jueves, 29 de junio de 2017

ORGULLO


Hoy hago un paréntesis en la serie de entradas dedicadas a mis suegros para comentaros un desbordamiento reciente. Estaba leyendo el periódico y me encuentro con el comentario de un socio publicado en una de las noticias que hablaban sobre las actividades de la semana del Orgullo. En él decía que a qué viene tanta reivindicación, que si no nos damos cuenta de que uno, si se siente bien consigo mismo, no necesita llamar la atención como lo hacemos nosotros, que era un completo despropósito. 

Aunque este señor se expresaba con bastante crudeza y ranciedad, creo que esta creencia, un poco más suavizada, la conserva aún gran parte de la población. Y a mí me exaspera y me genera un hartazgo inusitado. ¿De verdad todavía hay gente que cree que las personas que pertenecemos a la comunidad LGTBIQ tenemos una especie de complejo de inferioridad causante de que necesitemos soltar a los cuatro vientos que nos sentimos orgullosos de ser como somos? ¡Bufff, qué grave error! 

Explicar por qué este pensamiento es falso me genera un agotamiento mental terrible. ¿No es una evidencia que el hecho de manifestarnos es simplemente una forma de reivindicar nuestros derechos? ¿En serio no se entiende que hemos sido y somos un colectivo invisibilizado y que el expresar nuestra identidad es la manera de acabar con la lacra del ninguneo y del rechazo? Pues debe ser que no, que no es tan obvio como a mí me parece. Además, como si, encima, manifestarse fuera fácil. Me parece sorprendente que haya personas que no se den cuenta del riesgo que conlleva. 

Porque sí, queridos amigos heteronormativos, cuando una persona se muestra como lesbiana, gay, transexual, bisexual, intersexual, queer, etc., se expone a ser rechazado por su condición. En mi caso, por ejemplo, nunca he podido mostrarme tal y como soy en el trabajo por miedo (bien fundado) a perder mi puesto. Nunca olvidaré cuando mi directora, a los pocos meses de empezar en mi primer trabajo, dijo literalmente que los homosexuales eran unos depravados y unos viciosos. Os imagináis que si tenía alguna intención de reivindicar mi condición un poco más adelante, se me quitaron las ganas en ese mismo momento. Y qué deciros de mis suegros; ha sido realmente duro no poder contar con su apoyo sólo porque P. y yo nos salimos de su idea de heteronormatividad. Y eso yo, que he tenido la suerte de nacer y vivir en un país como España, donde la homosexualidad no está criminalizada a nivel legal; imaginaos el sufrimiento que tienen que pasar las personas LGTBIQ que viven en uno de esos 72 países donde sí es un delito, o en uno de esos 13 países donde te pueden condenar incluso a pena de muerte. 

Así que, de complejo nada, señores; mostrarse como uno es y reivindicarlo es el mayor acto de valentía y de compromiso que se puede llevar a cabo en esta vida. ¡Feliz Orgullo para tod@s!

martes, 20 de junio de 2017

ESTALLIDO


Mi mayor desbordamiento, aquel en el que me convertí en algo monstruoso, grotesco y casi sobrenatural, ocurrió unos cinco o seis años después de que mi pareja, P., y yo comenzáramos nuestra relación. Durante esos años, sus padres habían seguido con su boicot sistemático que consistía sobre todo en ignorar nuestra relación y en poner malas caras cuando P. me nombraba o nombraba algo relacionado con lo nuestro. Esto tenía unas repercusiones brutales en P., que aún no había podido superar el rechazo de sus padres y que encima se esforzaba por recuperar su amor. Sus esfuerzos eran titánicos, y sistemáticamente se topaba con la misma pared; por mucho que hiciera, nunca conseguía nada de nada. Y eso le pasó factura.

Se acercaban las Navidades y unos familiares de P. estaban en la ciudad visitando a mis suegros. Estos, cual viles traidores, les habían contado una mentira para que no supieran que nuestra relación existía. Y P. no se sentía con fuerzas para desmentirla; igual que no se sentía con fuerzas para verles y tener que representar un paripé. Este ocultamiento de sus padres y el hecho de que P. no lo refutara, fue demasiado, de tal forma que, un día, cuando estaba tomando algo con unos amigos, se empezó a encontrar mal. Yo estaba en casa y una amiga suya me llamó para pedirme que fuera hacia allí, porque P. no se encontraba bien. Cuando llegué, su cara estaba pálida y con expresión de angustia profunda. Decía que tenía palpitaciones y que no podía respirar bien. Creía que le estaba dando un infarto. Yo no me asusté porque sabía que no era eso ni mucho menos; tenía claro que de lo que se trataba era de una crisis de ansiedad en toda regla. Fuimos a urgencias y, efectivamente, el médico confirmó la crisis. Le enchufaron una dosis de valium, le dieron ciertas recomendaciones y nos fuimos a casa. 

