lunes, 31 de octubre de 2016

EL ZOMBI




Normalmente soy un zombi, una persona a medias que parece estar viva, pero en realidad se encuentra en un estado subhumano. De hecho, los desbordamientos suelen ser el único hilo que me mantiene en conexión con la vida; una de las pocas manifestaciones que me quedan que prueban que no he muerto del todo. Pero, en general, mi estado suele ser lamentable. Cuando me despierto por las mañanas y compruebo que sigo existiendo, que el sueño no ha sido más que eso, un sueño antes de la inevitable vigilia, suelo desear no haber despertado nunca. El sólo hecho de tener que levantarme me abruma tanto que preferiría seguir en ese estado de inconsciencia casi plena que solo se altera por las imágenes oníricas que proyecta mi cerebro. 

Pero me levanto y el cuerpo se arrastra. Lo primero que siento es dolor físico; no suelo levantarme y sentir que he descansado, sino más bien todo lo contrario; me encuentro con más agotamiento que cuando me acosté. Y en el transcurrir del día esto no mejora. Mi cuerpo es como un lastre. Después, pasan los minutos y me voy sumiendo en una especie de aletargamiento que dura el resto del día. Es como una neblina acolchada que me envuelve y me sostiene, a la vez que me aprisiona; una especie de bruma analgésica reconfortante que cuando me caigo, está para sostenerme, pero que también se convierte en mi peor condena, pues no me deja ser del todo yo. 

Y es que esta neblina zombi hace que mire sin ver, oiga sin escuchar, ande sin ir a ningún sitio… Me mantiene en un nivel básico de conciencia que me permite realizar las funciones vitales y establecer relaciones sociales convencionales inauténticas, pero poco más. En este estado no suelo querer saber nada de nadie y me aferro a todo aquello que suponga para mí cualquier tipo de evasión. Sustancias, películas, música, sueño… Todo porque en algún momento de mi existencia decidí no vivir y como no tenía ni los recursos ni el convencimiento total para quitarme de en medio, elegí vivir una vida a medias. Gran forma de estar lo más cerca posible de la muerte. 

Por tanto, cuidado conmigo esta noche, pues mi avidez por los cerebros es brutal y puede que si nos encontramos, no tenga más remedio que comerme el tuyo. FELIZ HALLOWEEN A TODOS.

martes, 25 de octubre de 2016

NI UNA MENOS



No tengo palabras para expresar el desbordamiento que siento estos días. Indignación, tristeza, rabia profunda… Son palabras que se quedan cortas. La muerte de Lucía Pérez me ha traspasado. Cualquier muerte violenta de cualquier mujer por culpa de la violencia machista me ha parecido y me parecerá siempre algo desolador y absolutamente reprobable. Pero, la de Lucía, sobrepasa todos los límites de lo humano. Lo peor de todo es que es humano. Y yo me avergüenzo de pertenecer a esta especie insufrible. 

Os dejo este artículo de Beatriz Gimeno, que expresa con total claridad lo que yo no puedo decir, porque, simplemente, me he quedado sin palabras.

domingo, 23 de octubre de 2016

LA BELLEZA


Desbordarse de belleza es una experiencia inigualable. Es la sal de la vida; una de las pocas cosas que da sentido a la existencia. Afortunadamente, todavía conservo la capacidad de tener este tipo de desbordamientos y de morirme de felicidad con ellos. Una de las fuentes que más desbordamientos de belleza me provocan es la música. Me encanta la música. Me parece un regalo divino; el éxtasis supremo. Y la que hace Sigur Ros… Sin palabras. Imposible describir tanta belleza junta. Aquí os dejo una de sus canciones (Festival, de su cuarto disco, Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust) para que lo podáis comprobar con vuestros propios oídos. Cualquier canción de este grupo hubiera servido para transmitiros lo que es sentir uno de estos desbordamientos, porque sin duda son todas sublimes. Pero me he decantado por esta, ya que, si algo tengo claro en esta vida, es que quiero que sea la canción que suene en el momento de mi muerte. La razón: para mí representa la trascendencia más pura y, en cierta forma, me transporta.


Advertencia: si en la primera escucha no os dice nada, dadle otra oportunidad.


martes, 18 de octubre de 2016

EL PROFESOR DE HISTORIA

  


Hace unas semanas, mientras comía en el trabajo, escuché la conversación de unos compañeros en la mesa de al lado, que me caló hondo. Sí, soy cotilla por naturaleza y siempre me recuerdo curioseando, no lo puedo evitar. Pues bien, una profesora les estaba comentando a otros dos profes, uno de Historia y otra de Inglés, que les iba a proyectar a sus alumnos unos anuncios para tratar el tema del machismo en la publicidad. Al hilo de esto, la profesora de Inglés contó lo impresionada que se quedó cuando escuchó en un programa de la tele el testimonio de una mujer maltratada, que había estado en una relación perniciosa durante más de cinco años sin darse cuenta de lo nociva que le resultaba. 

