viernes, 19 de enero de 2018

PENSAR POR UNO MISMO


Recuerdo un día en el que hablando con un compañero de trabajo se quedó sorpendido al comprobar que pensamiento crítico no significaba juzgar negativamente lo que dijeran o pensaran otras personas, sino que tenía que ver con reflexionar sobre si algo era o no cierto en vez de darlo por sentando sin más. Creo que a veces se cae en esa confusión y se asocia la palabra "crítica" únicamente a su acepción peyorativa y nos olvidamos de que tiene otra mucho más sugerente. 

Ser crítico no es equivalente a ser un criticón que se dedica continuamente a quejarse y a destacar todo lo malo de las cosas que le rodean a modo de juicio inquisitorio. Para nada, ser una persona crítica significa ser capaz de distanciarse de la realidad para poder cuestionarla y analizarla. Se trata de ser capaz de pensar por uno mismo de forma autónoma. 

Para explicar mejor en qué consiste el pensamiento crítico, no se me ocurre mejor forma que con este fragmento, donde Buda lo deja cristalino.

No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares hayan creído en ello durante muchos siglos. No creáis en nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen. No creáis en nada sólo porque así lo hayan creído los sabios en otras épocas. No creáis en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la trampa de pensar que Dios os inspira. No creáis en lo que dicen las sagradas escrituras sólo porque ellas lo digan. No creáis a los sacerdotes ni a ningún otro ser humano. Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. 

Buda, Kalama sutra. Anguttara Nikaya (siglo V a.C.)


Me parece muy sugerente cómo Buda va señalando los distintos ámbitos y elementos en los que depositamos nuestro pensamiento y casi nuestra voluntad precisamente para no tener que hacer uso ni del pensamiento ni de la voluntad. La tradición, la opinión de los otros, la autoridad, la divinidad... Todo unos clásicos de la heteronomía. ¡Qué fácil es entregarse a ellos en un descuido y adormecerse entre sus poderosos brazos que todo lo abarcan! Fácil y peligrosamente cómodo, porque no me digáis que no habéis sentido alguna vez la tentación de suspender vuestra razón para pensar lo que os decían que tenías que pensar. De hecho creo que la mayor parte de nuestra vida, nos encontramos en este estado. A veces conscientemente y otras, inconscientemente. 

Yo siempre me he preguntado cómo fomentar el pensamiento autónomo y cómo asegurarme de que mis ideas son mías y no proceden de otra fuente que no sea mi propio raciocinio. No siempre es fácil distinguir entre un pensamiento autónomo y uno heterónomo, porque tendemos a creer que nuestras ideas son correctas y que el origen de las mismas no es sino nuestra extraordinaria capacidad de pensar. Pero, en realidad, hemos adquirido la mayoría de ellas sin cuestionarlas en absoluto.

Precisamente el cuestionamiento es una de las claves para asegurarnos de que pensamos algo por convicción y no por mera adquisición heterónoma. Preguntas como: ¿esta idea es verdaderamente así? ¿De dónde proviene? ¿Cómo y por qué empecé a pensarla? ¿Se puede comprobar la veracidad de la misma? ¿Por qué pienso que es cierta?, nos pueden ayudar a reconocer si nuestros pensamientos son o no autónomos. 

Ójala ser más críticos se convirtiera en uno de esos propósitos cumplidos de año nuevo, aunque me temo que no está muy de moda últimamente, así que no creo que esté incluido en casi ninguna lista que se precie. Pero bueno, casi mejor así, porque ya se sabe lo que suele pasar con dichos propósitos; naufragan. ¡Muy feliz año nuevo a todos/as!  

viernes, 15 de diciembre de 2017

LA CARTA IMPOSIBLE


Queridos suegros:

Ha pasado más de un año desde que llamasteis a P. para darle la gran noticia. Permitidme que lo llame así, porque para mí el hecho de que por fin aceptarais a P. y nuestra relación, fue todo un hito, una alegría inmensa que había estado esperando desde hace ya mucho tiempo. Bueno no, no voy a engañaros; en realidad ya no lo esperaba. Lo esperé durante años, pero en vista de que no ocurría y de que, de hecho, en vez de avanzar en este sentido, muchas veces se produjeran retrocesos, dejé de esperarlo. Psicológicamente me resultó mucho menos doloroso rendirme a la evidencia de que ese día nunca llegaría, a seguir pensando que sí lo haría. 

La verdad es que sentí muchas cosas cuando P. me lo contó. Entre felicidad, desconcierto, miedo, contrariedad… Una confluencia de emociones que se arremolinaban inundándolo todo. Y más aún pasadas unas semanas, cuando me dijo que le habíais pedido perdón. Me pareció un gesto valiente, a la vez que un mínimo absolutamente imprescindible para que la aceptación se convirtiera en un hecho, y no se quedara en mera teoría. Sin embargo, luego se hizo el silencio. Uno de los silencios más desoladores de todos los vividos con vosotros en estos once años. Porque, sí, son once años los que dura nuestra relación; y once años dan para muchos silencios y ninguneos, vosotros bien lo sabéis. 

