martes, 21 de febrero de 2017

TOPICAZO



¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Bufffffff… ¡Cómo me cansan los tópicos! Pero, en este caso, me sobrepondré al cansancio y comentaré un aspecto sobre el mismo, que me desborda.

Tengo un amigo que vive para trabajar. No sé si es adicto al trabajo, porque siempre que hablamos del tema admite que preferiría no trabajar tanto, pero el caso es que nunca deja de hacerlo. Es más, elige voluntariamente tener más trabajo del que le exigen sus jefes. Él reconoce que vive para trabajar y también que no le gusta nada, pero, a la vez, también es consciente de que se sobrecarga de actividad pudiendo no hacerlo. La única razón coherente que da para que esta paradoja se resuelva es que no tiene otra cosa mejor que hacer; que si tuviera otras motivaciones en su vida, les daría prioridad por encima del trabajo. 

Yo intento convencerle de que esa razón es un poco peligrosa. De hecho me parece que refleja perfectamente el mecanismo paradójico de “la pescadilla que se muerde la cola”: me sobrecargo de trabajo porque no tengo otra cosa mejor que hacer, pero no puedo hacer nada, porque el trabajo ocupa todo mi tiempo. Ummmmm…. Aquí hay algo que no cuadra. 

Al hilo de esto, hay una reflexión sobre el trabajo que escribe el genial Henry Thoreau, que me parece muy reveladora. Está recogida en Pequeña antología y es la siguiente: 

Consideremos el modo en el que pasamos nuestras vidas.

Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. 

(Me sobrecoge la actualidad que tiene este texto, y es que parece que las cosas no han cambiado mucho desde que Thoreau lo escribió hace casi doscientos años, ¿verdad?). 

No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. (…) Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar (…).

(De igual forma, también hoy en día parece que sólo tiene valor lo que produce algún tipo de beneficio crematístico y lo demás es despreciado y ninguneado con el argumento de que no sirve para nada; véase la poca atención que en la enseñanza se le presta a asignaturas como Arte o Filosofía).

Los caminos por los que se consigue dinero, casi sin excepción, nos empequeñecen. Haber hecho algo por lo que tan sólo se percibe dinero es haber sido un auténtico holgazán o peor aún. El propósito del obrero debiera ser, no el ganarse la vida o conseguir «un buen trabajo», sino realizar bien un determinado trabajo y hasta en un sentido pecuniario sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo sin más, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta, aunque muy despacio. 

(Me encanta este alegato a favor del trabajo como un fin en sí mismo en vez de como un medio para solo conseguir dinero. Y, ahora, lo mejor del texto, atención).

Es sorprendente que haya tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida; cómo hacer del ganarse la vida no sólo algo valioso y honorable sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de ese modo, no sería vivir. 

Las formas con las que la mayoría se gana la vida, es decir, viven, son simples tapaderas y un evitar el auténtico quehacer de la vida, y sucede así porque, en primer lugar, no saben; pero en parte también porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor.

Este último párrafo me parece especialmente esclarecedor, sobre todo en lo que tiene que ver con mi amigo. El trabajo también se puede convertir en una evasión, en una huida, para no vivir plenamente. Según Thoreau, esto puede suceder o bien porque la persona desconoce cómo hacerlo, es decir, porque no sabe cómo conseguir que su vida sea más plena, o porque realmente no quiere hacer el esfuerzo de mejorar.

La verdad es que uno se queda con las ganas de saber cuál es la razón por la que alguien se negaría a hacer el esfuerzo de mejorar, de tal forma que, en vez de intentarlo, tiende a la evasión. Thoreau dice: porque no quieren hacer nada por aprender algo mejor. Pero, ¿por qué no quieren hacer nada por aprender algo mejor? Nos quedamos con las ganas de que el autor nos lo explique con más detenimiento. Por mi parte, me encantaría conocer vuestras respuestas y, sobre todo, me gustaría que mi amigo encontrara su propia razón para poder salir de ese círculo vicioso en el que está metido.

miércoles, 8 de febrero de 2017

LOS OTROS



Las personas pueden hacerme sentir desbordamientos ilimitados, tanto para bien, como para mal. Pero, cuando son para bien, no hay nada comparable. Han sido muchas las personas que me han gustado a lo largo de mi vida, y cuando digo “gustado” (esa gran palabra donde cabe casi de todo), quiero decir que se meten dentro de mí y lo inundan todo. No sé si me explico… Me refiero a cuando una persona te llega dentro, conecta contigo y te hace sentir que el mundo no es el basurero infesto que casi siempre parece ser. De hecho, el mundo se convierte en un oasis, o más bien, desaparece; sólo existe la persona, ESA PERSONA. 

Pero, ojo, no estoy hablando de enamorarse románticamente; es otro tipo de emoción, aunque es verdad que se parece mucho. ¿La diferencia? No sé, supongo que está en que no quieres tener nada físico con el otro. Se trata sólo de algo emocional. Aunque, bueno, ahora que lo pienso…, la mayoría de las veces que alguien me ha inundado, no me hubiera importado estrujarle como a un limón. Pero sí que es cierto que se puede prescindir perfectamente del componente físico. Quizá se trate entonces de una especie de enamoramiento de intensidad moderada, o un enamoramiento no romántico. No lo tengo claro, la verdad; siempre que intento clasificar una emoción esta se me escurre como si de agua se tratase; lo que me hace pensar que no merece la pena clasificar nada y que es mejor dejarlo a la imaginación y, sobre todo, a las vivencias de cada uno. 

