domingo, 25 de diciembre de 2016

¿TENER O SER?



¿No alucináis con el anuncio que ha sacado Juguettos para la campaña de Navidad de este año? ¿Es que en Navidades todo vale, incluso que nos volvamos gilipollas absolutos? ¿Estamos locos o qué coño nos pasa? Perdonad por los esputos dialécticos, pero es que me desbordo cuando se utiliza a los niños con fines tan deplorables. El caso es que, sí, están tan graciosos con sus frenéticos “melopidos” que el anuncio engancha que te cagas; ole por los publicista, se han ganado una cesta de Navidad copiosa. Pero, si vamos un poco más allá de lo que se muestra como evidente, nos daremos cuenta enseguida del perverso trasfondo que encierra. 

Hay unos niños, monísimos ellos, y perfectamente escogidos, que se están entrenando como si de un campamento militar se tratara. Y no se entrenan para mejorar su salud física, ni se trata de un entrenamiento intelectual ni moral. No, los niños se entrenan para poder pedirse juguetes de una forma más eficaz, y llegar así a tener todos o casi todos los del catálogo. Y todo esto bajo la mirada de profundo desconcierto de unos padres que son meros observadores pasivos y actúan como si ellos no tuvieran nada que ver con el asunto. Al fin y al cabo, ¡qué pueden hacer, pobres almas de cántaro, si ya lo controlan todo sus hijos! No sé, creo que hubiera sido más digno para todos los padres del mundo, que los publicistas no les hubieran humillado de esa forma. Con no incluirles, suficiente. 

De esta manera, los regalos se convierten desde nuestra más tierna infancia, en lo más importante de la Navidad, de tal modo que, sin ellos, esta no tiene ningún sentido. Tener cosas y más cosas y más cosas, es lo que se estila. ¡Y para qué fomentar con la publicidad algún valor distinto! Si al fin y al cabo esto es lo que triunfa, lo que engancha. Comprar y comprar y comprar y comprar como si no hubiera un mañana. Porque, ¿para qué conformarte con tener uno o dos regalos si puedes conseguir todos los del catálogo? Bueno, claro, y eso de pararse un momento a pensar si realmente necesitamos alguna de las mierdas que consumimos, eso, ¿de qué sirve? 

Y es que, por desgracia, la idea de que cuanto más tienes, más eres, está muy presente en nuestra sociedad; de hecho creo que es esta creencia la que alimenta incesantemente al monstruo del consumismo. Lo que más me jode es que se utilice a los niños pequeños para darle cauce y hacer que parezca algo inocente, divertido y completamente legítimo. Pero de legítimo no tiene absolutamente nada y es un fragante error el darla por cierta. ¡No hay creencia más falsa en este mundo! Para cuestionarla, os incluyo una de las reflexiones más certeras que sobre este tema escribió el psicólogo y filósofo alemán Erick Fromm en su obra “¿Tener o ser?”, donde hace una reivindicación extraordinaria del ser por encima del tener. Espero que os resulte enriquecedora. A mí, desde luego me parece un bálsamo necesario para soportar tantas mierdas navideñas. 

"Las personas que se preocupan por tener gozan de seguridad, pero necesariamente son muy inseguras. Dependen de lo que tienen: del dinero, del prestigio y de su ego; es decir, de algo exterior a ellas; pero, ¿qué les sucedería si perdieran lo que tienen? Pues, sin duda, todo lo que se tiene puede perderse. Obviamente, las propiedades pueden perderse (y con éstas generalmente la posición y los amigos) y en cualquier momento el individuo puede (y tarde o temprano les sucede a todos) perder la vida. 

Si yo soy lo que tengo, y si lo que tengo se pierde, entonces ¿quién soy? Nadie, sino un testimonio frustrado, contradictorio, patético, de una falsa manera de vivir. Como puedo perder lo que tengo, necesariamente en forma constante me preocupa esto. Tengo miedo a los ladrones, de los cambios económicos, de las revoluciones, de la enfermedad, de la muerte, y tengo miedo a la libertad, al desarrollo, al cambio, a lo desconocido. Por ello estoy continuamente preocupado, y sufro una hipocondría crónica, en relación no sólo con la pérdida de la salud, sino con cualquier otra pérdida de lo que tengo; me vuelvo desconfiado, duro, suspicaz, solitario, impulsado por la necesidad de tener más para estar mejor protegido. 

La angustia y la inseguridad engendradas por el peligro de perder lo que se tiene no existen en el modo de ser. Si yo soy lo que soy, y no lo que tengo, nadie puede arrebatarme ni amenazar mi seguridad y mi sentimiento de identidad. Mi centro está en mí mismo; mi capacidad de ser y de expresar mis poderes esenciales forma parte de mi estructura de carácter y depende de mí." 

