lunes, 23 de enero de 2017

EL REGALO FERPECTO


Me alegro de que la Navidad haya terminado, porque es una época verdaderamente agotadora, especialmente en lo que se refiere a los regalos. De hecho, que en Navidad se regala, parece una premisa incuestionable. No lo es, desde luego y tengo el total convencimiento de que mucha gente optará por otros modelos diferentes que no impliquen comprar o crear cosas para otras personas. 

Yo regalo y también me regalan. Lo primero, regalar, me encanta, porque me gusta mucho sorprender y satisfacer a mis seres queridos. Lo segundo, que me regalen, ya no me agrada tanto. La razón principal, no me suelen gustar nada los regalos que me hacen. Sí, lo sé, y lo tengo asumido: soy una persona muy difícil para regalar, el terror de los amigos invisibles (si ves a alguien poniendo cara de mierda después de abrir su papelito en el reparto, es porque le he tocado yo seguro). El origen de esta dificultad radica en el hecho de que siempre le encuentro pegas a todo y creo que esta condición pejiguera viene de un trauma infantil. 

En mi más tierna infancia, yo me pedí para Reyes la casa grande de los Playmovil, esa pasada de mansión victoriana que, de lo grande que era, casi no cabía en mi cuarto. Pero, en vez de eso, mis padres me compraron la casita (por no decir chamizo) de los Playmovil, una casa enana que podría haber tenido su encanto (no digo que no) si no hubiera deseado con todas mis fuerzas la mega mansión de dimensiones gigantescas. Sus razones tendrían mis padres para no echármela por Reyes; desde que les parecería algo demasiado grotesco, hasta que se había agotado en los comercios. Supongo que, en su momento, me dieron una explicación pertinente en la que estaría implicada la condición mágica de los reyes magos. Pero yo no lo entendí y mi decepción fue de órdago. 

Pues bien, tengo el convencimiento de que esta es una de las causas de que lo que me regalan nunca sea lo que espero realmente; desde luego es lo que ha ocasionado que la idea que tengo de lo que me van a regalar no suela corresponderse con la cosa que de facto me regalan. Pero no creo que esto justifique del todo que la gente no logre acertar con mis regalos. A lo largo de años y años recibiendo presentes altamente decepcionantes, he llegado a una conclusión (o más bien, he elaborado una teoría): la mayoría de las personas que habitan en este planeta, hacen regalos sin pensar en la persona receptora, sino que sólo piensan en sí mismos. Es decir, normalmente compran o crean cosas basándose en sus propios gustos y pasiones, pero no en los de aquel o aquella a quien regalan. De esta forma, el regalo que hacen les encanta, ¡pero les encanta a ellos, no necesariamente a la persona que lo recibe!, ya que su criterio no es garantía de éxito en absoluto, a no ser que los gustos del que regala y del regalado concuerden. 

Resulta que, en mi caso, mis gustos no suelen coincidir con los de la gente en general. Así que, hay pocas posibilidades de que me agrade algo que alguien ha comprado o ha hecho pensando en sí mismo. Y, sí, mi hermetismo exagerado tampoco facilita que los otros conozcan mis gustos, pero algo siempre se puede intuir. Por lo menos, hay millones de cosas potencialmente descartables. Y, bueno, ante la duda, preguntar nunca está de más; siempre puedo dar pistas y sugerir cosas que necesito. No hace falta que se me culpabilice y se me haga sentir como una especie de extraterrestre desagradecido y hostil. Al fin y al cabo, sigo siendo un ser humano y, sí, tengo sentimientos, aunque a veces sólo parezcan espasmos. 

miércoles, 11 de enero de 2017

PENSAMIENTO Y LENGUAJE



Siempre me ha parecido desbordantemente falaz la afirmación, casi dogmática, de que si no sabes expresar con palabras algo es que realmente no lo entiendes. De hecho, antes me generaba mucha inquietud, incluso cierto complejo, especialmente cuando me lo decía algún profesor en plena exposición o examen oral. De esta forma, para mí se convirtió en una verdad incuestionable. “Claro”,- pensaba. “¿Cómo vas a comprender realmente algo si no sabes expresarlo con palabras? Es imposible.”

Pero no era imposible, ¡para nada era imposible! Cuando, después de algunos años de enseñanza castrante, comencé a cuestionar esta afirmación, fue una liberación total darme cuenta de que, en realidad, era falsa. De algún modo, siempre lo había sospechado, porque yo tenía la sensación en mi fuero interno de que había cosas que entendía y en las que podía pensar perfectamente y que, aun así, no sabía ni podía expresarlas con el lenguaje. Pero como siempre me habían dicho que eso era imposible, pensaba que había alguna deficiencia en mí. ¡PERO NO HABÍA NINGUNA! Yo estaba perfectamente. 

Se trataba de creer más en mi intuición que en lo que me decían los demás. Y, así lo hice. Mis sospechas se empezaron a convertir en certezas cuando conocí el clásico problema epistemológico de pensamiento y lenguaje. Resulta que a lo largo de la historia muchos filósofos y científicos se han planteado si puede haber o no pensamiento sin lenguaje. Cuando lo averigüé, me entusiasmó, y me puse a investigar sobre el tema. 

Me gusta mucho cómo plantea el problema Wittgenstein en este pequeño fragmento de las Investigaciones filosóficas:

“Si ahora alguien formulase la pregunta: ‘¿Tienes pensamiento antes de hallar las palabras para decirlo?’, ¿qué habría que responder? Y, cómo contestaríamos a la pregunta: ‘¿En qué consiste este pensamiento, si existía antes de que encontraras las palabras para decirlo?’” 