Este ha sido especialmente doloroso, por lo inesperado y absurdo del mismo. De hecho, me ha resultado imposible comprenderlo y supondría un alivio para mí si me lo pudierais explicar en algún momento. El principal asombro que me surge ante vuestro silencio es el siguiente: ¿por qué después de pedirle perdón a P. y de supuestamente aceptarla su condición y nuestra relación, dejasteis de hablar sobre el tema y volvisteis a hacer como si nada hubiera pasado? Sobre todo teniendo en cuenta que P. os pidió explícitamente que fuerais vosotros los que lo sacarais para que la confianza pudiera restablecerse. Como es lógico y después de tantos desplantes, a P. le cuesta un mundo hablar con vosotros de esto, por lo tanto me parece muy lícita y comprensible su petición.

Pues bien, una de las razones por las que os escribo hoy es porque me gustaría comprender la causa de que este proceso haya quedado en nada, pero, sobre todo, porque me gustaría que siguiera adelante. Como desconozco completamente el porqué de este estrepitoso parón, no sé si yo tengo algo que ver en el mismo, así que, por si acaso así fuera, quería dejar muy claro que por mi parte no hay ningún problema. Mi mayor deseo es que la relación que tenéis con P. pueda recobrar la autenticidad y confianza que tenía antaño y, también, que entre nosotros podamos establecer una nueva relación sin resentimientos, miedos ni reproches. 

Sé que me va a costar, para qué engañaros; durante todos estos años he acumulado mucho rencor, sobre todo motivado por el dolor que me ocasiona el no entender vuestra forma de actuar. Ha sido muy duro no poder contar con el cariño de mis suegros, ni siquiera con una mínima relación de tolerancia. Al igual que ha sido desolador, imaginarme lo que podíais pensar de mí sólo por el hecho de haberme enamorado de P. y de haber querido compartir mi vida con su persona. Y si ha sido duro para mí, os podéis imaginar lo que ha supuesto y supone para P. No tengo palabras para describirlo. Para P. sois las personas más importantes de este mundo y os quiere con una autenticidad y una bondad extremas. 

De hecho, y perdonad por la brutal honestidad, si me llega a pasar a mí lo que le ha pasado con vosotros, os hubiera mandado a la mierda desde hacía ya mucho tiempo. Pensar que mis padres me rechazan por tener una relación con alguien de mi mismo sexo, para mí supera con creces los límites de todo lo tolerable. Es una falta de respeto estrepitosa. Sin embargo, P. ha intentado que su relación con vosotros no solo no se perdiera, sino que fuera lo mejor posible, aunque eso supusiera no hablar de su orientación sexual ni de la relación que mantenía conmigo. Y, también, aunque eso supusiera que entre P. y yo surgieran roces, pues para mí no era nada agradable ni muy comprensible que P. defendiera la relación que tiene con vosotros bajo capa y espada. Así que, podéis estar muy orgullosos de P.; moralmente ha demostrado una actitud impecable.

A mí me gustaría mucho estar a su altura y, por eso, quiero hacer todo lo posible para que el proceso que iniciasteis el año pasado, siga adelante. Por tanto, os reitero mi deseo de normalizar las cosas y de que podamos mantener una relación de cariño y aprecio mutuo. Por mi parte, para que esto pueda darse, sólo me falta entender cuáles han sido las causas de que no haya podido ocurrir antes y qué pensáis y sentís sobre este tema. Será un placer escucharos y tengo una completa disposición a dejar atrás todo el dolor y el rencor sentido antaño. 

Quedo a la espera de vuestra respuesta. Un fuerte abrazo. 

D.P.

martes, 28 de noviembre de 2017

AMIGOS DE VERDAD


Situación: grupo de wasap donde somos cinco amigos. Por los ajetreos de la vida, no nos vemos mucho y esta es nuestra manera cotidiana de comunicarnos. 

Desbordamiento: una de las amigas del grupo sólo escribe cuando necesita algo. Si no, el resto del tiempo, salvo raras excepciones, no contesta a los mensajes. 

Yo ya tenía la sospecha de que esto era así, pero aún no lo había confirmado, bien porque me costaba creerlo, bien porque no había encontrado la prueba que lo evidenciara de forma definitiva. Pero ayer ocurrió; la sospecha se convirtió en certeza. De repente, después de no escribir en el grupo durante varios días ni interesarse por ninguna de las circunstancias personales de las que estábamos hablando, inició ella una conversación. Resulta que tenía que prepararse un taller y nos pedía materiales y opinión sobre los temas polémicos que pudieran surgir. Qué casualidad... 