(FROMM, ¿Tener o ser?, F.C.E., Madrid, 1999)

martes, 20 de diciembre de 2016

EL COCHE MALDITO (SEGUNDA PARTE)




Sigamos con la historia de mi amigo F. y su exasperante amor por su coche. F. siempre ha sido una persona muy tenaz y pronto encontró un trabajo relacionado con sus estudios. Sin embargo, sus condiciones laborales no le permitían independizarse, porque, según él, no cobraba lo suficiente. No os voy a decir cuál era su sueldo, pero os aseguro que se podría haber independizado sin ningún problema. Todo depende de cuáles sean tus pretensiones y, en su caso, bastante altas por lo que se ve, ya que su sueldo sí le permitía, por ejemplo, compartir piso, o alquilar una habitación. Pero debía ser que esto no era de su agrado. También se quejaba de que su trabajo le comía mucho tiempo y que no podía dedicarse a buscar piso ni al cuidado del mismo. En fin, una variedad de excusas peculiares que no hacían sino evidenciar el hecho de que, en el fondo, estaba muy a gusto en casa de sus padres; nos ha jodido, como que se lo hacían todo sin pedirle absolutamente nada a cambio.

El caso es que F. casi siempre se quejaba de que no tenía dinero; de hecho, una de las razones por las que no salía mucho era porque no quería gastar. Otra era la falta de tiempo. A mí lo primero me resultaba sorprendente porque, como os acabo de decir, su sueldo era bastante digno. Así que, por pura extrañeza, un día le pregunté cómo organizaba su economía. En ese momento descubrí lo que ocurría con su dinero. El coche se llevaba casi la mitad de su sueldo; entre que tenía que pagar todos los meses la cuota al banco y la gasolina, se quedaba a dos velas. Y es que, por aquella época, tenía un coche de alta gama, que le había costado bastante, a pesar de que era de segunda mano. 

Por tanto, se disiparon las incertidumbres. A mí me pareció una pena que se hubiera entrampado de esa forma con el coche, sobre todo porque antes había tenido uno estupendo que ya estaba pagado, pero lo cambió al poco tiempo porque no le gustaba lo suficiente. Y no me estoy refiriendo a la ranchera de la que os hablé el otro día en la primera parte de esta entrada. Se trataba de su segundo coche, del que decía que estaba “amariconado”, cosa que a mí me repateaba el estómago, porque, por una parte, demostraba una falta de sensibilidad estrepitosa hacia el colectivo homosexual, y, por otra, porque para él que un coche estuviera “amariconado” significaba que no lo podía poner a 200 por hora. No exagero. 

Lo peor fue un día, que le propuse salir a cenar por ahí, porque hacía bastante tiempo que, por distintas circunstancias, no nos veíamos. Él me dijo que no categóricamente, ya que no podía gastarse dinero en cenar fuera y casi me llegó a tachar de insensible por proponerle un plan que sabía que no podía llevar a cabo. Yo le dije que no teníamos por qué ir a ningún sitio caro, incluso unas pizzas bastaban, pero él me dijo que no, que era imposible, porque le habían pasado el seguro del coche y le habían dado un palo de narices. Así que, no quedamos. 

No me cabe ninguna duda de que él claramente eligió el coche, o el dinero, en vez de estar conmigo, porque ni siquiera me dio una alternativa; hubiera sido tan fácil como decirme que quedáramos en mi casa o que, en vez de cenar, diéramos un paseo. ¡Yo qué sé! Cualquier cosa hubiera bastado. Incluso a mí no me hubiera importando nada en absoluto invitarle. Pero estaba tan obcecado con que no se podía permitir gastar un duro que no hubo manera. 

Este hecho puntual me molestó un poco, aunque tampoco mucho. Y no fue el único acontecimiento de este tipo, hubo varios parecidos, pero tampoco me molestaron excesivamente. Se ve que, poco a poco, asumí que las prioridades de F. eran las que eran y yo ya no estaba dentro de ellas. 

Lo que sí me molestaría mucho, MUCHÍSIMO, ocurrió aproximadamente un año más tarde. Nuestra relación ya se había deteriorado como consecuencia de sus limitaciones a la hora de quedar, pero yo tenía la intención de renovarla o, por lo menos, de poner todo de mi parte para que no se deteriorara más. Me parecía que, sin duda, merecía la pena. Además, las circunstancias comenzaban a sernos propicias, pues F. estaba a punto de terminar de pagar el coche, lo que significaba que sus limitaciones económicas desaparecerían y ya no tendría más excusas para no quedar por culpa del dinero. 

Pues bien, mi gozo en el pozo más oscuro e insondable, ya que un día que por fin quedamos F. me dijo: “Mira, te voy a enseñar mi coche nuevo”. Yo no daba crédito. ¡¿UN COCHE NUEVO!? ¡Pero si el que tenía no llegaba ni a los tres años! Y vaya coche nuevo… Era también un coche de alta gama, pero mucho mejor que el anterior, y, por supuesto, mucho más caro. Aunque se lo compró de segunda mano, me dijo que le había costado casi 30.000 euros. Me quedé bocas, pero, sobre todo, sufrí una profunda decepción. Durante todo este tiempo F. siempre se había quejado del dinero, ¿y ahora se compraba un coche de 30.000 pavos? Venga, hombre. En ese momento, pasaron por mi cabeza todas las veces que había renunciado a quedar porque, supuestamente, no tenía ni un duro y comencé a combustionar. Me cabree mucho, muchísimo, y, de nuevo, me dieron ganas de darle patadas a su flamante coche nuevo y destrozárselo. 