A lo largo de la historia, muchos filósofos han contestado negativamente a estas cuestiones. De hecho, la tendencia general ha sido la de creer que sin lenguaje no existe pensamiento. No es de extrañar, por tanto, que mis profesores y la mayoría de la gente sostenga la misma postura. La diferencia es que los filósofos dan razones más o menos convincentes para defenderla y el resto de la gente lo único que hace es asumir la tesis sin cuestionarla, con lo cual, esta se acaba convirtiendo en un prejuicio. 

He aquí un pequeño fragmento donde Descartes defiende que no existe pensamiento sin lenguaje. 

“Sin embargo, jamás se ha encontrado ninguna bestia tan perfecta que haya usado algún signo (…) y no hay hombre tan imperfecto que no lo use. Lo cual me parece un muy buen argumento para probar que lo que hace que las bestias no hablen como nosotros no es que les falten los órganos, sino que no tienen ningún pensamiento” (Descartes, Carta al marqués de Newcastle, 23 de noviembre de 1646).

También este fragmento de la obra Textos anti-cartesianos de Pierce resulta bastante esclarecedor en la defensa de esta tesis.

“El único pensamiento que nos es cognoscible es el pensamiento por signos. Pero un pensamiento que no puede ser conocido no existe. Por tanto, todo pensamiento debe, necesariamente, ser pensado por signos.” (Peirce, Textos anti-cartesianos, 1878)

A mí no me convencen en absoluto, pero bueno, por lo menos hacen un honroso intento por argumentar su postura (si siguiéramos leyendo vería que los argumentos son variados). Aunque, para mi gusto, no consiguen en absoluto ser convincentes. En el caso de Descartes, decir que un animal no habla porque no piensa para luego afirmar que el ser humano habla porque piensa, ummmmm, me huele a chamusquina. Me parece que tanto la relación causal como la analogía que utiliza Descartes, son erróneas. ¿Es que la única causa que puede haber para que un ser no hable es que no tiene pensamiento? 

¿Y el argumento de Pierce? El único pensamiento que podemos conocer es el que se expresa en signos (supongo que se refiere tanto a orales como a escritos). El pensamiento que no se puede conocer, no existe. De esta forma, el pensamiento solo existe si se expresa a través de signos. ¿Perdón? ¿No hay aquí un salto ilegítimo en el argumento? (Que, por otra parte, es una clara copia de las tesis escépticas de Gorgias). ¿El pensamiento que no se puede conocer no existe? ¿Por qué no? ¿No se os ocurren variados ejemplos de cosas supuestamente desconocidas que siempre han existido al margen de nuestra percepción? Me parece un poquito antropocéntrica esta afirmación, pues implicaría que la mente humana es la responsable de crear la realidad y, bueno, esto es cuestionable (a no ser que se tenga una postura idealista radical y se piense, en palabras de Hegel, que “todo lo real es racional y todo lo racional es real”. En ese caso, sí estaría justificado que lo que no se puede conocer, es decir, lo que no es racional, tampoco existe, es decir, no es real).

En fin, como ya he señalado antes, yo me decanto mucho más por la tesis afirmativa, a saber, sí que existe pensamiento sin lenguaje. Y, para ilustrarlo, me remito a estos dos fragmentos, uno de Francis Galton y otro de Einstein, que expresan exactamente mi parecer:

“Resulta una seria desventaja para mí al escribir y aún más al explicarme directamente, el hecho de que no pienso tan fácilmente en palabras como en otras formas. (...) Tengo que traducir mis ideas en un lenguaje que no corre muy a la par con ellas. Por ello gasto mucho tiempo en buscar palabras y frases apropiadas y soy consciente, cuando tengo que hablar de improviso, de ser a menudo muy oscuro por simple torpeza verbal y no por falta de claridad de percepción. Este es uno de los pequeños fastidios de la vida” (Francis Galton, tomado de PENROSE, Roger: La nueva mente del emperador, 1991).

"Las palabras o el lenguaje, ya sea escrito o hablado, no parecen desempeñar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento. Las entidades psíquicas que parecen servir como elementos del pensamiento son ciertos signos e imágenes más o menos claras que pueden reproducirse y combinarse "voluntariamente"... Los elementos antes mencionados son, en mi caso, de tipo visual y muscular. Las palabras u otros signos tienen que buscarse laboriosamente sólo en una segunda etapa, cuando el citado juego asociativo está suficientemente establecido y puede ser reproducido a voluntad." (Carta de Einstein a Hadamard, tomado de PENROSE, Roger: La nueva mente del emperador, 1991).

Y es que negar que el pensamiento tenga otras formas de presentarse y de fluir, al margen del lenguaje, es caer en un reduccionismo que no coincide con la diversidad cognitiva del ser humano en absoluto. Y, si no, que se lo digan al mismísimo padre de la Teoría de la Relatividad.

domingo, 1 de enero de 2017

THE NEW YEAR


Cada Nochevieja, después de que pasen las doce de la noche, disfruto del único rito que he instaurado en mi vida como absolutamente obligatorio: la escucha de una de las canciones que más me gustan en este mundo, “The new year”, de Death Cab for Cutie. Sin duda alguna, los discos de este grupo han marcado mi existencia y me resultan tan evocadores, que no puedo parar de sentir y sentir mientras los escucho. “Transatlanticism” (uno de los mejores de su discografía junto con “The photo album”) es el que contiene esta canción, cuyo vídeo os incluyo para que podáis empezar el año con algo definitivamente bello y desbordante. Mis mejores deseos para este año nuevo.