martes, 20 de diciembre de 2016

EL COCHE MALDITO (SEGUNDA PARTE)




Sigamos con la historia de mi amigo F. y su exasperante amor por su coche. F. siempre ha sido una persona muy tenaz y pronto encontró un trabajo relacionado con sus estudios. Sin embargo, sus condiciones laborales no le permitían independizarse, porque, según él, no cobraba lo suficiente. No os voy a decir cuál era su sueldo, pero os aseguro que se podría haber independizado sin ningún problema. Todo depende de cuáles sean tus pretensiones y, en su caso, bastante altas por lo que se ve, ya que su sueldo sí le permitía, por ejemplo, compartir piso, o alquilar una habitación. Pero debía ser que esto no era de su agrado. También se quejaba de que su trabajo le comía mucho tiempo y que no podía dedicarse a buscar piso ni al cuidado del mismo. En fin, una variedad de excusas peculiares que no hacían sino evidenciar el hecho de que, en el fondo, estaba muy a gusto en casa de sus padres; nos ha jodido, como que se lo hacían todo sin pedirle absolutamente nada a cambio.

El caso es que F. casi siempre se quejaba de que no tenía dinero; de hecho, una de las razones por las que no salía mucho era porque no quería gastar. Otra era la falta de tiempo. A mí lo primero me resultaba sorprendente porque, como os acabo de decir, su sueldo era bastante digno. Así que, por pura extrañeza, un día le pregunté cómo organizaba su economía. En ese momento descubrí lo que ocurría con su dinero. El coche se llevaba casi la mitad de su sueldo; entre que tenía que pagar todos los meses la cuota al banco y la gasolina, se quedaba a dos velas. Y es que, por aquella época, tenía un coche de alta gama, que le había costado bastante, a pesar de que era de segunda mano. 

Por tanto, se disiparon las incertidumbres. A mí me pareció una pena que se hubiera entrampado de esa forma con el coche, sobre todo porque antes había tenido uno estupendo que ya estaba pagado, pero lo cambió al poco tiempo porque no le gustaba lo suficiente. Y no me estoy refiriendo a la ranchera de la que os hablé el otro día en la primera parte de esta entrada. Se trataba de su segundo coche, del que decía que estaba “amariconado”, cosa que a mí me repateaba el estómago, porque, por una parte, demostraba una falta de sensibilidad estrepitosa hacia el colectivo homosexual, y, por otra, porque para él que un coche estuviera “amariconado” significaba que no lo podía poner a 200 por hora. No exagero. 

Lo peor fue un día, que le propuse salir a cenar por ahí, porque hacía bastante tiempo que, por distintas circunstancias, no nos veíamos. Él me dijo que no categóricamente, ya que no podía gastarse dinero en cenar fuera y casi me llegó a tachar de insensible por proponerle un plan que sabía que no podía llevar a cabo. Yo le dije que no teníamos por qué ir a ningún sitio caro, incluso unas pizzas bastaban, pero él me dijo que no, que era imposible, porque le habían pasado el seguro del coche y le habían dado un palo de narices. Así que, no quedamos. 

No me cabe ninguna duda de que él claramente eligió el coche, o el dinero, en vez de estar conmigo, porque ni siquiera me dio una alternativa; hubiera sido tan fácil como decirme que quedáramos en mi casa o que, en vez de cenar, diéramos un paseo. ¡Yo qué sé! Cualquier cosa hubiera bastado. Incluso a mí no me hubiera importando nada en absoluto invitarle. Pero estaba tan obcecado con que no se podía permitir gastar un duro que no hubo manera. 

Este hecho puntual me molestó un poco, aunque tampoco mucho. Y no fue el único acontecimiento de este tipo, hubo varios parecidos, pero tampoco me molestaron excesivamente. Se ve que, poco a poco, asumí que las prioridades de F. eran las que eran y yo ya no estaba dentro de ellas. 

Lo que sí me molestaría mucho, MUCHÍSIMO, ocurrió aproximadamente un año más tarde. Nuestra relación ya se había deteriorado como consecuencia de sus limitaciones a la hora de quedar, pero yo tenía la intención de renovarla o, por lo menos, de poner todo de mi parte para que no se deteriorara más. Me parecía que, sin duda, merecía la pena. Además, las circunstancias comenzaban a sernos propicias, pues F. estaba a punto de terminar de pagar el coche, lo que significaba que sus limitaciones económicas desaparecerían y ya no tendría más excusas para no quedar por culpa del dinero. 

Pues bien, mi gozo en el pozo más oscuro e insondable, ya que un día que por fin quedamos F. me dijo: “Mira, te voy a enseñar mi coche nuevo”. Yo no daba crédito. ¡¿UN COCHE NUEVO!? ¡Pero si el que tenía no llegaba ni a los tres años! Y vaya coche nuevo… Era también un coche de alta gama, pero mucho mejor que el anterior, y, por supuesto, mucho más caro. Aunque se lo compró de segunda mano, me dijo que le había costado casi 30.000 euros. Me quedé bocas, pero, sobre todo, sufrí una profunda decepción. Durante todo este tiempo F. siempre se había quejado del dinero, ¿y ahora se compraba un coche de 30.000 pavos? Venga, hombre. En ese momento, pasaron por mi cabeza todas las veces que había renunciado a quedar porque, supuestamente, no tenía ni un duro y comencé a combustionar. Me cabree mucho, muchísimo, y, de nuevo, me dieron ganas de darle patadas a su flamante coche nuevo y destrozárselo. 

Ni que decir tiene que otra vez F. se había entrampado con el banco; encima la cuota mensual era, si cabe, más alta que la anterior. De hecho, han pasado varios años de eso y aún sigue pagándola. Y también sigue sin independizarse y sin salir casi nunca. Pero yo ya no quiero intentar nada. Cada uno toma sus decisiones y la mía ha sido dejar de intentar forzar una relación que ya no tiene sentido. La suya ha sido apostar por su coche. 

Me resulta muy triste y no puedo evitar preguntarme de nuevo qué le puede llevar a alguien a preferir lo material a la amistad. ¿Cómo es posible que mi amigo le haya dado más importancia a su coche que a las personas que le rodeamos? No lo entiendo, os juro que cada vez que lo pienso parece como si mi cerebro fuera a explotar. Lo peor es que no sólo me está perdiendo a mí, sino que ya le ha pasado esto con más amigos y no ha hecho absolutamente nada por arreglarlo. Para mí es una tristeza, pero está claro que para él no, o no lo suficiente como para renunciar al algo tan preciado como es su PUTO COCHE MALDITO.

2 comentarios:

  1. Aunque sea demasiado tarde, algún día se dará cuenta.

    O no.

    R.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Quién sabe! Lo que tengo claro es que la gente sí puede cambiar, pero tampoco voy a pretender que F. sea como yo quiero.

      Eliminar