Ni que decir tiene que otra vez F. se había entrampado con el banco; encima la cuota mensual era, si cabe, más alta que la anterior. De hecho, han pasado varios años de eso y aún sigue pagándola. Y también sigue sin independizarse y sin salir casi nunca. Pero yo ya no quiero intentar nada. Cada uno toma sus decisiones y la mía ha sido dejar de intentar forzar una relación que ya no tiene sentido. La suya ha sido apostar por su coche. 

Me resulta muy triste y no puedo evitar preguntarme de nuevo qué le puede llevar a alguien a preferir lo material a la amistad. ¿Cómo es posible que mi amigo le haya dado más importancia a su coche que a las personas que le rodeamos? No lo entiendo, os juro que cada vez que lo pienso parece como si mi cerebro fuera a explotar. Lo peor es que no sólo me está perdiendo a mí, sino que ya le ha pasado esto con más amigos y no ha hecho absolutamente nada por arreglarlo. Para mí es una tristeza, pero está claro que para él no, o no lo suficiente como para renunciar al algo tan preciado como es su PUTO COCHE MALDITO.

domingo, 11 de diciembre de 2016

LA BELLEZA Y EL MUNDO

En principio y cuando se llega a una determinada edad (en mi caso diría que a partir de los 14), el mundo se empieza a convertir en un lugar abrupto, sórdido; deja de ser el escenario de la felicidad, para convertirse en el de la desgracia. Sin embargo, no pierde del todo su belleza; incluso diría que, en el contraste, esta se incrementa notablemente. Cuando la mayor parte de las cosas del mundo te parecen una mierda, descubrir algo bello es una experiencia inigualable. Y lo sientes con mucha más intensidad, como si fuera único, casi sobrenatural. 

En medio de esta emoción desbordante, de pronto, me encuentro preguntándome cómo es posible que algo que pertenece al mundo, me haga salirme completamente de él. Y luego me doy cuenta de que, en realidad, no me salgo en absoluto; sólo encuentro una nueva dimensión del mismo que, indiscutiblemente, también le pertenece. Me costó bastante descubrir que el mundo tiene esta identidad bifronte. De hecho, durante mucho tiempo me pareció tan grotesco, que atribuía cualquier cosa que se alejara de esa fealdad, a algo distinto de él. Pero luego me di cuenta de que tanto lo grotesco como su contrario, forman ambos parte de la misma cosa; y comencé a amar el mundo en su más osada contradicción. Incluso hubo un tiempo en el que lo bello empezó a imponerse y a quedarse largas temporadas de ensueño. 

Directamente, recurro al topicazo de turno y, como una imagen vale más que mil palabras, os dejo un documento gráfico que refleja a la perfección el hecho de apreciar esa cara del mundo contraria a lo grotesco. Se trata de una escena de American Beauty, que es el vivo reflejo de lo que se siente al tener un desbordamiento por belleza. No sé si habéis visto esta película; si no es así, os la recomiendo encarecidamente, porque es sublime, sin duda una de mis películas favoritas. Os dejo la escena aquí abajo para que podáis recordarla, o verla por primera vez (si es así, flipadlo). Sin más, que la belleza os acompañe.


jueves, 1 de diciembre de 2016

¿CUMPLEAÑOS FELIZ?


¿Es posible que con cuatro años tengas que asistir a 25 cumpleaños y pagar 5 o más euros por cada uno de ellos? Mi mejor amiga en el mundo es la hija de mis amigos L. y P. Ella es una niña increíble de cuatro añitos que me enamora. Pues el otro día mis amigos me cuentan que están hasta las pelotas de los padres de los compañeros de la clase de su hija, porque pretenden que los niños vayan a los cumpleaños de todos sus compañeros de clase y que cada uno aporte 5 euros para comprarle al niño de turno un súper regalo. Y tan súper; me diréis qué se puede comprar a un niño de esa edad con 125 euros. Hostia, es que con ese dinero hago yo la compra más de medio mes. A mis amigos les parecía una locura total, y a mí también me lo parece, pero debe ser que al resto del mundo no, porque no había ni un padre/madre de la clase de su hija que pensara igual que ellos, sino más bien todo lo contrario; cualquier tipo de disidencia les parecía una atrocidad y entendían que si no actuabas como ellos, tu hijo/a iba a convertirse en el marginado de la clase.

Ante esto, mis amigos han tomado la siguiente decisión: no van a llevar a su hija a ningún cumpleaños. No sólo lo hacen por el dinero, pues ya no aportaba los 5 euros de rigor en los cumples anteriores a su decisión; lo que hacían era comprar ellos un regalito al niño o niña en cuestión y santas pascuas. Sobre todo, lo hacen porque han comprobado que su hija de cuatro años, repito, de cuatro años, no aguanta mucho tiempo en los cumples. Se cansa en seguida, pero no solo ella sino todos los niños. Me contaban que el último cumple al que fueron era en la terraza de un bar y que la niña que cumplía años, abrumada por la situación (estaban todos sus compañeros con sus padres pendientes de ella), no quiso salir del bar. Lo peor de todo es que su madre se enfadó con ella por quedarse dentro; bonita forma de traumatizar a tu hija gratuitamente.  