Sí tenía materiales para su taller y sí se los pasé; no me sale hacer otra cosa. Pero me pregunto hasta qué punto la relación que tenemos se puede llamar de amistad. De hecho, me recordó al segundo tipo de amistad que describe Aristóteles en su Ética a Nicómaco. He aquí un fragmento donde lo explica:

“Hay tres clases de amistades (...). Los que se aman mutuamente quieren el bien los unos de los otros, según la naturaleza de su amor. Los que se aman por la utilidad no se aman por sí mismos, sino con la esperanza de obtener del otro algún bien. Y lo mismo ocurre con los que se aman con vistas al placer; no aman a las gentes de talento por sus cualidades, sino por lo gratas que les resultan. Así pues, los que aman por la utilidad buscan lo que les conviene. Los que aman por el placer buscan lo que les es agradable. No aman al amigo porque sea él, sino en la medida en que les es útil o agradable. Estas amistades nacen accidentalmente; no aman a su amigo por lo que es, sino porque es capaz de procurarles alguna ventaja o algún placer. Estas amistades son muy frágiles, porque los amigos no siempre permanecen iguales; cuando ya no son útiles ni agradables, dejan de amarse (...). La amistad perfecta es la de los hombres buenos y la de los que se unen por la virtud. En efecto, estos se desean mutuamente un bien semejante en la medida en que son buenos, y son buenos en sí mismos. Pero la cima de la amistad es querer el bien de los amigos por sí mismos, porque esta disposición es esencial, no accidental.”

Aristóteles viene a decir que la verdadera amistad es la de aquellos que se quieren como un fin en sí mismo y no como un medio. Y que esas amistades en las que se mantiene una relación por las ventajas utilitarias que el otro te proporciona son débiles y poco duraderas. Y también descorazonadoras, sobre todo cuando tienes la sensación de que sólo le interesas al otro por los favores que puedas hacerle. Porque una cosa es que le pidas un favor a un amigo y otra es que sólo te interese mantener la relación con él por los favores que te hace. 

Es ahí donde radica la diferencia entre fines y medios. A los amigos de verdad se les quiere por sí mismos y si luego te hacen favores y te ayudan con tus problemas, pues, genial, no se convierten por ello en meros medios, ya que esto es secundario a la verdadera esencia de la relación. Pero, cuando una persona sólo te quiere por lo que le puedas proporcionar a nivel utilitario, la amistad no es más que un medio que convierte la relación en inauténtica. 

Me resulta un poco traumático que la relación con mi amiga se haya convertido en el ejemplo perfecto para ilustrar el segundo tipo de "amistad" que describe Aristóteles en el texto, pero me consuelo pensando que quizá no sea más que una etapa y pronto podamos recuperar la intimidad y la confianza de antaño. 

Aunque, no sé hasta qué punto esto será posible; me parece más fácil revertir una situación de este tipo si se tratara de la tercera clase de "amistad" a la que se refiere Aristóteles, es decir, si eres "amigo" de alguien porque te hace sentir bien el estar con él o ella. Sería, creo, el típico ejemplo de dos colegas, que quedan y se relacionan porque se lo pasan bien juntos, pero no llegan a quererse como fines en sí mismos, sino que siguen siendo medios, cuyo fin es conseguir placer. Por lo menos, en este caso, el beneficio que se consigue es mutuo y agradable. 

En fin, me quedo con la interesante reflexión de Aristóteles acerca de en qué consiste la verdadera amistad y os invito a que aportéis vuestras consideraciones y posibles respuestas a esta pregunta implícita que a mí, particularmente, me resulta tan sugerente.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL MILAGRO DE THE CLAMS


Partamos del hecho de que soy una ameba. Esto quiere decir que cuando voy a un concierto, como mucho, muevo la cabeza hacia delante y hacia atrás en un sutil balanceo casi imperceptible. Es mi tope; mi límite máximo de movimiento corporal admisible. O eso creía...

Era de noche, una agradable noche de otoño, de esas en las que te entran ganas de prolongar tu existencia porque la belleza del momento te embarga y piensas que toda tu vida podría ser igual que ese instante. Ilusión pura, que suele desvanecerse con una facilidad de vértigo. De momento, no se había desvanecido, permanecía intacta y envolvía el transcurrir de cada segundo.

Se acercaban las once y mis amigos y yo nos dirigimos al Tempo Club, donde esa noche tocaban The Clams. Una amiga me había hablado de forma muy entusiasta acerca del grupo y había tenido el detalle de invitarnos al concierto para que pasáramos, según sus palabras, "el mejor momento de nuestro día". Yo, persona escéptica de nacimiento, le agradecí su entusiasmo, pero dudé de que fuera así. Normalmente, a las once de la noche de cualquier día, lo mejor que me puede pasar es irme a la cama. En fin, habría que darle una oportunidad. 

Entramos en la angosta pero acogedora sala, estábamos casi solos. Poco a poco se fue llenando, mientras el grupo tardaba demasiado en aparecer. "El mejor momento de nuestro día" se empezaba a convertir en "el sopor más intenso de nuestra existencia". De hecho, me hubiera dormido allí mismo si no hubiera sido porque mis amigos no dejaban de meterse con mi marmotismo generalizado, los muy cabro... Por desgracia, cualquier resto de la anterior sensación de belleza embriagadora se había evaporado. 

