domingo, 20 de noviembre de 2016

BRASAS



La misma gastada conversación de siempre. Esa que está llena de palabras inútiles, que se convierten en absurdas por su excesiva repetición. Anécdotas vacías desmenuzadas y contadas hasta la saciedad, que mis oídos se niegan a escuchar de nuevo. Y no las oigo, pero permanezco inmóvil con la mirada oscilante entre la persona que habla y las musarañas del fondo. Incapaz de marcharme de allí, pero planeando mi huida a cada gastado sonido que profiere su boca. Carezco de excusas dignas que no levanten la sospecha del aburrimiento y del desagrado. Y no quiero hacer sentir mal a nadie por mi imposibilidad de interesarme por algo que ya no me interesa. ¿Quién dice que no me interesó en su momento? Quizá las dos primeras veces... ¡O incluso la tercera! Pero soportarlo más de cuatro... No está a mi alcance, lo siento. Ojalá fuera capaz de implicarme una y otra vez en esos relatos excesivos e idealizados; ojalá fuera capaz de entenderte cuando los repites una y otra vez. Tu entusiasmo aparente, tus gestos más propios, tus imágenes. Te alimentas de tus palabras, te alimentas de los recuerdos deformados que generan tus vivencias pasadas y revividas una tras otra a través de esos mismos recuerdos. Y yo me muero en cada uno de ellos.

Dedicado a todos y cada uno de los brasas que habitan en este mundo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

EL COCHE MALDITO (PRIMERA PARTE)



Desde que tengo memoria, siempre me han desbordado las personas que dan más importancia a las cosas que a otros seres humanos, a la vez que me han generado una curiosidad brutal. ¿Qué clase de escala de valores tienen? ¿Por qué les aporta más algo material que algo personal? Pues bien, el desbordamiento de hoy está provocado por alguien muy cercano a mí o, por lo menos, lo fue en su día, porque por desgracia nos estamos distanciando. Una de las razones de ese distanciamiento tiene que ver con su coche. Sí, parece una banalidad, no lo niego, pero, como podréis comprobar a continuación, tiene unas implicaciones que van más allá de lo meramente material. Vamos, que al final el coche es lo que menos importa.

Se trata de mi amigo F., una persona que conozco desde el instituto y con el que he mantenido una relación muy estrecha hasta hace unos años. De hecho, durante mucho tiempo le he considerado mi mejor amigo. Pero, por desgracia, dejé de considerarlo así, y una de las razones fue porque empecé a percibir que sentía más amor por su coche que por mí. 

El origen de esta percepción está en un suceso concreto que os paso a relatar ahora. Ocurrió hace ya algunos años, cuando ni yo ni casi ninguno de mis amigos teníamos coche y nos tocaba ir a todos los sitios en transporte público. F. era el único que sí lo tenía; era una vieja ranchera que había pertenecido a su abuelo y que ahora ya no usaba porque era demasiado mayor para conducir. Era de gasolina y se manejaba bastante mal, porque no tenía dirección asistida. Pero F. estaba encantado de tenerlo, porque odiaba viajar en transporte público y sentía que el coche le daba esa autonomía tan necesaria cuando eres joven y aún dependes de tus padres para casi todo. 

El caso es que un día habíamos quedado en casa de un amigo y F. se ofreció a llevarnos a todos. Siempre ha sido muy solícito en ese sentido y nunca ha puesto ninguna pega a la hora de trasladarnos de un sitio a otro; es de agradecer. Aunque, con la distancia, pienso que no todo era puro altruismo; un poquito de vanidad también había, porque a F. le encantaba fardar con el coche. Cuando hablaba de sus virtudes como conductor, no tenía abuela. Y con hablar no le bastaba; también tenía que mostrar todas sus habilidades al volante, que normalmente incluían giros espasmódicos, adelantamientos de dudosa legalidad y acelerones inesperados. Pero bueno, quiero creer que había más de buena voluntad que de narcisismo al ofrecerse a llevarnos. 

Pasamos una tarde estupenda en casa de nuestro amigo. Recuerdo haberme reído y haber hecho reír mucho, cosa que me encanta. Provocar la risa de la gente es uno de los mayores placeres de mi vida. Y seguía en el coche de vuelta a casa, payasada tras payasada, haciendo que mis amigos se desternillaran, F. incluido. Todo iba de maravilla hasta que, al llegar a un semáforo, no sé qué gilipollez estaba diciendo que, para que tuviera más gracia aún, tenía que hacer como si saliera del coche. Así que cogí el manillar para simular que abría la puerta. En ese momento un grito gutural desproporcionado salió de la garganta de R. y resonó: “¡Ni se te ocurra volver a intentar abrir la puerta ni a tocar mi coche!”. 