El caso es que a mis amigos todo esto les parece un sinsentido y van a esperar a que su hija sea un poco mayor para llevarle a los cumpleaños a los que realmente quiera ir, es decir, a los de aquellos compañeros de clase que sean verdaderamente sus amigos. Y, no, no tienen miedo a que su hija se convierta en la marginada de la clase, porque comparte con sus compañeros otros espacios y tiempos que sin duda propician el encuentro y la confianza. Me cuesta creer que a esa edad los niños marginen a un compañero por no ir a los cumples; me parece que las relaciones más íntimas en la infancia no resultan de un día de fiesta ni muchísimo menos.

De lo que me surge la siguiente pregunta: ¿es esta la verdadera razón de que se insista tanto en celebrar los cumpleaños de todos los niños/as de la clase? ¿Realmente es por los niños? ¿No serán los padres y madres los que tienen miedo de convertirse en los marginados de la clase? Ahí lo dejo para que opinéis. 

En cuanto al dinero, ¿por qué obligar a pagar la misma cantidad para luego comprar un único regalo descomunal? Entrar en la dinámica boda tan pronto me parece un despropósito, pero bueno. Por otra parte, tengo que confesar que también le veo las ventajas a este sistema. Si vas a hacer que todos los compañeros de clase de tu hijo/a vayan a su cumple, antes de que cada uno le compre cualquier tontería que luego no vaya a servir para nada, mejor estipular un precio razonable y hacer un único regalo. Aunque 5 euros para un niño de cuatro años a mí me parece demasiado, la verdad. Con dos, como mucho tres, eurillos creo que está bien. 

Al final, lo que pienso es que de todo esto tiene la culpa el wasap y los grupos de chateo. Antes, como era más difícil comunicarse, no surgían estos “consensos” (lo pongo entrecomillas porque más que un consenso parece una imposición) con tanta facilidad. Pero ahora que estamos conectados la mayor parte de nuestro día, es complicado sustraerse a la masa. Por eso siento tanto orgullo de mis amigos, porque no es nada sencillo ir a contracorriente en estos tiempos que corren y ellos parece que lo están consiguiendo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

BRASAS



La misma gastada conversación de siempre. Esa que está llena de palabras inútiles, que se convierten en absurdas por su excesiva repetición. Anécdotas vacías desmenuzadas y contadas hasta la saciedad, que mis oídos se niegan a escuchar de nuevo. Y no las oigo, pero permanezco inmóvil con la mirada oscilante entre la persona que habla y las musarañas del fondo. Incapaz de marcharme de allí, pero planeando mi huida a cada gastado sonido que profiere su boca. Carezco de excusas dignas que no levanten la sospecha del aburrimiento y del desagrado. Y no quiero hacer sentir mal a nadie por mi imposibilidad de interesarme por algo que ya no me interesa. ¿Quién dice que no me interesó en su momento? Quizá las dos primeras veces... ¡O incluso la tercera! Pero soportarlo más de cuatro... No está a mi alcance, lo siento. Ojalá fuera capaz de implicarme una y otra vez en esos relatos excesivos e idealizados; ojalá fuera capaz de entenderte cuando los repites una y otra vez. Tu entusiasmo aparente, tus gestos más propios, tus imágenes. Te alimentas de tus palabras, te alimentas de los recuerdos deformados que generan tus vivencias pasadas y revividas una tras otra a través de esos mismos recuerdos. Y yo me muero en cada uno de ellos.

Dedicado a todos y cada uno de los brasas que habitan en este mundo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

EL COCHE MALDITO (PRIMERA PARTE)



Desde que tengo memoria, siempre me han desbordado las personas que dan más importancia a las cosas que a otros seres humanos, a la vez que me han generado una curiosidad brutal. ¿Qué clase de escala de valores tienen? ¿Por qué les aporta más algo material que algo personal? Pues bien, el desbordamiento de hoy está provocado por alguien muy cercano a mí o, por lo menos, lo fue en su día, porque por desgracia nos estamos distanciando. Una de las razones de ese distanciamiento tiene que ver con su coche. Sí, parece una banalidad, no lo niego, pero, como podréis comprobar a continuación, tiene unas implicaciones que van más allá de lo meramente material. Vamos, que al final el coche es lo que menos importa.

Se trata de mi amigo F., una persona que conozco desde el instituto y con el que he mantenido una relación muy estrecha hasta hace unos años. De hecho, durante mucho tiempo le he considerado mi mejor amigo. Pero, por desgracia, dejé de considerarlo así, y una de las razones fue porque empecé a percibir que sentía más amor por su coche que por mí. 

El origen de esta percepción está en un suceso concreto que os paso a relatar ahora. Ocurrió hace ya algunos años, cuando ni yo ni casi ninguno de mis amigos teníamos coche y nos tocaba ir a todos los sitios en transporte público. F. era el único que sí lo tenía; era una vieja ranchera que había pertenecido a su abuelo y que ahora ya no usaba porque era demasiado mayor para conducir. Era de gasolina y se manejaba bastante mal, porque no tenía dirección asistida. Pero F. estaba encantado de tenerlo, porque odiaba viajar en transporte público y sentía que el coche le daba esa autonomía tan necesaria cuando eres joven y aún dependes de tus padres para casi todo. 