Al día siguiente, P. no pudo ir a trabajar y su médico de cabecera le dio la baja laboral por depresión. En total estuvo tres meses sin ir al trabajo. Tres meses que supusieron un antes y un después en lo referente a la relación con sus padres. O eso pensaba yo.

Recuerdo que habló con ellos por teléfono y después de contarles su crisis de ansiedad y su depresión, les instó a que las cosas cambiaran. Era la primera vez desde hacía muchos años que hablaba explícitamente de lo nuestro y que les pedía que cambiaran de actitud. Su respuesta fue desoladora. No estaban dispuestos a cambiar un ápice, a pesar de lo que estaba suponiendo para P. Les importaba una mierda y lo único que se les ocurrió decir fue que a lo mejor se encontraba en ese estado porque las cosas no estaban funcionando conmigo. ¡ODIO MÁXIMO! Impresionante su cerrazón y su egoísmo. Incapaces de aceptar que se estaban equivocando y que le estaban haciendo un daño casi irreparable, preferían quedarse en sus trece e ignorar su incompetencia como padres. 

Después de aquello P. abrió los ojos y decidió cambiar de actitud. A partir de ahora iba a cuidarse y a aceptar el hecho de que sus padres no eran como creía. Lo primero que hizo fue apuntarse a terapia, cosa que le ayudó bastante porque consiguió redefinir el concepto que tenía de sus padres y a establecer con ellos una relación más equilibrada. Superó su depresión con un par y se volvió a encontrar con fuerza para llevar a cabo su vida. Nuestra relación no se resintió en absoluto sino todo lo contrario; se fortaleció enormemente. Y ya no existía ninguna expectativa con respecto a sus padres; simplemente sabíamos que la aceptación nunca llegaría y no nos importaba. 

Pero, un año después de esto, se produjo mi desbordamiento, mi fatal desbordamiento, ese que nunca ha cesado desde entonces y que me ha creado problemas serios con mi pareja y con mi entorno en general. Todo se desbordó un cálido día de verano y, como suele pasar en estos casos, en realidad fue por un acontecimiento en apariencia poco significativo; la cuestión estuvo en que no supe gestionarlo adecuadamente. 

Como era de esperar, mis suegros seguían con la misma actitud y no había existido en ellos ni un mínimo avance. Pues bien, se iban de crucero desde Barcelona y tenían que coger un avión hasta allí a horas intempestivas (creo recordar que su vuelo salía a las cinco de la mañana). Como a esas horas no había transporte público y era difícil encontrar un taxi, decidieron pedirle a P. que se levantara de madrugada para llevarles al aeropuerto. ¿Qué pensáis que les contestó? Para mí la única opción posible era la de decirles que no, que lo sentía mucho pero no tenía sentido hacerles ese favor después de que hubieran dejado claro que no pensaban cambiar ni un ápice su actitud de rechazo y ninguneo. 

Pero P. no les dijo que no; al día siguiente se levantó de madrugada y les llevó al aeropuerto. Y yo ardí, me quemé por dentro para convertirme en ese instante en algo distinto, nuevo, peor y más sórdido. No entendí en absoluto ese gesto. ¿Te sacrificas por hacerles ese favor cuando ellos no te dan absolutamente nada, que digo nada, más bien te dan lo peor que tienen? Para mí fue un símbolo evidente de que nada se había superado, de que las cosas seguían igual que antes y de que, por tanto, la connivencia con sus padres se mantenía intacta. No pude más; reventé de lleno y toda mi indignación salió despedida como si de un torrente se tratara. Me rompí por dentro y no pude volver a componerme. No lo entendí, no lo entendí en absoluto. De hecho, me pareció una locura total y un completo retroceso en todos los avances que P. había logrado. 

Hay que entender que yo partía de la idea de que si a mí me hubiera pasado algo parecido con mis padres, lo primero que hubiera hecho sería dejar de hablarles y de verles. No aceptáis la decisión que he tomado de estar con esta persona y encima me faltáis al respeto de un modo inimaginable, pues a tomar por culo; hasta que no entréis en razón no vais a tener noticias mías. Aun así, entendí que P. no hiciera eso, por el tipo de relación previa que tenía con sus padres y porque, oye, al fin y al cabo, no todas las personas somos iguales ni reaccionamos igual. Pero que hiciera como si no pasara nada después de todo el desprecio, el ninguneo, las malas caras, las mentiras… Me pareció una traición, una estafa. Y estallé. 

¿Así que las cosas iban a estar como siempre? Pues yo no, señores, yo no. Porque yo ya no era la persona de siempre. Todo el dolor y el sufrimiento causados por tantos años de desprecio, me habían cambiado. MUCHO. Y es que, me parecía insano; no tenía ningún sentido para mí que las cosas se normalizaran y que mi pareja actuara como si no hubiera pasado nada de nada. ¡Era de locos! Un desvarío completo que no me encontraba en disposición de aceptar. Así que me convertí en La Masa, y comencé a destruirlo todo a mi paso (metafóricamente). 

