LA NIÑA DE LA MORTADELA
Tendría unos 10 u 11 años cuando presencié una escena que me conmovió profundamente. Es uno de los recuerdos más intensos que tengo de una situación en la que empaticé completamente con el sufrimiento del otro. Estaba de vacaciones, pasando unos días en uno de los pueblos más famosos de la costa alicantina. Ahora lo odio, pero antes me encantaba. Allí viajaba todos los veranos con mi familia y solíamos pasar el mes de julio casi completo. Uno de esos días por la tarde, mientras paseábamos por las atestadas calles del pueblo, vi la siguiente escena: una niña, con un bocata de mortadela en la mano, estaba conteniendo el llanto, con la cabeza baja y la expresión más triste que había visto en mi vida hasta ese momento. La razón de que se encontrara en ese estado de ánimo: su padre, un hombre que me pareció relativamente joven (cosa sorprendente, porque con 10 años todo el mundo que supere los 20 ya te parece un anciano decrépito; no fue el caso), y que estaba delante de ella reprendi...