El caso es que un día habíamos quedado en casa de un amigo y F. se ofreció a llevarnos a todos. Siempre ha sido muy solícito en ese sentido y nunca ha puesto ninguna pega a la hora de trasladarnos de un sitio a otro; es de agradecer. Aunque, con la distancia, pienso que no todo era puro altruismo; un poquito de vanidad también había, porque a F. le encantaba fardar con el coche. Cuando hablaba de sus virtudes como conductor, no tenía abuela. Y con hablar no le bastaba; también tenía que mostrar todas sus habilidades al volante, que normalmente incluían giros espasmódicos, adelantamientos de dudosa legalidad y acelerones inesperados. Pero bueno, quiero creer que había más de buena voluntad que de narcisismo al ofrecerse a llevarnos. 

Pasamos una tarde estupenda en casa de nuestro amigo. Recuerdo haberme reído y haber hecho reír mucho, cosa que me encanta. Provocar la risa de la gente es uno de los mayores placeres de mi vida. Y seguía en el coche de vuelta a casa, payasada tras payasada, haciendo que mis amigos se desternillaran, F. incluido. Todo iba de maravilla hasta que, al llegar a un semáforo, no sé qué gilipollez estaba diciendo que, para que tuviera más gracia aún, tenía que hacer como si saliera del coche. Así que cogí el manillar para simular que abría la puerta. En ese momento un grito gutural desproporcionado salió de la garganta de R. y resonó: “¡Ni se te ocurra volver a intentar abrir la puerta ni a tocar mi coche!”. 

Al escucharlo me quedé en parálisis. Como veis, el contenido de la frase tampoco es para tanto; lo que más me afectó fue el tono de mi amigo y la expresión de su rostro, de una ira incalculable. Me hizo sentir como si yo fuera el ser más despreciable de la tierra, cuya única misión fuera estropearle el puto coche. Pues sí, en cierta forma sí lo era, pero no antes de que me gritara, sino después, ya que me dieron ganas de bajarme en ese mismo instante y empezar a darle patadas a toda la carrocería hasta llenarla de abolladuras imposibles de arreglar. Pero no me bajé; lo que pasó fue que la violencia de la situación hizo que se creara un silencio mortal, de tal forma que nadie se atrevió a decir nada en todo el trayecto. 

Uno a uno, mis amigos se fueron bajando del coche, porque llegamos a sus respectivos destinos. Y cuando por fin me tocó el turno, F., antes de bajarme, me dijo que lo sentía, que se había pasado tres pueblos. Yo se lo agradecí y le quité hierro al asunto para que las cosas volvieran a estar como si no hubiera pasado nada. Pero le mentí, porque, aunque han pasado ya bastantes años desde que esto sucedió, no he podido olvidarlo. Ese día se me atravesó su coche y todos los que ha tenido desde entonces (cuatro en total). Y también se empezó a minar la confianza mutua que siempre nos habíamos profesado, cosa que no hubiera sucedido si este hubiera sido un hecho puntual. Pero no lo fue; fue sólo el origen de los múltiples episodios en los que F. cambió el respeto y la preferencia hacia sus amigos, por su coche. 

En próximas entregas os contaré las experiencia más desoladora que tuve relacionada con F. y con uno de sus coches que supuso un antes y un después en nuestra relación. Hasta entonces, precaución amigos conductores, la senda es peligrosa.

martes, 8 de noviembre de 2016

TRUE DETECTIVE (PRIMERA TEMPORADA)



Indescriptible el desbordamiento con la primera temporada de True detective. Ayer vi el final y casi muero de belleza. Me resulta complicadísimo contaros por qué me ha desbordado sin haceros un spoiler, pero bueno, voy a procurar dar mínimas pinceladas de lo que me ha enamorado de esta serie intentando no desvelar ningún punto clave del argumento. 

Lo primero, los personajes, especialmente los dos protagonistas. Creo que nunca había visto una serie donde los personajes fueran tan consistentes y convincentes. Y, sobre todo, donde transmitieran tanto siendo unos policías que investigan un caso. Ya está tan visto y tan manido el dúo de compañeros policías norteamericanos que no me esperaba gran cosa, la verdad. Quizá de ahí mi sorpresa; las bajas expectativas suelen ser una de las claves de la felicidad. 

Lo que más me impresionó de los personajes es que son más interesantes que la trama misma. De hecho, creo que este es uno de los grandes aciertos de la serie: que los protagonistas sean el contenido principal de cada capítulo. Sus personalidades son casi antagónicas: uno es el típico padre de familia cuyos principios morales parecen sólidos e inquebrantables y el otro, aparentemente mucho más complejo, representa a una persona para la que la vida ha perdido por completo su sentido y cuya única obsesión es el trabajo. Lo grandioso es que acaban cuadrando e incluso intercambiando sus personalidades por las circunstancias y el paso del tiempo. Ups, creo que ya estoy diciendo demasiado, mejor me callo, porque, de verdad, decir más cosas es joder la serie. Solo señalar que los actores hacen un trabajo impresionante; nunca me hubiera imaginado que Matthew McConaughey tuviera tanto talento. 

Lo segundo, la estructura de la trama. No es la típica estructura lineal, cosa que se agradece, pues le da mucho más dramatismo a la serie y te hace plantearte cuestiones que consiguen engancharte hasta el final. 