Pasadas las once y media, por fin salió el grupo al escenario. ¡Aleluya! Di un respingo en el taburete donde había conseguido acomodarme y me incorporé a la vez que me frotaba los ojos intentando desperezarme de la manera más digna posible. Cuando comencé a recuperar la visión después del frote, mis sentidos comenzaron a estimularse al comprobar cómo las ocho componentes del grupo se colocaban delante de sus instrumentos y se disponían a comenzar. Una bajista, una guitarrista, una baterista, una teclista, una saxofonista, una trompetista, una corista y la cantante. ¡Guauuuu! Verdaderamente tenían una presencia muy potente en el escenario que me sorprendió. 

Nuestra amiga nos había comentado que The Clams tenía un estilo cercano al rhtythm and blues, cosa que a mí ni me iba ni me venía. Sin embargo, cuando empezaron a sonar los primeros acordes, noté algo completamente inusual: mis pies empezaban a cobrar vida propia. Y no sólo eso, sino que parecía incluso que mis caderas pretendían moverse. Esta anomalía se prolongó durante todo el primer tema. Yo pensé que había sido algo fortuito, fruto del factor sorpresa, pero resultó que no, que la anomalía continuó tema tras tema extendiéndose por todo mi cuerpo. ¡Estaba bailando! ¡Dios mío! ¡Yo! ¡Bailando!

La energía de The Clams se me metió hasta el tuétano de los huesos inundándome completamente. ¡Qué intensidad! ¡Qué fuerza! Cada canción que tocaban resultaba un subidón para el cuerpo y para el alma. Esto lo conseguían en parte gracias a la calidad de sus temas y en parte gracias a su actitud en el escenario. Continuamente te interpelan para que bailes, para que des palmas y, en definitiva, les acompañes en cada una de las canciones y te entregues por completo a sus armonías pegadizas y vibrantes. Tanto es así que consiguieron que se produjera el milagro de que yo, ameba, molusco, zombie por excelencia, me pusiera a bailar como si no hubiera mañana. 

Cuando terminó el concierto, me volví hacia mi amiga y, con un entusiasmo inusitado, la abracé hasta dejarla casi sin aliento, mientras le daba la razón porque, sí, realmente había vivido el mejor momento de mi día, y del mes, si me apuras, a pesar de las agujetas. 

Conclusión: si tenéis la oportunidad de ver a The Clams en directo, no la dejéis escapar. Os lo dice la ameba convertida en Travolta.

Parte del grupo tocando en Fnac

martes, 31 de octubre de 2017

BLOQUEO


Durante mucho tiempo he sufrido un bloqueo muy persistente. Ha durado años (más de diez) y aún no lo puedo dar por terminado, pues algún que otro día especial, en el que parece que el sentido de las cosas brilla por su ausencia, todavía puedo sentir sus efectos. El bloqueo consiste básicamente en la imposibilidad de llevar a cabo acción alguna. Dicho de otra forma, en no poder hacer nada. 

Matización: con “nada” me refiero a aquello que, por obligación externa o interna, debería hacer. Por obligación externa entiendo cualquier imposición que viene de fuera, como, por ejemplo, el realizar las tareas que me exigía mi trabajo. La interna sería toda imposición que viene de dentro; aquí los ejemplos son múltiples, porque se trata de cualquier tarea que mi propio yo me requiera, como leer un libro o limpiar el baño. 

El caso es que mi mente, sin que yo pueda controlarla, comienza a transmitirle a mi cuerpo que no se mueva. Es algo involuntario que me domina. Los mensajes que le insufla son algo así como: “Ni lo intentes; hoy no vas a poder hacer nada”. Y, efectivamente, se acabó la acción. Además, cuanto más me diga que tengo que hacer lo que sea, menos puedo siquiera moverme. Pura intención paradójica. 

Durante muchos años he estado pensando en las causas de este bloqueo y he de decir que, después de mucho trabajo de introspección (y muchas pelas gastadas en terapia), aún me cuesta bastante identificarlas. Son tan escurridizas... Esto es un problemón para mí, ya que esta dificultad para reconocer su origen me conduce a la inevitable repetición de los mecanismos a través de los que este fluye. 

Hay una causa que sí creo tener bien identificada: mi descomunal nivel de autoexigencia. Desde siempre, he sido una persona muy perfeccionista, de tal forma que he ejercido sobre mí una presión demasiado fuerte para que todo me saliera de diez. Y lo que he logrado con esta presión es que, al final, mi mente se sature y decida ponerse en huelga. He simplificado un poco, pero básicamente el mecanismo consiste en eso. Si durante mucho tiempo te estás diciendo que tienes que hacer todo bien y, si no lo consigues, te recriminas de la forma más cruel lo mal que te ha salido y la persona tan horrible que eres, al final acabas por no hacer nada para ahorrarte todo ese sufrimiento que genera la autoexigencia.

En realidad se trata de un mecanismo de defensa muy sabio, ya que me ha librado ligeramente de parte de los perversos efectos de mi diálogo interno. Sin embargo, también tiene sus contraindicaciones: mi mente, no satisfecha con mi decisión de absentismo vital, me empezó a reprochar con una dureza inusitada el no poder hacer nada y, lanzándome acusaciones desagradables al máximo, consiguió que me llegara a considerar la persona más inútil de la tierra. 