La experiencia que más le había impactado fue una en la que la mujer maltratada estaba con su novio y unos amigos de este (ella ya no tenía amigos propios, porque su novio se había encargado de aislarla de ellos); uno de los amigos contó un chiste que a ella le hizo bastante gracia, así que se empezó a reír. En ese momento, el novio, por debajo de la mesa, cogió la mano de la chica, y sin que nadie se diera cuenta, le apagó un cigarrillo en la palma. Lo más impresionante es que ella no dijo nada de nada; ni una queja, ni un cambio en la expresión; nada. Y contaba que ni siquiera le dio importancia en el momento; fue más adelante cuando se dio cuenta de que había sido una agresión en toda regla. 

La profesora siguió contando a sus compañeros más agresiones que había sufrido esta mujer. Y cuando había terminado, el profesor de Historia espetó: “Pero, ¿por qué era maltratada?”. Las dos profesoras se quedaron mirándolo y una de ellas le preguntó a su vez: “¿A qué te refieres con que por qué era maltratada?”. Esta pregunta no venía sino a evidenciar la incredulidad de la profesora al darse cuenta de que lo que estaba insinuando el profesor de Historia es que la mujer tenía parte de culpa por ser maltratada. Y es que existe el prejuicio generalizado de que si una mujer es maltratada es porque ella ha contribuido a crear esa situación y que, si quisiera, podría cortar con la pareja que le está haciendo daño. Como si fuera tan fácil, no te jode. 

El caso es que el profesor, dándose cuenta de que no estaba siendo políticamente correcto, intentó zafarse del asunto, no sin terminar diciendo que las mujeres también eran muy machistas, incluso más que los hombres. En ese punto de la conversación yo ya estaba echando chispas por los ojos, pero mi combustión se completó, cuando el profesor de Historia, repito, EL PROFESOR DE HISTORIA, dijo lo siguiente: “Es que los hombres que no somos machistas, no sabemos muchas veces dónde situarnos.” A lo que una de las profesoras, sabiamente, respondió: “Bueno, la cosa está clara; esos hombres seréis feministas”. 

Ahora viene lo mejor (por no decir lo más lamentable) de la conversación. Va el PROFESOR DE HISTORIA y suelta: “Pero eso no puede ser; si no soy machista no puedo ser feminista porque una cosa es la contraria de la otra”. Las dos profesoras se quedaron estupefactas y una de ellas replicó educadamente: “No, hombre, no, el feminismo es el movimiento que defiende la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, no la superioridad de la mujer sobre el hombre; lo contrario al machismo es el hembrismo”. En ese momento, sentí cómo el PROFESOR DE HISTORIA se avergonzaba en silencio, y digo en silencio porque desde fuera consiguió hacer creer que su equivocación no había tenido ninguna importancia, ya que cambió hábilmente de tema y no pareció inmutarse. Pero fue precisamente ese intento de evasión (y ciertas expresiones corporales no verbales) lo que evidenció aún más su sentimiento de vergüenza. 

Yo, por mi parte, no me podía creer lo que acababa de presenciar. ¿Un PROFESOR DE HISTORIA que no sabía lo que era el feminismo? Desbordamiento máximo. Ante este panorama, no es de extrañar que en España, una mujer sea violada cada ocho horas y que sean ya 37 las mujeres muertas en 2016 por culpa de la violencia machista. ¿Quién está enseñando a los adolescentes que los hombres y las mujeres somos iguales en derechos y que el respeto está por encima de cualquier condición e índole social, cultural, sexual, etc.? En este caso, un profesor que no sabe lo que es el feminismo y que culpabiliza a la mujer de ser maltratada. Ole sus cojones.

sábado, 15 de octubre de 2016

DESALMADOS NUNCA FALTAN



El desbordamiento de hoy ha sido espectacular. Tengo una amiga que trabaja como personal no docente en un centro educativo desde hace dos años y medio. Me reservo a dar el nombre, porque no quiero perjudicar a mi amiga mientras siga trabajando allí, pero en cuanto lo deje, lo publicaré. En principio el hecho de que consiguiera ese trabajo fue una noticia estupenda (ninguno sospechábamos que se convertiría en su peor pesadilla), porque la actividad a desempeñar en el mismo no parecía nada desagradable y, además, estaba bien pagado. 



Desde hace tiempo, ella no había conseguido un trabajo estable; ha ido encadenando distintos contratos temporales asociados a su discapacidad. Porque, sí, mi amiga tiene una discapacidad; es albina y aunque parezca que el albinismo sólo conlleva la despigmentación de la piel, no es así en absoluto. También afecta a la vista, de tal forma que la limita bastante (http://www.albinismo.es/). Mi amiga, por ejemplo, tiene un déficit visual del 60%. Como es obvio, esto supone una gran desventaja para insertarse en el mundo laboral, por eso el Estado, en un honroso intento por fomentar la igualdad de oportunidades, ofrece gratificaciones a las empresas que apuesten por contratar a personas con algún tipo de discapacidad. En su caso, esta fue la principal razón por la que la contrataron. Por descontado que mi amiga es lo suficientemente competente como para desempeñar el puesto que ahora ocupa y doy fe de que no solo cumple con su deber, sino que lo borda; pero no la contrataron por eso. La contrataron para poder percibir la gratificación estatal. ¿Que, por qué lo afirmo tan taxativamente? Juzgad por vosotros mismos.