Por último, dos detalles técnicos especialmente cuidados: la fotografía y la caracterización de los personajes. El enclave donde se desarrolla la serie está muy bien seleccionado, pero podría no transmitir nada si no fuera por lo extraordinariamente bien escogidos que están los planos, los paisajes, los encuadres… Y los efectos de luz también son impecables. Pero, lo que me resultó fascinante fue la caracterización de los personajes, es decir, todo lo que tiene que ver con el maquillaje y con los efectos especiales. De verdad os digo que nunca había visto tanta calidad a la hora de representar a un personaje en distintos periodos de su vida. Es absolutamente creíble y me atrevo a decir que han conseguido la perfección. 

Pero lo mejor de lo mejor de lo mejor de lo mejor es la última conversación de los dos protagonistas en el último capítulo. Absolutamente desbordante, y no sólo a nivel emocional, sino también a nivel cognitivo; me hizo pensar mucho y plantearme ciertos interrogantes que seguro os surgirán también a vosotros porque son de índole universal. Lo dicho: no dejéis de verla.

lunes, 31 de octubre de 2016

EL ZOMBI




Normalmente soy un zombi, una persona a medias que parece estar viva, pero en realidad se encuentra en un estado subhumano. De hecho, los desbordamientos suelen ser el único hilo que me mantiene en conexión con la vida; una de las pocas manifestaciones que me quedan que prueban que no he muerto del todo. Pero, en general, mi estado suele ser lamentable. Cuando me despierto por las mañanas y compruebo que sigo existiendo, que el sueño no ha sido más que eso, un sueño antes de la inevitable vigilia, suelo desear no haber despertado nunca. El sólo hecho de tener que levantarme me abruma tanto que preferiría seguir en ese estado de inconsciencia casi plena que solo se altera por las imágenes oníricas que proyecta mi cerebro. 

Pero me levanto y el cuerpo se arrastra. Lo primero que siento es dolor físico; no suelo levantarme y sentir que he descansado, sino más bien todo lo contrario; me encuentro con más agotamiento que cuando me acosté. Y en el transcurrir del día esto no mejora. Mi cuerpo es como un lastre. Después, pasan los minutos y me voy sumiendo en una especie de aletargamiento que dura el resto del día. Es como una neblina acolchada que me envuelve y me sostiene, a la vez que me aprisiona; una especie de bruma analgésica reconfortante que cuando me caigo, está para sostenerme, pero que también se convierte en mi peor condena, pues no me deja ser del todo yo. 

Y es que esta neblina zombi hace que mire sin ver, oiga sin escuchar, ande sin ir a ningún sitio… Me mantiene en un nivel básico de conciencia que me permite realizar las funciones vitales y establecer relaciones sociales convencionales inauténticas, pero poco más. En este estado no suelo querer saber nada de nadie y me aferro a todo aquello que suponga para mí cualquier tipo de evasión. Sustancias, películas, música, sueño… Todo porque en algún momento de mi existencia decidí no vivir y como no tenía ni los recursos ni el convencimiento total para quitarme de en medio, elegí vivir una vida a medias. Gran forma de estar lo más cerca posible de la muerte. 

Por tanto, cuidado conmigo esta noche, pues mi avidez por los cerebros es brutal y puede que si nos encontramos, no tenga más remedio que comerme el tuyo. FELIZ HALLOWEEN A TODOS.

martes, 25 de octubre de 2016

NI UNA MENOS



No tengo palabras para expresar el desbordamiento que siento estos días. Indignación, tristeza, rabia profunda… Son palabras que se quedan cortas. La muerte de Lucía Pérez me ha traspasado. Cualquier muerte violenta de cualquier mujer por culpa de la violencia machista me ha parecido y me parecerá siempre algo desolador y absolutamente reprobable. Pero, la de Lucía, sobrepasa todos los límites de lo humano. Lo peor de todo es que es humano. Y yo me avergüenzo de pertenecer a esta especie insufrible. 

Os dejo este artículo de Beatriz Gimeno, que expresa con total claridad lo que yo no puedo decir, porque, simplemente, me he quedado sin palabras.

domingo, 23 de octubre de 2016

LA BELLEZA


Desbordarse de belleza es una experiencia inigualable. Es la sal de la vida; una de las pocas cosas que da sentido a la existencia. Afortunadamente, todavía conservo la capacidad de tener este tipo de desbordamientos y de morirme de felicidad con ellos. Una de las fuentes que más desbordamientos de belleza me provocan es la música. Me encanta la música. Me parece un regalo divino; el éxtasis supremo. Y la que hace Sigur Ros… Sin palabras. Imposible describir tanta belleza junta. Aquí os dejo una de sus canciones (Festival, de su cuarto disco, Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust) para que lo podáis comprobar con vuestros propios oídos. Cualquier canción de este grupo hubiera servido para transmitiros lo que es sentir uno de estos desbordamientos, porque sin duda son todas sublimes. Pero me he decantado por esta, ya que, si algo tengo claro en esta vida, es que quiero que sea la canción que suene en el momento de mi muerte. La razón: para mí representa la trascendencia más pura y, en cierta forma, me transporta.