Así que, la trampa estaba servida ya que, por una parte, mi propia autoexigencia me machacaba si no llegaba a los estándares que consideraba apropiados, pero, por otra, cuando me bloqueaba (para no tener que aguantar los efectos de dicha autoexigencia), mi mente me torturaba por no poder hacer nada. Vamos que un sufrimiento por otro.

Afortunadamente, a día de hoy, al ser un poco más consciente de este proceso, tengo la capacidad de perdonarme y, cuando estoy en modo bloqueo, permitirme el no poder hacer nada sin reprochármelo demasiado. Y, bueno, intento no exigirme tanto, aunque creo que de eso no me libro ni queriendo. En fin, os deseo a todos una noche espeluznante. ¡Feliz Halloween!

jueves, 19 de octubre de 2017

¿SOCIALES POR NATURALEZA?


El otro día escuché en el telediario que la soledad se había convertido en una de las principales causas de muerte entre las personas mayores. En la noticia daban por hecho que en nuestro ADN se encontraba la necesidad de estar con los otros, de tal forma que su ausencia nos afectaba seriamente a la salud. Luego seguí viendo las noticias y esto me pareció muy pero que muy cuestionable, la verdad. Guerras, corrupción, incendios provocados, atentados, intolerancia, incapacidad para el diálogo. Eh..., ¿en serio está en nuestra naturaleza el gusto por estar con nuestros semejantes? 

Aquí hay algo que falla... Lo curioso es que, a lo largo de la historia, han sido muchos los filósofos que han defendido que sí somos sociales por naturaleza, es decir, que sí nos sentimos naturalmente inclinados a juntarnos con otros seres humanos. Pero, no sé, la experiencia cotidiana siempre me ha hecho desconfiar de sus argumentos (a pesar de que la mayoría de ellos son bastante consistentes). 

Si me lo permitís, hoy me voy a quedar con dos filósofos que defienden la tesis contraria, a saber, que la sociedad no es más que un artificio creado con la única finalidad de suplir las carencias que tenemos los seres humanos, de tal forma que no nos crea ninguna satisfación vivir en comunidad, pero que lo hacemos porque nos resulta más ventajoso. 

El primero de estos filósofos es Hobbes (1588-1679). Hobbes tenía clarísimo que nuestra esencia no es ni mucho menos social, sino más bien todo lo contrario. Seguro que habéis escuchado alguna vez su famosa frase: “el hombre es un lobo para el hombre”. Pues bien, esto quiere decir que, por naturaleza, el ser humano tiende al egoísmo de tal forma que entra en conflicto con los demás a la mínima, ya que solo está preocupado por defender sus intereses. Así pues, lo que Hobbes señala es que sólo es posible la vida en sociedad si hay un Estado que tiene poder absoluto y controla que no se produzca esa situación de crispación entre las personas, que él denomina guerra de todos contra todos. Por eso, la sociedad no sería más que un artificio creado para garantizar la vida en paz, es decir, por pura conveniencia.

Esta argumentación no está exenta de polémica. ¿Es cierto que sólo nos preocupa nuestro propio bien y que somos incapaces de convivir con los otros sin alguien/algo externo que controle nuestros instintos egoístas? Parece innegable que el egoísmo es una de las causas que pueden generar un conflicto con los otros, pero decir que el ser humano vive en sociedad porque de no hacerlo mataría o moriría a manos de sus semejantes, no sé qué deciros, me parece un poco exagerado. Desde luego, con esta teoría Hobbes muestra una concepción muy negativa del ser humano, cosa que hace que me pregunte qué suceso traumático debió vivir en su infancia. 

La concepción del segundo filósofo, Rousseau, me parece mucho más positiva y amable. Este filósofo ilustrado sostenía que el ser humano es bueno por naturaleza, pero se convierte en un ser perverso en contacto con la sociedad. Es decir, que la sociedad es la causa de que el ser humano tenga comportamientos egoístas y mezquinos con los demás. De esta forma, queda descartado que la esencia del ser humano sea mala. De hecho, Rousseau cree que una de las cualidades que nos caracteriza es nuestro sentido de la compasión. Sería algo así como una empatía innata que posee todo ser humano y que nos hace confraternizar con los otros, pero sin sentir la necesidad de compartir espacios comunes. De hecho, en su naturaleza no está el juntarse con sus semejantes una vez que sale del núcleo familiar, sino el vivir en soledad disfrutando de su libertad como buen salvaje.

La teoría política que construye Rousseau en base a esta concepción antropológica es de lo más interesante. Este afirma que una de las cosas que corrompe al ser humano cuando vive en sociedad es la propiedad privada, que genera desigualdades y, por ende, crispación. Y más aún los Estados, que perpetúan la situación de desigualdad con leyes que sólo favorecen a aquellos que más tienen. Lo que propondrá Rousseau para solventar esta situación es su famoso contrato social. El contrato social es un pacto mediante el cual los individuos que conforman una sociedad se comprometen a ceder parte de su libertad a lo que él denomina “la voluntad general”, que surgiría de un consenso siguiendo el modelo asambleario con el único fin de encontrar el bien común. Vamos, igualito que lo que resulta con Hobbes: un Estado totalitario que nos controla completamente y somete nuestra voluntad. 