Al escucharlo me quedé en parálisis. Como veis, el contenido de la frase tampoco es para tanto; lo que más me afectó fue el tono de mi amigo y la expresión de su rostro, de una ira incalculable. Me hizo sentir como si yo fuera el ser más despreciable de la tierra, cuya única misión fuera estropearle el puto coche. Pues sí, en cierta forma sí lo era, pero no antes de que me gritara, sino después, ya que me dieron ganas de bajarme en ese mismo instante y empezar a darle patadas a toda la carrocería hasta llenarla de abolladuras imposibles de arreglar. Pero no me bajé; lo que pasó fue que la violencia de la situación hizo que se creara un silencio mortal, de tal forma que nadie se atrevió a decir nada en todo el trayecto. 

Uno a uno, mis amigos se fueron bajando del coche, porque llegamos a sus respectivos destinos. Y cuando por fin me tocó el turno, F., antes de bajarme, me dijo que lo sentía, que se había pasado tres pueblos. Yo se lo agradecí y le quité hierro al asunto para que las cosas volvieran a estar como si no hubiera pasado nada. Pero le mentí, porque, aunque han pasado ya bastantes años desde que esto sucedió, no he podido olvidarlo. Ese día se me atravesó su coche y todos los que ha tenido desde entonces (cuatro en total). Y también se empezó a minar la confianza mutua que siempre nos habíamos profesado, cosa que no hubiera sucedido si este hubiera sido un hecho puntual. Pero no lo fue; fue sólo el origen de los múltiples episodios en los que F. cambió el respeto y la preferencia hacia sus amigos, por su coche. 

En próximas entregas os contaré las experiencia más desoladora que tuve relacionada con F. y con uno de sus coches que supuso un antes y un después en nuestra relación. Hasta entonces, precaución amigos conductores, la senda es peligrosa.

martes, 8 de noviembre de 2016

TRUE DETECTIVE (PRIMERA TEMPORADA)



Indescriptible el desbordamiento con la primera temporada de True detective. Ayer vi el final y casi muero de belleza. Me resulta complicadísimo contaros por qué me ha desbordado sin haceros un spoiler, pero bueno, voy a procurar dar mínimas pinceladas de lo que me ha enamorado de esta serie intentando no desvelar ningún punto clave del argumento. 

Lo primero, los personajes, especialmente los dos protagonistas. Creo que nunca había visto una serie donde los personajes fueran tan consistentes y convincentes. Y, sobre todo, donde transmitieran tanto siendo unos policías que investigan un caso. Ya está tan visto y tan manido el dúo de compañeros policías norteamericanos que no me esperaba gran cosa, la verdad. Quizá de ahí mi sorpresa; las bajas expectativas suelen ser una de las claves de la felicidad. 

Lo que más me impresionó de los personajes es que son más interesantes que la trama misma. De hecho, creo que este es uno de los grandes aciertos de la serie: que los protagonistas sean el contenido principal de cada capítulo. Sus personalidades son casi antagónicas: uno es el típico padre de familia cuyos principios morales parecen sólidos e inquebrantables y el otro, aparentemente mucho más complejo, representa a una persona para la que la vida ha perdido por completo su sentido y cuya única obsesión es el trabajo. Lo grandioso es que acaban cuadrando e incluso intercambiando sus personalidades por las circunstancias y el paso del tiempo. Ups, creo que ya estoy diciendo demasiado, mejor me callo, porque, de verdad, decir más cosas es joder la serie. Solo señalar que los actores hacen un trabajo impresionante; nunca me hubiera imaginado que Matthew McConaughey tuviera tanto talento. 

Lo segundo, la estructura de la trama. No es la típica estructura lineal, cosa que se agradece, pues le da mucho más dramatismo a la serie y te hace plantearte cuestiones que consiguen engancharte hasta el final. 

Por último, dos detalles técnicos especialmente cuidados: la fotografía y la caracterización de los personajes. El enclave donde se desarrolla la serie está muy bien seleccionado, pero podría no transmitir nada si no fuera por lo extraordinariamente bien escogidos que están los planos, los paisajes, los encuadres… Y los efectos de luz también son impecables. Pero, lo que me resultó fascinante fue la caracterización de los personajes, es decir, todo lo que tiene que ver con el maquillaje y con los efectos especiales. De verdad os digo que nunca había visto tanta calidad a la hora de representar a un personaje en distintos periodos de su vida. Es absolutamente creíble y me atrevo a decir que han conseguido la perfección. 

Pero lo mejor de lo mejor de lo mejor de lo mejor es la última conversación de los dos protagonistas en el último capítulo. Absolutamente desbordante, y no sólo a nivel emocional, sino también a nivel cognitivo; me hizo pensar mucho y plantearme ciertos interrogantes que seguro os surgirán también a vosotros porque son de índole universal. Lo dicho: no dejéis de verla.