domingo, 20 de noviembre de 2016

BRASAS



La misma gastada conversación de siempre. Esa que está llena de palabras inútiles, que se convierten en absurdas por su excesiva repetición. Anécdotas vacías desmenuzadas y contadas hasta la saciedad, que mis oídos se niegan a escuchar de nuevo. Y no las oigo, pero permanezco inmóvil con la mirada oscilante entre la persona que habla y las musarañas del fondo. Incapaz de marcharme de allí, pero planeando mi huida a cada gastado sonido que profiere su boca. Carezco de excusas dignas que no levanten la sospecha del aburrimiento y del desagrado. Y no quiero hacer sentir mal a nadie por mi imposibilidad de interesarme por algo que ya no me interesa. ¿Quién dice que no me interesó en su momento? Quizá las dos primeras veces... ¡O incluso la tercera! Pero soportarlo más de cuatro... No está a mi alcance, lo siento. Ojalá fuera capaz de implicarme una y otra vez en esos relatos excesivos e idealizados; ojalá fuera capaz de entenderte cuando los repites una y otra vez. Tu entusiasmo aparente, tus gestos más propios, tus imágenes. Te alimentas de tus palabras, te alimentas de los recuerdos deformados que generan tus vivencias pasadas y revividas una tras otra a través de esos mismos recuerdos. Y yo me muero en cada uno de ellos.

Dedicado a todos y cada uno de los brasas que habitan en este mundo.

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