Es interesante cómo dos filósofos que parten de la misma tesis (el ser humano no es social por naturaleza), pueden llegar a conclusiones tan dispares y a concepciones políticas y antropológicas casi contrarias. Si hubieran coincidido en el tiempo, hubiera sido gracioso verles discutir sobre estos asuntos. ¿Se comportaría Hobbes como ese lobo que afirma que está dentro de todos los seres humanos? ¿Sería Rousseau tan compasivo como el buen salvaje que describe? Habría que verlo... Sea como fuere, qué difícil es a veces convivir con nuestros semejantes. Y, paradójicamente, qué fácil resulta otras.

martes, 3 de octubre de 2017

¿EL PERDÓN?


Cumpleaños de P., uno de los mejores días de mi vida. Suena el teléfono. Lo coge P.; son sus padres. Habla durante un rato con ellos, un rato bastante largo. No parece una felicitación al uso. 

Cuando cuelga le pregunto qué tal y me dice que bien, que sus padres le han dicho que lo sienten, que quieren normalizar la situación. Me han invitado a comer. Yo, evidentemente, no voy; antes tienen que resolver entre ellos tantas cosas... 

Así que, se va P. a comer con ellos. Y cuando vuelve, me cuenta la conversación. Le han pedido perdón por todo, han reconocido lo mal que lo han hecho y más o menos le han explicado por qué actuaron así. Quieren que las cosas se arreglen y podamos tener una relación normalizada. Para ello se comprometen a restablecer la confianza perdida con P. 

Yo me alegro mucho, pero desconfío enormemente y pongo mis condiciones. Yo también necesito tener una conversación a fondo con ellos. P. me pone pegas; no quiere alterar algo que, por ahora es tan frágil. Pensamos, entonces, cuál sería la mejor forma de hacerlo. De momento, les toca a ellos mover ficha e iniciarlo todo; a eso se han comprometido. 

Así que, esperamos, y esperamos, y esperamos, y esperamos... Y no ocurre nada de nada. No vuelven a hablar del tema, ni a mostrar interés alguno por restablecer absolutamente nada. P. tiene tal hartazgo que se niega a recordarles su compromiso. 

Ha pasado más de un año y el silencio se mantiene intacto. Y yo sigo sin salir de mi asombro. ¿Por qué después de pedir perdón y de comprometerse a restablecer la relación se echan atrás de esa forma tan devastadora? Este ha sido, sin duda, uno de sus ninguneos más crueles y absurdos. Creí que sería imposible, pero a día de hoy, me desbordan un poco más. 

P.D. Se aceptan y agradecen vuestras teorías sobre por qué no han formalizado su compromiso. 



jueves, 21 de septiembre de 2017

TRISTEZA PLANETARIA


A veces me siento como una canción de Los Planetas:

Si está bien (Súper 8)

Y si todo va tan bien,
si todo va tan bien,
¿por qué este dolor
que siento?

Y si todo va tan bien,
si todo es tan sencillo,
¿por qué este vacío
que siento?

Si está bien,
si está bien,
si es tan fácil,
¿por qué duele así
por dentro? 


Parte de lo que me debes (Una semana en el motor de un autobús) 

Cuántas veces lo intenté
y no sirvió de nada.

De un millón de formas lo intenté
y no sirvió de nada.

¿Lo has sentido alguna vez?
¿No echas de menos algo?

¿Te has arrepentido alguna vez
de haber tenido y de no haberlo dado?


Septiembre me está cayendo como un jarro de agua fría. Me siento muy zombie últimamente. Me invade una tristeza inusitada que creo que no tiene referente, es decir, si alguien me pregunta qué me pasa, no tengo respuesta. Podría indicar miles de cosas a la vez que sé que ninguna de ellas es la verdadera causa de mi malestar. No sé, debe tratarse de algo físico.

Eso sí, prefiero mil veces estar triste a estar de mal humor. Cuando me siento triste, me cuesta vivir y, en consecuencia, suelo pensar bastante en la muerte. Pero, por otra parte, tengo una conexión con mi sensibilidad que no surge cuando me encuentro en otros estados de ánimo. Y eso, de alguna forma, compensa lo negativo que conlleva la tristeza. 

Sin embargo, cuando estoy de mal humor, no sólo soy insoportable tanto para mí como para los demás, sino que, además, todo me parece horrible y casi cualquier cosa desata mi ira. 

Por otra parte, con la tristeza me identifico mucho más que con la ira, quizá porque la primera me ha acompañado durante mucho más tiempo que la segunda. Cuando estoy irascible no suelo reconocerme, es decir, no me siento yo, pero cuando estoy triste, sí, quizá también por esa conexión especial con mi sensibilidad que he nombrado antes. 