En próximas entregas, mis destrucciones más propias.

jueves, 8 de junio de 2017

EL ORIGEN



Desbordamiento, no, lo siguiente. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Inundación, diluvio, torrente? Podría ser cualquiera de esas cosas o, mejor aún, TODAS JUNTAS. 

En apariencia, siempre he sido una persona muy tranquila. A excepción de algún que otro estallido iracundo en mi infancia, y alguno que otro más en mi adolescencia, nunca he acostumbrado a desbordarme. Siempre he mantenido la calma y he superado la indignación y el malestar con otros mecanismos que nada tenían que ver con la rabia. 

Sin embargo, en un momento de mi vida mi indignación fue tal que los mecanismos que me habían servido hasta entonces, dejaron de hacerlo. Me saturé de irritación hasta límites insospechados. ¿Por qué? La respuesta: mis suegros.

Llevo más de diez años con mi pareja, P. Y desde el momento en el que se enteraron de lo nuestro, lo odiaron. ¿La razón? Me consideraban una persona depravada, peligrosa, profundamente inadecuada. Y, por haberme escogido y amarme, mi pareja sufrió un desprecio tremendamente cruel y prolongado en el tiempo. 

Pasamos tres meses de lo que se suele llamar vulgarmente “luna de miel”, ese periodo en el que parece que no existe nada al margen de la otra persona y en el que no entiendes cómo has podido 

vivir hasta ese instante sin su presencia. Fueron, sin duda alguna, los tres meses más felices de mi vida. Sólo existía el amor, un amor tan pleno que rozaba la perfección. Hasta que la felicidad se empañó. A los tres meses P. le contó lo nuestro a sus padres, y comenzó el infierno. 

Ellos no aceptaron nuestra relación en absoluto. Cuando P. les dijo que estaba conmigo, se les cayó el mundo encima; no se esperaban para nada que fuera a salir con una persona como yo. ¿Por qué? Porque yo no respondía a los cánones preestablecidos que ellos asumían como los únicos verdaderos y posibles. De hecho, siempre he distado mucho, muchísimo, de dichos cánones (y a mucha honra). Así que, en vez de asumir la elección que había tomado P. o simplemente no estar de acuerdo con ella, pero tolerarla, decidieron negarse taxativamente a aceptarla y, por si fuera poco, la empezaron a boicotear. 

Lo primero que hicieron fue poner a P. de medio imbécil y, entre insultos y salidas de tono, hicieron que pensara que había perdido la cabeza. Una falta de respeto intolerable que supuso para P. un auténtico schok, pues siempre había mantenido con sus padres una relación excelente y de mutua confianza. Fue descorazonador el hecho de que le sometieran a aquel escarnio, no sólo porque en sí mismo cualquier escarnio es pernicioso, sino porque le pilló totalmente por sorpresa; jamás hubiera esperado que las personas a las que más quería en este mundo, le estuvieran negando su amor dándole precisamente lo contrario: odio puro y duro. No había precedentes. 

El escarnio continuó durante un tiempo para luego convertirse en ninguneo. Pasaron de las muestras de agresividad y de desdén, a las malas caras, los desplantes y el hacer como si P. no existiera. P. no se lo podía creer; de la noche a la mañana se había quedado sin padres y, lo peor de todo, se sentía tan culpable que comenzó a hacer todo lo posible para que las cosas volvieran a estar como antes. Su nivel de sumisión llegó hasta cotas insospechadas, de tal forma que intentaba complacerles en todo lo que podía. Si su padre le decía que estuviera en casa a tal hora para no sé qué mierdas, P. perdía el culo por ser la persona más puntual de la historia. Si su madre le decía que ese día iban a tener comida familiar y le ponía cara de “como no estés, dejas de pertenecer a esta familia”, no existía nada más en el mundo que aquella comida. Y así una ristra de ejemplos innumerables que me niego a relatar porque cansan. MUCHO.

De hecho yo acabé hasta las narices, pues P. estaba empezando a sacrificar su felicidad y, por ende, la de nuestra relación, en favor de sus padres. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, debido a que no era nada fácil conciliar nuestro amor, con el hecho de que ellos me odiaban y de que se estaban portando fatal con P. Fueron meses muy complicados; nuestra relación se estaba deteriorando y a mí me causaba un sufrimiento sin precedentes. No entendía cómo era posible que lo mejor que me había pasado nunca, se estuviera convirtiendo en aquel infierno. Y todo por los prejuicios absolutamente infundados de unas personas con una mentalidad rallando en la ignorancia más extrema con la que me haya topado jamás. 

Pero nos sostenía la idea de que la situación no podía durar mucho y teníamos el firme convencimiento de que sus padres entrarían pronto en razón, y que todo volvería a la normalidad. Qué ingenuidad la nuestra. Para nada ocurrió eso. NI MUCHÍSIMO MENOS. Un adelanto: diez años después todavía sigo siendo para ellos una persona non grata y ni les he visto ni hemos hablado jamás. Tócate los huevos… Más datos en próximas entregas que, creedme, no tendrán desperdicio.