EL MILAGRO DE THE CLAMS
Partamos del hecho de que soy una ameba. Esto quiere decir que cuando voy a un concierto, como mucho, muevo la cabeza hacia delante y hacia atrás en un sutil balanceo casi imperceptible. Es mi tope; mi límite máximo de movimiento corporal admisible. O eso creía... Era de noche, una agradable noche de otoño, de esas en las que te entran ganas de prolongar tu existencia porque la belleza del momento te embarga y piensas que toda tu vida podría ser igual que ese instante. Ilusión pura, que suele desvanecerse con una facilidad de vértigo. De momento, no se había desvanecido, permanecía intacta y envolvía el transcurrir de cada segundo. Se acercaban las once y mis amigos y yo nos dirigimos al Tempo Club, donde esa noche tocaban The Clams. Una amiga me había hablado de forma muy entusiasta acerca del grupo y había tenido el detalle de invitarnos al concierto para que pasáramos, según sus palabras, "el mejor momento de nuestro día". Yo, persona escéptica de nacimiento...