El caso es que, al principio, la persona no parece nada especial y genera las mismas incomodidades que causan todas las demás. Porque, reconozcámoslo, estar delante, al lado, hablando…, con alguien sin tener apenas confianza, es de lo más incómodo que te puedas echar a la cara. Bufff, he odiado mucho a lo largo de mi vida esas situaciones en las que no sabes de qué hablar ni cómo actuar; vamos, timidez pura. Por fortuna, el paso de los años ha hecho que me desenvuelva mejor en esas circunstancias, básicamente porque ya me la pela mucho lo que puedan pensar de mí, y he descubierto que se puede disfrutar de forma considerable practicando la espontaneidad al interactuar con las personas. Increíblemente, me mola lo que antes detestaba.

Volviendo a lo que nos ocupa (descifrar cómo una persona puede llegar a inundarme) poco a poco, no sé muy bien cómo, se va metiendo dentro de ti. En parte, creo que son sus gestos, especialmente su mirada. Pero, sobre todo, es su forma de interactuar con los demás y con el mundo, y por supuesto, es su forma de interactuar contigo. El cómo te trata es fundamental, y eso, en el fondo, está motivado por cómo le tratas tú a él o a ella. Y es que hay algo recíproco en la interacción, eso es incuestionable, de tal forma que lo que provoca el otro en ti, tú también lo provocas en el otro. Es una retroalimentación maravillosa. Pero no sabría decir con exactitud, cuál es el momento preciso en el que esto empieza a darse. ¿Cómo y cuándo se pasa de sentir al otro como ajeno a sentirle como parte de ti? Supongo que en cada caso será diferente. 

Lo cierto es que, que alguien te inunde de esa forma te hace sentir de puta madre. La intimidad que se produce en esa conexión es desbordante al máximo por su belleza. Belleza… Amor… Se convierten en una sola cosa. Y te ríes mogollón con él o con ella, y podéis pasaros horas hablando sin parar, o simplemente compartir un espacio juntos y descubrir vuestra complicidad tan solo con las miradas. Es como si la mejor parte de uno mismo se hubiera desdoblado para convertirse en otro, en otro de carne y hueso, con un cuerpo distinto al tuyo, pero, a la vez, parte de ti, porque casi eres tú mismo. 

Estoy deseando volver a sentir esta conexión profunda con alguien; la echo intensamente de menos y siento cierto vacío sin ella. Espero que pronto vuelva a mi vida, ahora que parece que los días son más largos y que la primavera está al caer. ¡Sentidos alerta!

miércoles, 1 de febrero de 2017

VIOLENCIA GINECOLÓGICA



Hace unos días quedé con mi amiga S. y me contó una experiencia que ha vivido hace poco que me puso los pelos de punta de lo desbordante que me pareció. Resulta que S. tenía que hacerse unas pruebas ginecológicas, entre ellas, una biopsia de endometrio. Pues bien, según me contó, la extracción de la muestra de endometrio fue una verdadera masacre. No conseguían acceder a él y, en vez de parar, y dejarlo para otro día, siguieron y siguieron hasta que le provocaron una hemorragia a mi amiga, que salió del quirófano súper dolorida y llorando como una Magdalena. La aparente buena noticia es que, después de la extracción/masacre, le dijeron a S. que todo había salido muy bien y que las muestras eran buenas. Así que, por lo menos, se fue con cierto consuelo a su casa. 

Cuál sería su sorpresa cuando, al ir a recoger los resultados, el médico responsable del equipo que le había realizado la extracción le dice que las muestras no eran buenas porque al final resultaron ser del cuello del útero y no del endometrio. Es decir, que después de la masacre que le hicieron a mi amiga en los bajos, ni siquiera consiguieron extraer las muestras adecuadas. Ya fue malo que la mintieran después de la extracción. "Uy, sí, sí, no llores bonita, que todo ha salido muy bien y las muestras son buenas". Pero fue aún peor que el médico le dijera que la prueba había fracasado por la dificultad que había presentado ella como paciente. Ostrás, qué poca decencia y, sobre todo, qué poca profesionalidad; si, como médico, ves que no se puede realizar la prueba por el motivo que sea, se lo tienes que decir a la paciente y, o bien sedarla, o bien dejarlo para otro día, y no seguir encarnizándote. 

Por otra parte, resulta que mi amiga se había tenido que hacer esta misma prueba un año antes en otra clínica, con otro médico, y no tuvo el más mínimo problema. ¿Por qué? Por la simple razón de que, en ese caso, sí supieron hacerle bien la prueba. ¡Se trata de profesionalidad, señores! Es tan sencillo como eso. Si eres un bruto que no sabes hacer bien tu trabajo, encima no culpabilices a las pacientes por errores que estás cometiendo tú. 

Lo malo es que esto no solo le ha pasado a mi amiga, sino que les pasa cada día a muchas más mujeres, que tienen que soportar el maltrato en el ámbito ginecológico como si de algo normal se tratara. A ver cuándo algunos ginecólogos se dan cuenta de que las mujeres no son lavadoras con las que se puede trastear cual máquinas insensibles. Un poquito más de delicadeza no les vendría mal. Y, sobre todo, más honestidad a la hora de reconocer que no han hecho bien su trabajo. Pero qué se puede esperar si la mismísima Asociación Española de Ginegología publica unas viñetas tan denigrantes como las que podéis ver en el enlace que está debajo de la que he incluido como imagen para esta entrada.

Por cierto, la clínica donde le hicieron el destrozo a mi amiga está en Madrid y se llama Hospital Nuevo Belén; os lo digo como advertencia, para que sepáis que el equipo médico que realiza allí las biopsias de endometrio no es para nada recomendable.