Advertencia: si en la primera escucha no os dice nada, dadle otra oportunidad.


martes, 18 de octubre de 2016

EL PROFESOR DE HISTORIA

  


Hace unas semanas, mientras comía en el trabajo, escuché la conversación de unos compañeros en la mesa de al lado, que me caló hondo. Sí, soy cotilla por naturaleza y siempre me recuerdo curioseando, no lo puedo evitar. Pues bien, una profesora les estaba comentando a otros dos profes, uno de Historia y otra de Inglés, que les iba a proyectar a sus alumnos unos anuncios para tratar el tema del machismo en la publicidad. Al hilo de esto, la profesora de Inglés contó lo impresionada que se quedó cuando escuchó en un programa de la tele el testimonio de una mujer maltratada, que había estado en una relación perniciosa durante más de cinco años sin darse cuenta de lo nociva que le resultaba. 

La experiencia que más le había impactado fue una en la que la mujer maltratada estaba con su novio y unos amigos de este (ella ya no tenía amigos propios, porque su novio se había encargado de aislarla de ellos); uno de los amigos contó un chiste que a ella le hizo bastante gracia, así que se empezó a reír. En ese momento, el novio, por debajo de la mesa, cogió la mano de la chica, y sin que nadie se diera cuenta, le apagó un cigarrillo en la palma. Lo más impresionante es que ella no dijo nada de nada; ni una queja, ni un cambio en la expresión; nada. Y contaba que ni siquiera le dio importancia en el momento; fue más adelante cuando se dio cuenta de que había sido una agresión en toda regla. 

La profesora siguió contando a sus compañeros más agresiones que había sufrido esta mujer. Y cuando había terminado, el profesor de Historia espetó: “Pero, ¿por qué era maltratada?”. Las dos profesoras se quedaron mirándolo y una de ellas le preguntó a su vez: “¿A qué te refieres con que por qué era maltratada?”. Esta pregunta no venía sino a evidenciar la incredulidad de la profesora al darse cuenta de que lo que estaba insinuando el profesor de Historia es que la mujer tenía parte de culpa por ser maltratada. Y es que existe el prejuicio generalizado de que si una mujer es maltratada es porque ella ha contribuido a crear esa situación y que, si quisiera, podría cortar con la pareja que le está haciendo daño. Como si fuera tan fácil, no te jode. 

El caso es que el profesor, dándose cuenta de que no estaba siendo políticamente correcto, intentó zafarse del asunto, no sin terminar diciendo que las mujeres también eran muy machistas, incluso más que los hombres. En ese punto de la conversación yo ya estaba echando chispas por los ojos, pero mi combustión se completó, cuando el profesor de Historia, repito, EL PROFESOR DE HISTORIA, dijo lo siguiente: “Es que los hombres que no somos machistas, no sabemos muchas veces dónde situarnos.” A lo que una de las profesoras, sabiamente, respondió: “Bueno, la cosa está clara; esos hombres seréis feministas”. 

Ahora viene lo mejor (por no decir lo más lamentable) de la conversación. Va el PROFESOR DE HISTORIA y suelta: “Pero eso no puede ser; si no soy machista no puedo ser feminista porque una cosa es la contraria de la otra”. Las dos profesoras se quedaron estupefactas y una de ellas replicó educadamente: “No, hombre, no, el feminismo es el movimiento que defiende la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, no la superioridad de la mujer sobre el hombre; lo contrario al machismo es el hembrismo”. En ese momento, sentí cómo el PROFESOR DE HISTORIA se avergonzaba en silencio, y digo en silencio porque desde fuera consiguió hacer creer que su equivocación no había tenido ninguna importancia, ya que cambió hábilmente de tema y no pareció inmutarse. Pero fue precisamente ese intento de evasión (y ciertas expresiones corporales no verbales) lo que evidenció aún más su sentimiento de vergüenza. 

Yo, por mi parte, no me podía creer lo que acababa de presenciar. ¿Un PROFESOR DE HISTORIA que no sabía lo que era el feminismo? Desbordamiento máximo. Ante este panorama, no es de extrañar que en España, una mujer sea violada cada ocho horas y que sean ya 37 las mujeres muertas en 2016 por culpa de la violencia machista. ¿Quién está enseñando a los adolescentes que los hombres y las mujeres somos iguales en derechos y que el respeto está por encima de cualquier condición e índole social, cultural, sexual, etc.? En este caso, un profesor que no sabe lo que es el feminismo y que culpabiliza a la mujer de ser maltratada. Ole sus cojones.

sábado, 15 de octubre de 2016

DESALMADOS NUNCA FALTAN



El desbordamiento de hoy ha sido espectacular. Tengo una amiga que trabaja como personal no docente en un centro educativo desde hace dos años y medio. Me reservo a dar el nombre, porque no quiero perjudicar a mi amiga mientras siga trabajando allí, pero en cuanto lo deje, lo publicaré. En principio el hecho de que consiguiera ese trabajo fue una noticia estupenda (ninguno sospechábamos que se convertiría en su peor pesadilla), porque la actividad a desempeñar en el mismo no parecía nada desagradable y, además, estaba bien pagado. 