Los seres que trabajan con ella (no considero que merezcan la designación nominal de “personas”), son todos afines a la secta. Me explico. El centro docente es de corte católico. En principio esto no tendría que suponer ningún problema; hay centros e instituciones católicas en los que los trabajadores son de toda índole y condición, y no pasa absolutamente nada. Es más, suele ser considerado una riqueza. No es el caso. Todos los trabajadores no profesores de este centro son el amigo de, la mujer de, el sobrino de…, de tal forma que se ha constituido una siniestra red de influencias, donde lo diferente no encaja, o más bien, donde lo diferente es despreciado. 

Claro, imaginaos qué pinta ahí mi amiga, una mujer albina, que no es católica ni entra por enchufe y que, además, es lesbiana. Desde el primer momento sus compañeros la ningunearon y la arrinconaron. Hoy me contaba cómo ha tenido que aguantar comentarios despectivos proferidos de forma sibilina, a los que a veces no podía ni replicar porque los expresaban a sus espaldas de forma soterrada sin que ella pudiera identificar al autor de los mismos. Y cómo ha tenido que reprimir sus ganas de matar cuando, no sólo la despreciaban a ella, sino que también arremetían contra cualquier alumno que marcara la diferencia tanto sexual, como racial y culturalmente. Y esto hasta que, no sabemos cómo, se enteraron de que era lesbiana. Imaginaos qué cariz tomaron los comentarios en ese punto. Desde: “No, no te molestes, si a esta le gustan las almejas”, hasta “¡Me ha tocado el culo!”. Un caso de bulling laboral en toda regla. 



Lo peor de todo es que ni siquiera puede contárselo a su jefe, porque es connivente con la situación, ya que su mujer, que es compañera de mi amiga, es la que más comentarios despectivos profesa. Así que, está atrapada. Por una parte, no la aceptan por sus diferencias y es obvio que no quieren que esté allí, pero, es que, por otra parte, no quieren despedirla, porque las ayudas del Estado les benefician enormemente. Unos desgraciados, vaya. 


Y yo me pregunto, ¿por qué hay gente así? ¿Alguien me lo puede explicar, por favor? ¿Qué hace que una persona sea cruel con otra y la discrimine? Me encantaría saber vuestra opinión. Aunque, en este caso es un grupo de personas y supongo que el efecto comportamiento de grupo influye mucho. Mi amiga se ha convertido en una especie de chivo expiatorio. El caso es que lo que seguramente haga ella, según me ha comentado hoy, sea darse de baja voluntariamente en junio. Todos la hemos animado para que así sea y confiamos en que no vuelva a tener una experiencia tan desagradable como esta. Yo, hasta que no lo deje, seguiré ardiendo por dentro.

miércoles, 12 de octubre de 2016

¿QUÉ ES UN DESBORDAMIENTO?



Me cuesta remitirme a la RAE; resulta que es una de esas instituciones que suelen sacar lo peor de mí. De hecho, a lo largo de mi existencia, ha provocado más de uno de esos desbordamientos que pretendo definir ahora. Así que, aún a riesgo de no parecer muy formal, voy a pasar de su culo y voy a intentar dar una definición de “desbordamiento” lo más fiel posible a la naturaleza del significado que intento transmitir.

Por “desbordamiento” entiendo una especie de estallido, de rotura de diques, de salida de uno mismo, que puede estar provocado por causas diversas y cuyas consecuencias varían en función de la intensidad del mismo. Su acontecer en el tiempo no sigue una regularidad continuada y puede darse, desde varias veces al día, hasta una sola vez a la semana o incluso al mes; de ahí lo de “puntuales”. En esencia, es una pirada de olla en toda regla asociada normalmente a la indignación y a las injusticias cotidianas, en la que mi cara suele enrojecer, mis ojos se ponen en blanco y la bilis me arde.

Por fortuna no siempre un desbordamiento se asocia a una explosión de ira. Hay también otro tipo de desbordamientos que tienen que ver con algo bien distinto. Son aquellas roturas de diques que, en vez de sacarme de mi persona y dejarme fuera, provocan el efecto contrario, es decir, me hacen conectar conmigo completamente. Me salgo de mí para volver de nuevo de una forma más genuina y sublime. Son emociones desbordadas, pero no están asociadas a la irritación, sino a la belleza y a la felicidad más plena que se puede sentir en esta vida. 

En fin, toda una suerte de peculiares reacciones que me dispongo a compartir con vosotros. Espero no salpicaros, y si así ocurre, no dejéis de comentarlo.