Mis desbordamientos iracundos, en cambio, me alejan de mí y me hacen sentir mala persona. Supongo que esto se debe a que tienen consecuencias negativas en los que me rodean; no es fácil tratar con una persona en estado "La Masa". Sin embargo, cuando estoy triste, las consecuencias de mis emociones sobre los demás son menores y me resulta mucho más fácil controlarlas. 

En fin, parafraseando a Green Day, "wake me up when september ends". 


domingo, 3 de septiembre de 2017

REGRESO AL PASADO


Durante gran parte de mi vida, he tenido la fantasía de dar marcha atrás en el tiempo para poder vivir otra vez el pasado y así cambiar a mi gusto todo lo que considero que debería haber hecho de otra forma. Me torturan los fallos que he cometido y todos esos deslices que ya no tienen solución, y la idea de volver para arreglarlos me genera una satisfacción brutal. Sé de sobra que esto no sería posible, no sólo porque los viajes en el tiempo son (de momento) pura ciencia ficción, sino porque, en el hipotético caso de que pudiera regresar al pasado, el mínimo cambio que hiciera en él, provocaría una serie de causas y efectos que modificaría todo, de tal forma que ya no sería como lo viví la primera vez. Así que, sólo podría hacer un único cambio; lo demás sería distinto (cuantísimo le debo a Regreso al futuro). 

Hay también otra interpretación de estos viajes imposibles. Muchos sostienen que, si volviéramos a vivir nuestras vidas, cometeríamos exactamente los mismos errores, porque es imposible librarse del flujo causal ya existente. Aquí entra en juego la idea del determinismo físico, que vendría a decir precisamente que todo lo que ocurre está determinado por la sucesión de causas necesariamente ya dadas y no podría haber ocurrido de otra forma. Esta tesis resulta bastante polémica porque si la aceptamos, estamos negando que la voluntad tenga ningún poder para decidir absolutamente nada.

Hay un fragmento de Schopenhauer, recogido en su obra "Sobre la libertad de la voluntad", que me encanta a este respecto: 

Imaginemos un hombre en la calle que se dice a sí mismo: “Son las seis de la tarde; he terminado el trabajo; puedo dar un paseo; puedo ir al club; puedo subir a la torre para ver la puesta de sol; puedo ir al teatro; o visitar a este o a aquel amigo; puedo ir campo adelante y no volver; puedo hacer todo esto, con plena libertad; sin embargo, no hago nada de eso, sino que voy a casa con mi mujer, porque quiero”. Es como si el agua dijera: “Puedo formar olas inmensas (¡ya lo creo!, el mar embravecido); puedo deslizarme rápidamente (en el lecho del torrente); o puedo precipitarme llena de espuma (en la cascada); saltar libre en el aire (en la fuente); puedo hervir y desaparecer (a cien grados); pero, finalmente, prefiero permanecer tranquila y clara en este riachuelo”. Del mismo modo que el agua puede hacer estas cosas sólo cuando concurren las causas determinantes de cada una de ellas, así, el hombre de antes no puede hacer nada de lo que se ha propuesto, si no concurren las causas correspondientes. Le resulta imposible hacer nada si no se le presentan las causas; pero tendrá que hacerlo cuando se encuentre en las circunstancias correspondientes, como le ocurre al agua.

(…) De esta forma, desear que un suceso cualquiera no hubiese ocurrido es un necio auto-tormento; pues significa desear algo absolutamente imposible, y es tan irracional como el deseo de que el sol saliera por el oeste. Ya que todo lo que acontece, tanto grande como pequeño, ocurre de forma estrictamente necesaria, es absolutamente vano meditar sobre los insignificantes y casuales que eran las causas que han producido aquel suceso, y con qué facilidad podrían haber podido ser de otra manera, pues eso es ilusorio —en la medida en que todas se han producido con la misma necesidad estricta y han actuado con el mismo poder perfecto que aquellas a consecuencias de las cuales el sol sale por el este. Debemos más bien considerar los acontecimientos, tal y como se producen, con los mismos ojos con los que consideramos la letra impresa que leemos, sabiendo muy bien que estaba ya allí antes de que la leyésemos.

En el ejemplo del texto, el hombre cree que está eligiendo entre un montón de posibilidades, pero, en realidad la elección no existe, sólo la ilusión de la elección. Según Schopenhauer él no podría haber hecho otra cosa porque las causas precedentes a su acción le han conducido inevitablemente a "elegir" irse a casa con su esposa. El hombre cree que su decisión es libre, pero en realidad lo que ocurre es que desconoce las causas que le han llevado a tomar dicha decisión. Por lo tanto, en ningún caso podría haber realizado otra acción (a no ser que las causas precedentes hubieran sido distintas).