Desde hace tiempo, ella no había conseguido un trabajo estable; ha ido encadenando distintos contratos temporales asociados a su discapacidad. Porque, sí, mi amiga tiene una discapacidad; es albina y aunque parezca que el albinismo sólo conlleva la despigmentación de la piel, no es así en absoluto. También afecta a la vista, de tal forma que la limita bastante (http://www.albinismo.es/). Mi amiga, por ejemplo, tiene un déficit visual del 60%. Como es obvio, esto supone una gran desventaja para insertarse en el mundo laboral, por eso el Estado, en un honroso intento por fomentar la igualdad de oportunidades, ofrece gratificaciones a las empresas que apuesten por contratar a personas con algún tipo de discapacidad. En su caso, esta fue la principal razón por la que la contrataron. Por descontado que mi amiga es lo suficientemente competente como para desempeñar el puesto que ahora ocupa y doy fe de que no solo cumple con su deber, sino que lo borda; pero no la contrataron por eso. La contrataron para poder percibir la gratificación estatal. ¿Que, por qué lo afirmo tan taxativamente? Juzgad por vosotros mismos.



Los seres que trabajan con ella (no considero que merezcan la designación nominal de “personas”), son todos afines a la secta. Me explico. El centro docente es de corte católico. En principio esto no tendría que suponer ningún problema; hay centros e instituciones católicas en los que los trabajadores son de toda índole y condición, y no pasa absolutamente nada. Es más, suele ser considerado una riqueza. No es el caso. Todos los trabajadores no profesores de este centro son el amigo de, la mujer de, el sobrino de…, de tal forma que se ha constituido una siniestra red de influencias, donde lo diferente no encaja, o más bien, donde lo diferente es despreciado. 

Claro, imaginaos qué pinta ahí mi amiga, una mujer albina, que no es católica ni entra por enchufe y que, además, es lesbiana. Desde el primer momento sus compañeros la ningunearon y la arrinconaron. Hoy me contaba cómo ha tenido que aguantar comentarios despectivos proferidos de forma sibilina, a los que a veces no podía ni replicar porque los expresaban a sus espaldas de forma soterrada sin que ella pudiera identificar al autor de los mismos. Y cómo ha tenido que reprimir sus ganas de matar cuando, no sólo la despreciaban a ella, sino que también arremetían contra cualquier alumno que marcara la diferencia tanto sexual, como racial y culturalmente. Y esto hasta que, no sabemos cómo, se enteraron de que era lesbiana. Imaginaos qué cariz tomaron los comentarios en ese punto. Desde: “No, no te molestes, si a esta le gustan las almejas”, hasta “¡Me ha tocado el culo!”. Un caso de bulling laboral en toda regla. 



Lo peor de todo es que ni siquiera puede contárselo a su jefe, porque es connivente con la situación, ya que su mujer, que es compañera de mi amiga, es la que más comentarios despectivos profesa. Así que, está atrapada. Por una parte, no la aceptan por sus diferencias y es obvio que no quieren que esté allí, pero, es que, por otra parte, no quieren despedirla, porque las ayudas del Estado les benefician enormemente. Unos desgraciados, vaya. 


Y yo me pregunto, ¿por qué hay gente así? ¿Alguien me lo puede explicar, por favor? ¿Qué hace que una persona sea cruel con otra y la discrimine? Me encantaría saber vuestra opinión. Aunque, en este caso es un grupo de personas y supongo que el efecto comportamiento de grupo influye mucho. Mi amiga se ha convertido en una especie de chivo expiatorio. El caso es que lo que seguramente haga ella, según me ha comentado hoy, sea darse de baja voluntariamente en junio. Todos la hemos animado para que así sea y confiamos en que no vuelva a tener una experiencia tan desagradable como esta. Yo, hasta que no lo deje, seguiré ardiendo por dentro.

miércoles, 12 de octubre de 2016

¿QUÉ ES UN DESBORDAMIENTO?



Me cuesta remitirme a la RAE; resulta que es una de esas instituciones que suelen sacar lo peor de mí. De hecho, a lo largo de mi existencia, ha provocado más de uno de esos desbordamientos que pretendo definir ahora. Así que, aún a riesgo de no parecer muy formal, voy a pasar de su culo y voy a intentar dar una definición de “desbordamiento” lo más fiel posible a la naturaleza del significado que intento transmitir.

Por “desbordamiento” entiendo una especie de estallido, de rotura de diques, de salida de uno mismo, que puede estar provocado por causas diversas y cuyas consecuencias varían en función de la intensidad del mismo. Su acontecer en el tiempo no sigue una regularidad continuada y puede darse, desde varias veces al día, hasta una sola vez a la semana o incluso al mes; de ahí lo de “puntuales”. En esencia, es una pirada de olla en toda regla asociada normalmente a la indignación y a las injusticias cotidianas, en la que mi cara suele enrojecer, mis ojos se ponen en blanco y la bilis me arde.

Por fortuna no siempre un desbordamiento se asocia a una explosión de ira. Hay también otro tipo de desbordamientos que tienen que ver con algo bien distinto. Son aquellas roturas de diques que, en vez de sacarme de mi persona y dejarme fuera, provocan el efecto contrario, es decir, me hacen conectar conmigo completamente. Me salgo de mí para volver de nuevo de una forma más genuina y sublime. Son emociones desbordadas, pero no están asociadas a la irritación, sino a la belleza y a la felicidad más plena que se puede sentir en esta vida. 

En fin, toda una suerte de peculiares reacciones que me dispongo a compartir con vosotros. Espero no salpicaros, y si así ocurre, no dejéis de comentarlo.