que Cenutri no se saliera con la suya).

Por eso me gusta tanto el filósofo Sócrates, porque su honestidad en la búsqueda de la verdad y del conocimiento era brutal. Supongo que alguna vez habréis escuchado la famosa frase que se le atribuye: “Sólo sé que no sé nada”. Pues bien, esta frase es el vivo reflejo de su actitud ante la verdad y viene a decir que sólo reconociendo la propia ignorancia, es decir, sólo admitiendo que uno no sabe, se puede llegar a conocer verdaderamente algo. De ahí que el Oráculo le considerara el hombre más sabio de Grecia, porque los demás sólo hacían gala de su soberbia creyéndose ya sabios, y cuando alguien cree que ya sabe, es muy complicado aprender absolutamente nada. ¿Para qué, si ya lo sabes todo? 

Cenutri y yo hemos hecho lo opuesto a investigar para encontrar la verdad; más bien hemos hinchado nuestros egos como dos globos enormes hasta que uno de los dos ha estallado en la cara del otro. Y no siento ningún orgullo por ello; de hecho, me arrepiento de no haber contribuido en absoluto a la búsqueda del conocimiento, aunque también os digo que, en ese momento, no hubiera podido hacer otra cosa que no fuera impedir que Cenutri se saliera con la suya, porque estoy hasta las napias de tener que tragar quina con la soberbia ajena. En fin, desperdicio absoluto lo mires por donde lo mires.

sábado, 4 de marzo de 2017

ROAD TRIP: VIAJE DE PIRADOS


Vamos a aclarar una cosa antes de seguir cometiendo el mismo error (grave) una y otra vez. La transexualidad y la homosexualidad son dos cosas distintas. Ser transexual significa que tu sexo biológico (el sexo con el que has nacido) no se corresponde con tu género psicológico. Es decir, una persona puede nacer con vagina y sentirse hombre, o con pene y sentirse mujer. En cambio, la homosexualidad es la atracción física y emocional hacia personas del mismo sexo. De esta forma, una persona transexual no tiene por qué tener una orientación homosexual, porque la orientación sexual es independiente del sentirse hombre o mujer. Así que, sí amigos y amigas, un transexual no necesariamente es homosexual. De hecho, lo más probable es que, por estadística pura, sea heterosexual. 

Lo digo porque me ha sorprendido mucho que en la orden de prohibición cautelar que el juez ha prescrito para que el autobús tránsfobo no pueda circular, haya puesto que la campaña sí puede suponer un menosprecio al colectivo transexual por no reconocerles su orientación sexual. Nooooo, joder, no; lo que fomenta es el odio hacia las personas que sienten que su sexo biológico no coincide con su género. Aggg, es bastante desalentador que una persona a la que se supone una vasta cultura y un elevado criterio moral no sepa diferenciar los dos conceptos. Pero bueno, he de decir que este señor juez se convirtió en mi héroe del día por librarnos durante algo de tiempo de aguantar ese despropósito con ruedas. 

No voy a comentar nada de los impresentables de Hazte Oír porque me duele el corazón al comprobar que existen personas tan ignorantes y perversas; el mero hecho de hablar de ellas, me hace daño. Sólo voy a decir que, en su ignorancia desmesurada, transmiten la idea de que la transexualidad es una ideología que se enseña, de tal forma que si caes en las manos equivocadas puedes acabar siendo transexual (en el fondo, sólo intentan protegernos del Maligno, benditos sean). Nada más lejos de la verdad; la transexualidad no es ni por asomo algo que tenga que ver con creencias o ideas y, por tanto, ni se puede enseñar a ser transexual ni, por ende, se puede aprender a serlo. Es indiscutiblemente un hecho científico y comprobado: hay personas que nacen con un sexo con el que no se identifican. Es simplemente una condición más de la naturaleza humana con la que se nace (repito) y que revela la diversidad de esa misma naturaleza. Y, por supuesto, no es en absoluto una enfermedad ni física ni psicológica, y menos aún algo malo. Lo dañino es hacer creer mediante mentiras que ser transexual es algo pernicioso. Y peor aún es ir contra los niños que desde que tienen uso de conciencia saben que su identidad de género no se corresponde con los genitales con los que han nacido. Decirle a un niño transexual que está equivocado o que lo que le pasa es algo malo, es intolerable. 

En fin, que hay cosas que me hacen llorar y me deprimen profundamente y esta es una de ellas. Y como decía una viñeta que vi el otro día en el diario (en la que salía representado el autobús y dos personas hablando entre ellas mientras lo miraban): “No sé si Dios existe, pero Satán, seguro que sí”. Buen fin de semana, si es que es posible.