Aún más, todo lo que acontece ocurre así irremediablemente y es imposible que hubiera sucedido de otra forma. Por eso no tiene ningún sentido plantearse siquiera que se podría modificar el pasado. Incluso Schopenhauer llega a decir que todo está escrito ya de antemano, es decir, que existiría un destino ya prefijado. Esto nos conduce a la interesantísima pregunta de si realmente somos libres. Un gran dilema para tratar con calma en próximas entregas. De momento, seguiré soñando con la posibilidad de enmendar mis errores, aunque debería dejarlo por inútil. En fin, de ilusión también se vive.

jueves, 24 de agosto de 2017

LA CONFIANZA DA ASCO


Hay algo en mi vida que me avergüenza profundamente; es una mácula con la que tengo que lidiar y que aún no he conseguido borrar del todo. Cuando era más joven (digamos que a los dieci pocos), tenía clarísimo que a mí jamás me pasaría lo que, supuestamente, decía todo el mundo que ocurría inevitablemente en la relación con los demás: que cuanto más conoces a alguien y más confianza tienes con él o con ella, más te permites el lujo de faltarle al respeto, vamos que, como reza el título de esta entrada, la confianza empieza a dar un ascazo del copón. 

Pues bien, yo siempre juré y perjuré que a mí no me pasaría eso. Me parecía inconcebible que pudiera empezar a tratar con menos respeto del debido a alguien a quien quisiera. ¿Por qué iba a hacerlo si era un ser querido? ¡No tenía ninguna lógica! De hecho, me parecía más coherente que mi trato no fuera tan amable o tan correcto con personas por las que no sentía ningún afecto. Pero, ¿por mis seres queridos? IMPOSIBLE. Hasta que comencé a vivir en pareja y me tuve que comer mis palabras una a una.

En un principio, el respeto por mi pareja, P., era exquisito y no había nadie en el mundo al que tratara de forma más cuidadosa. Nos respetábamos profundamente tanto en lo cotidiano como en lo que se escapaba de lo habitual y no había ninguna salida de tono ni nada por el estilo. Pero, con el paso del tiempo, y diría que con el roce de la convivencia, empezaron a surgir los primeros desdenes. 

Me acuerdo perfectamente del primero de ellos. Un mueble del Ikea para nuestra casa recién alquilada fue el que desató el asco de la confianza. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo; se trataba de un zapatero súper chuli que habíamos comprado para la entrada. Nuestros primeros muebles, nuestra primera casa… Ideal… En teoría, claro, porque en la práctica, una mierda pinchada en un palo. Y es que los muebles del Ikea son tremendos y sospecho que habrán sido los responsables de más de una ruptura. 

Lo cierto es que el montaje de un mueble del Ikea no es especialmente engorroso; de hecho, dependiendo del mueble, suele ser bastante fácil y accesible sin tener ningún conocimiento en absoluto de ebanistería, ni ninguna destreza en especial. Lo que es súper difícil es ponerse de acuerdo para montarlo. O, más bien, dejar de controlarlo todo para que las cosas salgan como tú quieres. Ese es el problema; el control. Tú tienes una idea clarísima de cómo hay que montar el mueble y resulta que al otro le pasa exactamente lo mismo, pero esas ideas no coinciden para nada; en este caso, P. iba a un ritmo y con un esquema previo muy diferente al mío.

La cosa no comenzó mal del todo; sacamos los bártulos, los ordenamos más o menos y nos pusimos a seguir el folleto explicativo. Todo empezó con el atornillado. ¡Diooooossss! Consejo útil si nunca habéis atornillado de forma masiva: comprad un atornillador eléctrico, porque si no, vuestra relación se destruirá, al igual que vuestros músculos. Comienza con un ligero dolor de muñeca y piensas: “Bua, no pasa nada, esto lo aguanto yo sin problema”. A los pocos minutos ya empiezas a notar las punzadas en el músculo… y ahora piensas: “¡Vaya!, esto es más jodido de lo que creía”. Pero sigues y sigues; y, claro, en estas condiciones, la mitad de los tornillos te han quedado torcidos y poco firmes y las piezas que se suponen casan gracias a ellos parecen un despropósito. Y, mientras, tu pareja te dice que así no, que tienes que desatornillarlos y volverlos a apretar todos bien. What! Fuking mierda… “Pues a ti tampoco es que te hayan quedado estupendos; a lo mejor si pones así esto y luego lo otro más acá…”. “Ya, pero si tú dejas de pisar esa pieza lo mismo puedo poner yo esto aquí…”. “Bueno, vale, cuando tú me des esa otra a lo mejor puedo dejar esta para que la pongas”. Y así un sinfín de pullitas que poco a poco van convirtiéndose en reproches y al final acaban siendo casi faltas de respeto. 

Asco, asco puro, que se repite una y otra vez hasta que, por fin, se termina la tortura. El mueble está montado. Y, ¡vaya!, contra todo pronóstico, no ha quedado nada mal. Eso sí, la relación ya está dañada y hay que restablecer el amor previo que ha sido mancillado. Y se hace con mucho gusto y con urgencia, porque permanecer en estado de hostilidad es desagradable y no deseado. Sin embargo, a pesar de que se restablezca, se ha abierto un vórtice antes no existente que ya no se cerrará jamás. Unas veces será más grande, otras será más pequeño, pero ya nunca desaparecerá y, como te descuides, te puede llegar a absorber por completo. Es el asco de la confianza; la gran mácula que me perseguirá hasta el día en que me muera (permitidme la exageración).