miércoles, 22 de marzo de 2017

TUFILLO


Lo peor que te puede pasar en tu vida social es descubrir a mitad de mañana, cuando ya has salido de tu casa y no hay posibilidad de volver, que no te has echado desodorante. ¡Buffff, alerta a navegantes! Empiezo a percibir un tufillo tan cerca de mí que no puedo ser más que yo la causa del mismo. ¡Qué día más aciago me espera! Y a los de mi alrededor, ni te cuento. Encima hoy me toca estar muy cerca de la gente, tan cerca que me gustaría desaparecer. Pero no puedo escaparme. ¡No tengo salida alguna! Pienso mil formas de encubrir mi olor; mi mente recorre todos los caminos posibles hacia la salvación, pero me es inviable realizar ninguno. Lo único factible que se me ocurre es pegar mucho mucho mucho los brazos a mis costados para que no se escape ni un ápice del hedor máximo. 

La cosa se pone de lo más interesante cuando nos mandan hacer un trabajo en grupo y tengo que sentarme cerca, demasiado cerca, de mis compañeros. Ya estoy sudando y, por desgracia, sudo aún más cuando me pongo de los nervios. Toda una experiencia en el mundo de los olores. Sí, lo sé, debería calmarme porque cuanto más de los nervios estoy más se incrementa el olor. ¡Pero es que no puedo evitarlo! Es como cuando le decimos a alguien que lo está pasando mal: “Tranquilo, no te preocupes, sólo tienes que calmarte”. ¡Hostia, que me digas que tengo que calmarme no me sirve absolutamente de nada! Muchas gracias por la inestimable ayuda. Pues aquí, lo mismo.

“Bueno, - pienso-, quizá mis compañeros no puedan identificar el origen del olor y crean que es otra persona o, incluso ellos mismos”. No creo que cuele, pero, quién sabe. Hasta que la dinámica en grupo adquiere unas dimensiones descomunales y requiere que nos pongamos en pie y que hagamos una escenificación. Adivinad qué me tocó escenificar a mí: un pájaro. ¡UN PÁJARO! Ni más ni menos. Parecía una pesadilla, ¿en serio que me toca a mí el pájaro? No podría ser cualquier otra cosa o animal en el mundo; no, tenía que ser un pájaro, con alas. Horror. Así que, sí, tuve que levantar los brazos, mis apestosos brazos. Pero eso no fue lo peor; TAMBIÉN TUVE QUE ALETEAR. Supongo que mi cara sería todo un poema y que si no me delataba el olor, ella sí que lo hacía. 

Pero bueno, intenté superarlo con humor y, ya que estaba, hacer la mejor actuación de pájaro de mi vida. Y ya ves si la hice; el premio "Pájaro del año" deberían haberme dado, porque lo bordé. Debo decir que desde aquel día he notado un cambio en mis compañeros; risitas, murmullos… ¡Qué le vamos a hacer!, mi reputación de persona pulcra ha sido mancillada. Eso sí, esto no me vuelve a pasar en la vida; ahora llevo un mini desodorante siempre conmigo, por los posibles olvidos y sudores imprevistos. Porque, sí, amigos y amigas, el ser humano de vez en cuando hiede y no siempre es sencillo evitarlo. Y como muestra, mis sobacos.

4 comentarios:

  1. Bueno, de estos olvidos se aprenden. Un poco dura la enseñanza, pero si no olvidamos la vergüenza pasada, estupendo.
    Un saludo.

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    1. ¡Desde luego! Inestimable el aprendizaje tanto para mi bien, como para el de las personas que me rodean, jajaja. Un fuerte abrazo, Ángeles.

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  2. jajajaja mira que tocarte justamente un pájaro aleteador! XD ¡Cómo te entiendo! a mí me pasó algo parecido hace unos meses y cómo sufrí! Desde entonces también llevó un mini desodorante (sobretodo en verano) en el bolso.

    Un abrazo :)

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    1. Bufff, si esto me hubiera pasado en verano hubiera adquirido dimensiones colosales. Es un poco feo, pero reconozco que, en cierta forma, me consuela que esto le pase a más gente. ¡Gracias por tu solidaridad! Un fuerte abrazo (con desodorante incluido).

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